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Hay muchas películas que mezclan la ciencia-ficción con el terror, hasta el punto que se han convertido en un género en sí mismo. Son dos géneros que convergen a menudo y que se camuflan con mucha facilidad: «Alien«, «Pandórum«, «Horizonte Final«, «Life«, «Esfera«, «Los últimos días en Marte«,… Cerca de este territorio podríamos encontrar obras como «Species«, «Under the Skin«, «La Cosa«, «Depredador» o «La Guerra de los Mundos«, que sobrevuelan los dos géneros tangencialmente sin asentarse claramente en ninguno de ellos. E incluso «Frankenstein«, que no deja de ser una obra de ciencia-ficción especulativa.
Una de las películas mencionadas, «Horizonte Final» («Event Horizon«) del irregular director Paul W. S. Anderson, capaz de lo mejor y lo peor, es un clásico de este género híbrido, que resultó ser todo un fracaso en su momento y recibió muy malas críticas pero que hoy está considerada una obra de culto. Eso sí, no es apta para todos los estómagos.

Protagonizada por Laurence Fishburne, Sam Neill, Kathleen Quinlan, Joely Richardson y Jason Isaacs, la premisa argumental de «Horizonte Final» es bastante parecida a la que proponía «Alien» en su momento: tras detectarse la señal de una nave misteriosamente desaparecida siete años antes en un agujero negro al que fue lanzada para explorar los confines del universo, un equipo de rescate descubrirá que a bordo ha ocurrido algo inimaginable. Y eso inimaginable, por supuesto, será terrorífico y mortal para todos ellos. No es un xenomorfo indestructible con sangre ácida, pero lo que la nave Horizonte Final se trajo de su viaje es tan mortal como el monstruo de Ridley Scott y H.R. Giger.

«Horizonte Final» es una película con dos partes perfectamente diferenciadas: una primera parte cargada de tensión donde el espectador y el equipo de rescate ignoran que se han metido en el equivalente a una casa encantada en una nave abandonada en el espacio y una segunda parte donde el gore, litros de sangre, mutilaciones y desmembramientos inundan la pantalla y obligan a huir al espectador más sensible. El resultado final se podría calificar como un «El resplandor» en el espacio. La música de la película, que encaja como un guante y consigue sobresaltar al espectador en más de una ocasión, fue escrita por el dúo británico Orbital y por el músico estadounidense Michael Kamen. En resumen, la película consigue su objetivo: hacerte pasar un mal rato, y disfrutar de ello si te gusta.

Aunque llegó a encabezar el box-office en los EE.UU. pese a estar calificada como R la película no funcionó (recaudó 40 millones de dólares y había costado 60). El montaje final llegó a los cines con bastantes escenas menos de las previstas por el director pues, por lo visto, contenían imágenes gore extremadamente gráficas que el estudio obligó a Anderson a recortar después de una proyección de prueba. Las malas lenguas contaban que algunos espectadores de ese pase incluso se desmayaron, impresionados. Y algunos años más tarde, cuando se intentó lanzar una versión extendida con la versión del director, se descubrió que gran parte de ese material eliminado había desaparecido.

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