Zangol nos trae la reseña de uno de los best-sellers de los últimos tiempos, El niño con el pijama de rayas, la conmovedora historia de la amistad entre un niño internado en un campo de concentración nazi y un niño alemán que acaba de ver estrenada su adaptación a la gran pantalla.

“El niño con el pijama de rayas” (John Boyne, 2007)

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Título original The Boy in Striped Pyjamas
Traductor Gemma Rovira Ortega
País Irlanda
Género Ficción histórica
Editorial Salamandra
Fecha de publicación Febrero de 2007 (1ª edición)
Formato Tapa blanda (rústica)
Páginas 221

Sin duda alguna “El niño con el pijama de rayas” se ha convertido en uno de los títulos más populares de los últimos meses. De hecho este último año era difícil no encontrar a alguien que lo estuviera leyendo o que lo recomendara.

Su mayor virtud es que es una novela que se lee muy fácil y muy rápido y que engancha gracias a su particular sentido del suspense, que el autor construye a través de un método muy inteligente y muy apropiado para el efecto que pretende conseguir, que es explicarnos algo a través de los inocentes ojos de un niño. Así, desde la inocencia construye un drama que trasciende lo personal y particular hasta lo universal e histórico.

La historia que relata y de la que no quiero hablar porque el propio autor prefiere que no se haga incluso en los comentarios de contraportada de las ediciones que se han vendido, es conmovedora, pero sobretodo resulta aleccionadora e impactante. Pienso que es difícil explicar algo con mayor sutileza y sensibilidad. Uno se da cuenta de muchas cosas leyendo esta novela y no a través de frases rimbombantes y extensos argumentos minuciosamente explicados, sino a través de impresiones desde la más completa inocencia.

Leyendo la novela el calificativo que más me venía a la cabeza era “conmovedora” y en efecto lo es pero sobretodo creo que de lo que habría que alertar a quien no la haya leído es que no se trata de una novela para niños o, al menos, no es específicamente una novela para ellos. Creo que el lector que mejor puede sacarle el jugo a la misma es el lector adulto, conocedor del fondo histórico de los hechos que se narran, porque a fin de cuentas va a ser quien mejor capte la terrible ironía y el sinsentido de lo narrado y quien comprenda el contraste entre la perspectiva Bruno y lo que ocurre en realidad.

Tampoco es sólo una ficción histórica, aunque sea el género en que podemos ubicar la novela. No sólo trata sobre un momento histórico y sobre un drama concreto de unas personas, no sólo narra la maravillosa relación de amistad entre dos niños completamente diferentes, también alerta sobre el presente y el futuro porque comprender que la captación de la realidad se basa en la perspectiva y el punto de vista de cada cual es crucial para no cometer errores del pasado.

Probablemente John Boyne quiso con esta novela remover conciencias y a fe que lo consiguió gracias a su magnífico punto de partida argumental (no me extraña que cuando se le ocurrió no durmiera hasta terminar su boceto inicial), clave del impacto de la obra, pero no debemos quedarnos pienso yo con el disfrute de la historia en sí (y hablo de disfrute refiriéndome a que todo lector saca un provecho leyendo este libro). Pienso que lo más importante de esta novela es comprender que debemos aprender a ponernos en el lugar de los demás (cosa que no resulta nada fácil) porque incluso la mirada más inocente y menos interesada se ve afectada por los intereses de uno mismo y no siempre se puede captar la realidad tal cual es porque no suele faltar perspectiva para hacerlo.

Esta novela a mí particularmente me ha impactado por la manera en que a través de los ojos de Bruno, el niño protagonista, vamos descubriendo una realidad tremebunda, pero sobretodo porque lo hacemos desde una perspectiva inocente de alguien que no se da cuenta de lo que es, de lo que tiene y de lo que le rodea pese a tener la tragedia junto a él. Desde su perspectiva Bruno no puede comprender qué está pasando y no tiene la capacidad para deducirlo poniéndose en el lugar de los demás, ni siquiera de su amigo Shmuel porque para él solo es un niño con un pijama de rayas. En realidad Bruno es egoísta aunque lo sea incoscientemente, los niños de alguna manera lo son porque están acostumbrados a estar protegidos (se ve más claramente en Gretel), y actúa desde ese egoísmo inconsciente hasta que su amistad con Shmuel le impulsa, también de manera inocente, a ayudarle.

Por su puesto el desarrollo va in crescendo y el lector no puede evitar el querer saber más y más y devora el libro en poco tiempo intuyendo que el final le va a zarandear, pero a mi el momento que me dejó noqueado fue en el capítulo 14 cuando Bruno se queja amargamente de su cambio de residencia y se lo explica a Shmuel que vive en una vivienda y una situación infinitamente peor a la suya asumiéndola como algo inevitable. Pienso que ese momento resume la esencia de lo que es esta pequeña novela: la relación de amistad sincera entre dos niños que viven dos realidades completamente diferentes y que son incapaces de entender los porqués de la realidad que les rodea. Creo por ello que esta novela habla sobre un momento muy concreto, pero también habla sobre las relaciones entre las personas y está de plena actualidad porque de algún modo Bruno somos todos, somos quienes hemos podido comprar el libro y leer su historia y estamos rodeados de Shmuels que nunca podrán hacerlo.

En definitiva una lectura altamente recomendable porque narra un drama pero también porque nos susurra ideas, nos invita a pensar y a meditar y nos recuerda un pasado que nunca debió haber sido pero que fue y no puede volver a repetirse.