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Una de las escenas más emblemáticas de la historia del cine, de aquellas que quedan grabada en fuego en la memoria del espectador, es la épica batalla de «Jason y los Argonautas» («Jason and the Argonauts«) entre los protagonistas y siete esqueletos nacidos de los dientes de la Hidra de Lerna, durante el viaje en busca del Vellocino de Oro. Hay que recordar que es una película del año 1963, y por aquel entonces crear y mover todo tipo de criaturas fantásticas en el celuloide era un auténtico reto para los artesanos de la época. Y entre todos ellos sobresalía el gran Ray Harryhausen, un pionero en una época en la que no había ordenadores ni CGI y solamente podían crear la magia con trucos de cámara, miniaturas, stop-motion y mucha paciencia. Ray Harryhausen tardó cuatro meses en crear la escena de la batalla contra los esqueletos, que dura apenas tres minutos en la película, pero todavía hoy sorprende por su calidad y su entrañable toque artesanal, y aunque se pueda ver algo torpe sería imposible de replicar con las más modernas tecnologías del siglo XXI.

Protagonizada por Todd Armstrong, Nancy Kovack, Gary Raymond, Michael Gwynne, Laurence Naismith, Niall MacGinnis, Douglas Wilmer, Honor Blackman, Patrick Troughton y Nigel Green, entre otros, la película dirigida por Don Chaffey contaba la odisea de Jasón, heredero legítimo destinado a recuperar el trono de Tesalia, usurpado veinte años atrás por el malvado Pelias. Para recuperar el trono que le corresponde, Jason deberá viajar más allá de los confines de la tierra para encontrar el Vellocino de Oro en la lejana tierra de Cólquide. A bordo del barco Argo, acompañado por fieles compañeros Argonautas como Hércules, Hilas, Castor o Peleo, Jason se enfrentará a monstruos, criaturas mitológicas, dioses traicioneros y caprichosos, y también a Acasto, el hijo de Pelias, que pretende frustrar sus planes.

Junto a la mencionada, y mítica, secuencia de los esqueletos hay otras escenas muy destacables a lo largo de la película en la que el talento de Ray Harryhausen tuvo mucho que decir, como la de Tritón sosteniendo los acantilados, la batalla contra el colosal gigante de bronce Talos, contra las arpías o contra la hidra de siete cabezas, o los dioses del Olimpo jugando con el destino de los hombres como si fuesen simples piezas de ajedrez. A ello se le puede añadir la elaborada producción de Charles Schneer, la música de Bernard Herrmann, o la fotografía de Wilkie Cooper pero, sorprendentemente, «Jasón y los Argonautas» fue un fracaso en taquilla y no recaudó ni lo que había costado. Y aunque en general las críticas fueron buenas se constató el público ya estaba cansado del género.

A día de hoy aún nadie comprende como Ray Harryhausen no fue galardonado con un Oscar por su trabajo en esta película. En la edición de 1963, el Oscar a los mejores efectos especiales fue para Walter G. Elliott y Jacques Maumont por «El día más largo«.

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