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¿Un coche asesino? ¡Check! ¿Castores zombies? ¡Check! ¿Un perro se come a tu madre? ¡Check! ¿Tiburones voladores en un tornado? ¡Check! ¿Un ciempiés humano? ¡Check! Pero cuándo parecía que el cine de terror ya nos había ofrecido todo lo que nos podía ofrecer… llegó “Rubber“.

Al polifacético Quentin Dupieux le conocimos como Mr. Oizo allá por 1999, en su faceta de productor musical de electro house cuando nos presentó al peluche Flat Eric, pero no descubrimos que el francés también tenía intereses en el mundo del cine hasta 2007 con “Steak” y, sobretodo en 2010 con los neumáticos asesinos en “Rubber“. Sí, habéis leído bien: un neumático asesino con poderes telequinéticos que hacer estallar las cabezas de las personas con las que se cruza como si fuesen una sandía. Pero tampoco hay que sorprenderse si uno conoce un poco la filmografía de Dupieux (“La chaqueta de piel de ciervo“, “Mandíbulas“, “Réalité“, “Wrong“,…) y ese interés suyo por el absurdo y el surrealismo que define su obra cinematográfica.

Auténtica sensación en el Festival de Cannes y en Sitges, por el estupor que provocó entre los elitistas espectadores del festival francés y las carcajadas que provocó en la localidad costera catalana, protagonizada por Stephen Spinella, Jack Plotnick, Wings Hauser, Roxane Mesquida, Ethan Cohn, Charley Koontz, Daniel Quinn o Devin Brochu, entre otros, “Rubber” nos contaba en poco más de una hora (es una película breve) en formato ‘road movie’ la historia de Robert, un neumático asesino con poderes telepáticos al que los espectadores ven como deja un rastro de sangre en pleno desierto californiano a través de binoculares.

Tan original como absurda, “Rubber” se saltaba todos los cánones del género (de hecho se podría decir que los dinamitaba y las hacía saltar por los aires en mil pedazos) para ofrecer al espectador una historia loca que nadie, ¡nadie!, debe tomarse en serio. Es la primera muesca de un autor con mayúsculas, Quentin Dupieux, que se mueve fuera de los cánones más convencionales y comerciales, y ofrece al espectador que sigue su juego un universo repleto de códigos personales, marcianadas y paranoias.

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