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Hay películas que envejecen mal y otras que directamente deciden quedarse olvidadas en la estantería de un videoclub para siempre, como la momia de un museo. Eternas. «Kickboxer«, pertenece orgullosamente a la segunda categoría. Es un fósil del cine de acción de los ochenta: ingenuo, desvergonzado, exagerado y completamente incapaz de distinguir entre el drama, la épica y el delirio. Precisamente por eso sigue funcionando y recomendamos revisionarla de vez en cuando.
Cuándo Jean-Claude Van Damme rodaba «Kickboxer» todavía era una promesa recién salida del éxito de «Contacto sangriento» (1988). Antes había sido repartidor de pizzas, chófer de limusinas, taxista, guardaespaldas, instructor de karate o masajista en Los Ángeles mientras perseguía un sueño aparentemente imposible. Nacido en Bruselas en 1960 como Jean-Claude Camille François Van Varenberg, comenzó a practicar karate con diez años y hasta estudió ballet durante cinco años para mejorar su elasticidad. «Soy el Fred Astaire del karate«, aseguraba con esa mezcla de convicción y egocentrismo que siempre le acompañó. Basta verlo abrir sus piernas para comprender que, al menos en eso, no mentía.
Compartió generación con Chuck Norris, Steven Seagal, Dolph Lundgren o Michael Dudikoff, enlazó éxitos como «Doble impacto», «Soldado Universal«, «Blanco humano» o «Timecop«, cayó después entre escándalos, adicciones y fracasos comerciales, y terminó reivindicándose décadas más tarde interpretándose a sí mismo en «JCVD«. Incluso fuera de la pantalla ha acumulado titulares por sus polémicas declaraciones políticas y sus peculiares admiradores, desde Donald Trump hasta Kim Jong Un.
La historia de «Kickboxer» no puede ser más sencilla: Eric Sloan, campeón estadounidense de kickboxing, viaja a Bangkok convencido de que es invencible. Allí descubre que Tong Po, una montaña de músculos con tibias de acero, juega en otra liga y termina rompiéndole la columna vertebral. Su hermano Kurt decide vengarlo entrenando con Xian Chow, un maestro cuya metodología consiste en golpear árboles, arrastrar pesos imposibles y soportar toda clase de torturas orientales hasta convertirse en una máquina de repartir patadas.
La crítica de la época destripó la película sin demasiadas contemplaciones. La calificaron como un cruce descerebrado entre «Rocky» y «Karate Kid» con más sangre, más estereotipos y bastante menos talento interpretativo. No les faltaba razón y no los vamos a contradecir. Aquí no hay la menor complejidad psicológica, crítica social, interpretaciones que rocen el aprobado ni una trama sofisticada. Sí, el guion de «Kickboxer» es una sucesión de clichés del cine de acción de los ochenta puestos en fila uno detrás de otro, los personajes existen únicamente para conducir al siguiente combate y la sutileza nunca llega a entrar por la puerta, ni siquiera a asomar la cabeza por la ventana.
Pero los directores Mark DiSalle y David Worth tenían a Jean-Claude Van Damme en su mejor momento. Basta con observar cómo convierten un entrenamiento absurdo en una exhibición física memorable al ritmo de la música ochentera. Ahí están las patadas contra las palmeras, los interminables ejercicios de resistencia y, por supuesto, el legendario baile en un bar tailandés, probablemente una de las escenas más inexplicables y celebradas del cine de acción de finales de los ochenta. Por eso seguimos disfrutando con «Kickboxer» como en 1989.
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Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja