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La violencia en el cine toma muchas formas, algunas más explícitas, con salpicaduras de sangre y montones de enemigos muertos a golpe de bate de béisol, y otras metafóricas y sutiles, que pueden ser mucho más estremecedoras, desasogantes y terribles que las primeras. En sí misma la violencia no es buena ni mala, pues la naturaleza misma del ser humano es violenta, con uno mismo, con los otros hombres e incluso con el mundo que les rodea, y por ese motivo a veces es difícil entender no solo el motivo de la violencia sinó su origen.
Hay dos películas emblemáticas del segundo grupo de películas sobre la violencia: «Funny Games» y… «Funny Games«. Sí, no es un error.
Estamos ante dos películas de culto, firmadas ambas por Michael Haneke, rodadas con diez años de diferencia. La original, de 1997, con Susanne Lothar, Ulrich Mühe, Arno Frisch, Frank Giering, Stefan Clapczynski y Doris Kunstmann y la copia, un remake norteamericano, protagonizado por Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt, Brady Corbet, Devon Gearhart, Boyd Gaines y Siobban Fallon Hogan. En realidad son la misma película, pues el director austríaco se limita a cambiar los rostros del reparto pero a repetir los planos, mantener el guión y reproducir la estructura del film original en la que nos contaba como una familia de clase alta pasaba un tranquilo fin de semana en su casa de campo cuando un par de desconocidos entraban educadamente en sus vidas pidiendo prestados unos huevos antes de desatar la peor pesadilla de esta familia y en un lugar donde todo parecía estar bajo control.
Uno de los aspectos más terribles de las dos películas de Haneke, de las dos «Funny Games«, es que no explica en ningún momento la razón de los actos de los muchachos, ni es el objetivo de la cinta ahondar en esas cuestiones. Y otro de los aspectos que seguimos sin entender es, ¿para qué repetir una obra, diez años después, sin replantearse nada, ni un detalle? Una fotocopia. Gus van Sant ya intentó algo parecido con «Psicosis» y solamente recibió bofetadas. Merecidas. Lo mismo sucede con Haneke, que al repetir «Funny Games» es provocador y doblemente enfermizo pero la película sigue ofreciendo al espectador dos horas de enfermizo viaje a las entrañas de la violencia más pura.

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