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Hay películas que forman parte de la historia del cine y también de la cultura popular. Una de ellas podría ser perfectamente «King Kong«, una historia que los directores Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack llevaban años buscando más de una década desde el mismo momento en que se conocieron, en Viena en 1919. Cuenta la leyenda que los dos se marcharon por recónditas tierras de Asia y Oriente Medio en busca de inspiración, y que tras viajar por medio mundo regresaron a los EE.UU. para dar forma a su sueño. Con un presupuesto inmenso para la época, más de medio millón de dólares que invirtieron los estudios RKO de David O. Selznick, la película se rodó, durante un año, al mismo tiempo y con el mismo decorado que otro clásico de la serie B, «The Most Dangerous Game«, para compartir y amortizar gastos. También se aprovecharon otros decorados rescatados de los almacenes de Hollywood como los que se utilizaron para crear la Isla de la Calavera, que se habían utilizado antes en largometrajes como «Ave del paraíso» y «El malvado Zaroff«.

Protagonizada por Bruce Cabot, Fay Wray, Frank Reicher, Noble Johnson, Robert Armstrong y Sam Hardy, «King Kong» es un clásico indiscutible del cine, y del género fantástico en particular, en el que se propone una imaginativa variación sobre la historia de la Bella y la Bestia, pero que tiene muchas influencias de novelas de aventuras sobre mundos perdidos y grandes monstruos como «El mundo perdido» de Arthur Conan Doyle o «La tierra olvidada por el tiempo» de Edgar Rice Burroughs. En ella se nos contaba como el director de cine Carl Denham se desplaza con todo su equipo para rodar una nueva película hasta una isla remota y misteriosa, habitada por monstruos prehistóricos y criaturas extrañas entre los que destaca un inmenso gorila llamado ‘Kong‘ por los indígenas del lugar. El director del cine decide capturar a la colosal criatura y llevarla a Nueva York para ser exhibida públicamente y convertirla en una gran atracción que le haga rico. El final de la película, que como todo el mundo sabe acaba con la muerte del gorila, transforma «King Kong» en una historia de amor imposible condenada a un trágico e inevitable fin.

De entre las grandes imágenes icónicas que nos ha legado el cine a lo largo de su historia no cabe ninguna duda que una de las más célebres es la del gorila gigante encaramado a la cima del Empire State Building, con la bella e indefensa Ann Darrow en su mano, en la escena más emblemática de la película «King Kong«. Y quizás también la imagen del monstruo encadenado para ser exhibido en un gran escenario de Broadway. Momentos que ya han pasado, por méritos propios, a formar parte de la cultura popular del mundo occidental.

El mítico film ha sido versionado posteriormente en numerosas ocasiones, pero ninguna como la primera, hace noventa años. A fecha de hoy, un total de dieciséis versiones diferentes han vuelto a contar la historia del gorila King Kong. Quizás las dos versiones más populares son las de los años 1976 y 2005. En la primera de ellas, dirigida por John Guillermin y protagonizada por Jessica Lange, el Empire State era sustituido por una de las torres gemelas del desaparecido World Trade Center. En la de 2005, dirigida por Peter Jackson y protagonizada por Naomi Watts, los efectos especiales CGI sustituyeron a los modelos, que en la versión de 1933 se animaron mediante los movimientos rodados fotograma a fotograma, siguiendo la rudimentaria técnica del stop-motion.

En 1991 la película fue catalogada por la Biblioteca del Congreso de EE.UU. y seleccionada para su preservación en el Registro Nacional de Cine.

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