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Guy Ritchie urde uno de sus mejores guiones en torno a un capo de la droga en Gran Bretaña que trata de vender su imperio despertando el interés de varios competidores por hacerse con tan suculento «pastel». Lo cuenta a medio camino entre la comedia y el drama, con elegante puesta en escena, con originalidad narrativa, jugueteando con los tiempos y los puntos de vista, enredándonos con nombres, referencias y diálogos plagados de dobles intenciones, pero consiguiendo en todo momento que nuestro interés vaya in crescendo y que no perdamos el hilo de su compleja madeja, aunque ya aviso que hay que poner un poco de nuestra parte para lograrlo porque la información y los sucesos fluyen imparables en casi todos los diálogos, monólogos y escenas (intuyo que es de esas películas que disfrutas incluso más en sucesivos visionados). En realidad es un gran juego fílmico con homenaje al cine incluido, en el que todo está orquestado para sorprender, entretener y descolocar y teñido del cinismo, ironía, ambición y locura de sus personajes, todos magníficamente interpretados por un elenco a cada cual mejor. Probablemente la mejor película de la primera mitad del año de la pandemia o, cuando menos, una de las más entretenidas para los que gusten de estas tramas de mafiosetes, chulos, macarras y pícaros.