Otro clásico y obra maestra indiscutible del cine francés es esta película del año 1967, de Jean-Pierre Melville protagonizada por Alain Delon y que nos ha dado por recuperar de la videoteca.

 

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Título Original: Le samouraï
País: Francia
Guión: Joan McLeod (novela «The Ronin») / Jean-Pierre Melville / Georges Pellegrin
Música: Henri Decaë
Fotografia: François de Roubaix
Intérpretes: Alain Delon (Jef Costello), François Périer (The Superintendant), Nathalie Delon (Jane Lagrange), Cathy Rosier (Valérie, la pianiste (as Caty Rosier)), Jacques Leroy (Gunman), Michel Boisrond (Wiener), Robert Favart (Barkeeper)
Duración: 105 minutos

“El silencio de un hombre” está considerada una de las mejores películas del cine francés y más concretamente de un subgénero policiaco francés conocido como “Polar”. Fue rodada en 1967 por Jean Pierre Melville a partir de la novela de Joan McLeod y trata sobre un asesino a sueldo contratado para un encargo y perseguido de cerca por la policía (lo dejamos ahí porque lo interesante de la película es ir descubriendo qué ocurre).

No se trata de un título al uso sino un thriller con un trabajado suspense y una factura muy especial (impresionante penumbra la que domina por ejemplo en todos los interiores), un buen ejemplo de la película “de autor”, en la que más que lo que ocurre (que también tiene su miga) importa la forma en que el director lo transmite, siguiendo al protagonista, Jef Costello (Alain Delon), caminando de un lado a otro de la ciudad, en soledad y en silencio, aportando información con esas idas y venidas y con la interacción con otros personajes. Melville, a pesar de ser un declarado seguidor del cine noir del Hollywood clásico, filma de forma muy peculiar, ajeno a cualquier tipo de moda, la película es de las que podríamos denominar “lentas”, pero lo es porque cada escena se toma su tiempo y en la mayoría de ellas domina el silencio; sin embargo esos silencios, esas miradas sin palabras, el ir y venir no son superfluos, hay información en cada toma que debemos utilizar para dar sentido al argumento (por ejemplo, sabemos que Costello es elegante, minucioso y metódico por la mera forma en la que se pone su gabardina o encaja su sombrero).

Es una película que se introduce en el mundo criminal y policiaco, pero también es una película sobre la soledad y sobre la esencia de un tipo de personaje, un tipo de asesino a sueldo, eficaz, efectivo, escurridizo, enigmático, con un profundo sentido del deber, el honor y el agradecimiento.

Nada más comenzar vemos los títulos de crédito con una imagen de fondo que es ilustrativa de lo que va a ser la película, toda una declaración de principios: un plano general de la habitación solitaria y en penumbra de Costello, con éste tumbado en la cama fumando en silencio, con los únicos sonidos de su pájaro piando en la jaula (animal que por cierto usa para saber si alguien ha penetrado en su vivienda) o de los coches en la calle. Antes de que la película arranque un texto del libro de los samuráis (El Bushido): “No hay soledad más profunda que la del samurai, salvo de la un tigre en la selva…tal vez..”

El silencio y la inmovilidad son dos aspectos con los que juega Melville, aunque no hay que dejarlos pasar como suplérfluos sino que hay que buscar pistas en ellos para no llegar al final completamente perdidos y para hacer encajar todas las piezas del pequeño puzzle que propone el autor. Ya avanzo que su final, abierto, es una propuesta para que cada uno de nosotros dé sentido a la película aunque, por otra parte, hay pistas en lo que se dice y lo que no se dice, en lo que se ve y en lo que se intuye, para construir las respuestas a todos los porqués que nos van surgiendo. Melville realmente propone un juego con su silencio y el de sus personajes que consiste en descubrir qué hay más allá de lo evidente. Aviso que para ello es importante prestar atención aun cuando parece que no “pasa nada” porque la información está en las tomas para quien sepa descubrirla.

Este es un tipo de cine que requiere de un espectador implicado y activo, dispuesto a indagar en las motivaciones de los personajes sin conocer demasiado sobre lo que piensan. El director no nos ayuda a conocer qué piensa Costello con una voz en off, podría haberlo hecho pero no le interesa, no forma parte de sus intenciones tras la cámara. Los sentimientos y las intenciones no son explícitas, pero las podemos deducir por las acciones y los comportamientos de los personajes. Sólo la policía y en concreto el comisario (magnífico François Perier) son explícitos y sólo de ellos sabemos qué pretenden y anticipamos sus movimientos, el resto es imprevisible y hay que ir atando cabos, aunque si se presta atención sí resulta evidente qué pretende Costello incluso al final (como única pista diré que es un hombre agradecido y respetuoso con su código de conducta) y eso aún cuando tanto nosotros como el resto de personajes nos quedamos perplejos.

Seguramente lo más valorado de esta película y de su director es la capacidad para reformular el cine negro con una nueva visión y un formato distinto. No es una película sencilla porque el espectador debe esforzarse al no encontrarse con los códigos habituales del cine de género, pero entendida esta pretensión y vistos los resultados no cabe otra cosa que aplaudir el logro. “El silencio de un hombre” tiene la virtud de ser distinta, de impactar, de causar desconcierto y en su día fue revolucionaria y se anticipó a su época. Hoy ya no nos resulta tan atípica sobretodo después de ver algunos títulos en los que ha influido en estilo o argumento como “La conversación (F.F. Coppola, 1973), “Chacal” (Fred Zinneman, 1973), “Ronin” (John Frankenheimer, 1998), “Ghost dog” (Jim Jarmusch, 1999) o la más reciente “El americano” (Anton Corbijn, 2010).

Alain Delon logró con este personaje, cercano al del samurai de la cultura japonesa (de ahí la referencia inicial) un icono cinematográfico y en gran parte se hizo famoso gracias a él. Jef Costello es un tipo tan apuesto como enigmático, hierático y encerrado en sí mismo. No resulta improbable cómo reaccionan las mujeres de la película con él debido a ello, a pesar de que demuestra no saber amar (su condición no se lo permite porque se rige por otros códigos en los que el honor, la lealtad y el silencio son inviolable) y tampoco es extraña la meticulosidad con la que el superintendente se toma su trabajo después de toparse con él. La presencia de Delon ayuda a que esas escenas en silencio en las que simplemente la cámara le sigue en, a veces, largos planos secuencias resulten efectivos. El cine actual, centrado en la diversión por encima de todas las cosas, habría relegado al olvido esos planos, pero a Melville está claro que lo que le interesa es mostrar la soledad de ese personaje ya sea en el silencio de su piso o por las bulliciosas calles de París.

En suma, una película diferente, a la que cuesta aferrarse al principio de su visionado, pero que va interesando poco a poco y atrapándote en su peculiar estilo, obligándote a descifrar lo que oculta lo aparente y a sacar conclusiones de cada escena aparentemente banal. Una película muy recomendable para todo aquel para el que cine sea algo más que un mero entretenimiento.