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El mito del hombre lobo es casi tan antiguo como la humanidad misma. El historiador y geógrafo griego Heródoto, considerado el padre de la Historia en el mundo occidental, escribió sobre los neuros, un pueblo que, según relataba, era capaz de convertirse mediante sortilegios en hombres lobo. Resulta llamativo que los licántropos, seres humanos que se metamorfosean en animales, aparezcan en culturas independientes y geográficamente muy distantes, aunque el término licantropía evoque principalmente la transformación en lobo. En la India, por ejemplo, los hombres se transforman en tigres; en Japón, en zorros; en África, en leopardos; en Sudamérica, en jaguares; y en Europa, además del lobo, también en osos, lo que demuestra la universalidad del mito y su adaptación a cada entorno cultural.
El hombre lobo es una figura mítica fundamental dentro de la historia del cine fantástico, y sus incursiones en la gran pantalla han sido numerosas y muy diversas: «El hombre lobo» (1941), «Yo fui un hombre lobo adolescente» (1957), «La marca del hombre lobo» (1968), «Un hombre lobo americano en Londres» (1981), «Aullidos» (1981), «En compañía de lobos» (1984), «Teen Wolf» (1985), «Lobo» (1994), «El pacto de los lobos» (2001),… Entre todas ellas, hay una que nos resulta especialmente interesante y que sigue siendo una de las más desconocidas: «Lobos humanos» («Wolfen«), dirigida en 1981 por Michael Wadleigh, cineasta más conocido hasta entonces por su faceta como documentalista, especialmente por «Woodstock» (1970).
Protagonizada por Albert Finney, Diane Venora, Gregory Hines y Edward James Olmos, un año antes de su icónico papel en «Blade Runner», y basada en la novela «The Wolfen» de Whitley Strieber, «Lobos humanos» narra la historia de Dewey Wilson, un veterano policía de Nueva York retirado que se ve obligado a volver al servicio activo para investigar una serie de brutales asesinatos cometidos en zonas marginales de la ciudad, que en apariencia parecen obra de animales salvajes. Sin embargo, la investigación pronto apunta hacia algo más antiguo y perturbador.
Uno de los elementos más recordados del film es el uso de la cámara subjetiva, que permite al espectador ver el mundo desde el punto de vista del lobo, reforzando la sensación de amenaza constante. Este recurso anticipa de algún modo la visión termográfica que se popularizaría pocos años después en «Depredador» (1987), y contribuye a crear una atmósfera inquietante y casi experimental, muy alejada del terror más convencional.
Lamentablemente para «Lobos humanos«, la película llegó a los cines poco después de «Aullidos» y apenas un mes antes de «Un hombre lobo americano en Londres«, dos títulos que acapararon la atención del público y la crítica. Esta coincidencia la condujo directamente al fracaso comercial: recaudó apenas 10 millones de dólares en taquilla y fue relegada al circuito del vídeo doméstico, donde con el paso del tiempo ha terminado convirtiéndose en una obra de culto reivindicada por los aficionados al cine fantástico de los ochenta.
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Me alegro que te haya gustado. A mí menos que cualquiera de las que he citado, pero no está mal