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No veo necesario engañar a nadie, así que debo empezar confesando que no soporto a Luc Besson: un tipo sobrevalorado y con un ego inmenso, niño prodigio del cine francés a principios de los años ochenta, que terminó creyéndose en exceso su propia genialidad. A ello podemos sumar una sentencia por plagio que lo obligó a indemnizar a John Carpenter por copiar «1997: Rescate en Nueva York» en «MS1: Máxima Seguridad«; la copia descarada de «El Incal» para su «El quinto elemento«, que llevó a Alejandro Jodorowsky y Moebius a demandarlo; así como varias acusaciones de agresión sexual y violación que, finalmente, fueron desestimadas por la justicia francesa. Pero, de vez en cuando, incluso el arquero más ciego acierta en la diana.

«El gran azul«, «Nikita«, «Léon. El profesional» y «Lucy» se cuentan entre esos aciertos. En esta última, una película de 2014, contó con la bellísima Scarlett Johansson, Morgan Freeman, Choi Min-sik, Analeigh Tipton y Mason Lee (uno de los hijos de Ang Lee) para contarnos la historia de Lucy, una chica que se ve obligada a trabajar como mula, transportando droga en el interior de su cuerpo para una banda de narcotraficantes. Pero cuando la droga entra por accidente en su organismo, Lucy adquiere la capacidad de usar el 100 % de su cerebro, obteniendo habilidades como la clarividencia, la telequinesis o la inmunidad al dolor. Con esos poderes sobrehumanos, Lucy buscará venganza contra los criminales que intentaron arruinar su vida.

«Lucy» fue, y aún es, una película más que entretenida, con una atlética Scarlett Johansson convertida en una suerte de John Wick femenino, que mata con eficiencia y sin el menor residuo de escrúpulos. Para Luc Besson, significó el regreso a los potentes personajes femeninos de la década de los noventa: heroínas de acción y vengadoras con causa, como la Nikita de Anne Parillaud, la Juana de Arco y la Leeloo de Milla Jovovich, o la Mathilda Lando de Natalie Portman. Lástima que, tras una primera hora hipnótica e intensa, hay un cambio de rumbo del film hacia el final, con aromas existencialistas, delirios filosóficos y cierto misticismo barato, pero tampoco esperaba demasiado de Luc Besson.

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