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Los americanos y los europeos entendemos el deporte de manera muy diferente. Para los primeros es algo parecido a un espectáculo, un entretenimiento como el cine o el teatro donde la victoria es algo secundario, mientras que para los segundos la victoria es el objetivo principal. Existe una clara diferencia entre la afición europea y la afición americana, que curiosamente llaman a uno de sus deportes más importantes de la misma manera: fútbol y football. Y para complicar las cosas se refieren al otro deporte con palabras diferentes: soccer y fútbol americano.

El fútbol americano quizás es el deporte más popular de los EE.UU., y la Super Bowl, la final de liga, reúne cada año aproximadamente unos 100 millones de espectadores en todo el mundo para ver a dos equipos, los campeones de la Conferencia Nacional (NFC) y de la Conferencia Americana (AFC), luchar en un único partido por el Trofeo Vince Lombardi. De media sus encuentros tienen 15,8 millones de espectadores desde que arranca la temporada en septiembre hasta que finaliza en febrero con la Super Bowl. Sus ingresos rondan los 15.000 millones de dólares al año, mientras que la MLB (béisbol) se mueve en torno a los 10.000 millones y la NBA (baloncesto), algo por encima de los 8.000 millones. El soccer, el fútbol europeo, no tiene la popularidad y penetración de ninguno de los deportes más populares (beisbol, baloncesto, hockey hielo y fútbol americano), pero se encuentra en una situación claramente ascendente. Sobretodo el fútbol femenino, pues la selección norteamericana és una de las más potentes del globo.

Como hemos comentado en alguna ocasión, en general al cine siempre le ha costado mucho representar el deporte. No hay grandes películas sobre futbol, baloncesto, hockey hielo, atletismo o fútbol americano. La razón parece obvia: la épica de la competición ya se encuentra en el mismo terreno de juego y no es necesario que venga una película a contarnos lo que ya sabemos que sucedió después de lo sucedido, a ofrecernos un producto sin la emoción y la incertidumbre el momento mismo en el que se juega. Otra cosa es intentar explicar las entrañas del deporte, como “El orgullo de los yanquis“, “Moneyball“, “El mejor“, “Carros de fuego” o “Un domingo cualquiera“.

Un domingo cualquiera” (“Any given sunday“), protagonizada por Al Pacino, Cameron Diaz, Dennis Quaid, James Woods, Jamie Foxx, Jim Brown, Matthew Modine, Lauren Holly y Ann-Margret, entre muchos otros, nos presenta a los ficticios Miami Sharks, uno de los mejores equipos de la NFL, y nos invita a sumergirnos en sus interioridades más oscuras. Tony D’Amato, que vive por y para el fútbol americano, es el entrenador y Christina Pagniacci es la nueva presidenta del equipo, que ha heredado de su difunto padre. Hace cuatro años, los Miami Sharks consiguieron dos campeonatos seguidos y pero ahora acaban de perder tres partidos consecutivos y la moral está por los suelos. Los aficionados van cada vez menos al campo y los jugadores son cada vez más viejos. El veterano quarterback Jack Rooney se aferra desesperadamente a la fama pasada y a la titularidad, pero su físico ya no es el de antaño. Es amigo personal de Tony, que no sabe cómo sustituir en el puesto a su viejo compañero. Además, el entrenador ve cómo su vida personal es un desastre: su matrimonio ha fracasado y apenas ve a sus hijos. De pronto, todo cambia cuando el veterano Jack y su sustituto habitual caen lesionados al mismo tiempo.

¿Y quién mejor para dirigir una película sobre hombres aguerridos enfundados en armaduras y luchando entre sudor y sangre por un balón en forma de almendra que Oliver Stone? Veterano de la guerra de Vietnam, ganador de tres Óscar y cinco Globos de Oro, que alcanzó el Olimpo de Hollywood con”Platoon” y se ganó el respeto de los profesionales del mundo del cine con su serio análisis del magnicidio de Dallas en “JFK“, por su película sobre los veteranos de la guerra de Vietnam “Nacido el 4 de Julio“, por su denuncia al mundo de las finanzas de “Wall Street” o por el biopic de Jim Morrison en “The Doors“, pero desde finales de los años noventa su carrera empezó un descenso en barrena, en parte propiciado por sus ideas políticas de izquierdas que no comulgaban con los conservadores poderes de Hollywood. Con “Un domingo cualquiera” volvió a acertar de lleno, aunque la película no recibió el reconocimiento que hubiese merecido.

Puede que “Un domingo cualquiera” padezca en exceso del tono épico y cargado de testosterona masculina que marcó a muchas producciones de los ochenta y noventa, pero es uno de los ejercicios más intensos, interesantes y entretenidos sobre el fútbol americano, por no decir del deporte. Adrenalina pura, y una gran excepción de la afirmación con la que hemos abierto este breve artículo: al cine siempre le ha costado mucho representar el deporte.

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