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«Ishtar» es uno de los mayores fiascos de la historia del cine. Fue uno de los films más caros de los años ochenta, uno de los fracasos comerciales más estrepitosos de la década y condenó al ostracismo a su directora, la más que mediocre Elaine May, que no volvió a dirigir una película nunca más. Quizás no hundió a una productora como sí hizo «La puerta del cielo» de Michael Cimino pero se suele señalar a «Ishtar» como la película que echó a la compañía Coca Cola del negocio del cine, de donde huyó despavorida y con la cola entre las piernas. Había costado 55 millones de dólares y recaudó poco más de 14 millones.

Dirigida por Elaine May y protagonizada por Warren Beatty, Dustin Hoffman, Charles Grodin, Isabelle Adjani, Jack Weston y Tess Harper, entre otros, «Ishtar» quería recuperar el espíritu de las comedias clásicas de Bing Crosby y Bob Hope, pero ni Warren Beatty ni Dustin Hoffman tenían su carisma (y eso que la mitad del presupuesto se destinó a pagar los salarios de los dos protagonistas), ni la historia que nos contaban tenía la menor gracia, ni la habilidad precaria de Elaine May consiguió corregir el desastre inevitable. El film en cuestión nos contaba el periplo de Lyle Rogers y Chuck Clarke, un dúo de mediocres cantantes de música pop sin ningún talento que sueñan con convertirse en Simon y Garfunkel que viajan Marruecos para trabajar en un hotel entreteniendo a los soldados estadounidenses pero terminan por accidente en el vecino (y ficticio) país norteafricano de Ishtar. Cuando llegan son reclutados, por separado, como espías al servicio de los dos bandos opuestos de la revolución que está a punto de estallar en el país, en el marco de la Guerra Fría.

La historia del cine tiene reservado un capítulo entero para esta comedia de Elaine May con Warren Beatty y Dustin Hoffman, pero no por los motivos que ellos hubiesen deseado. La clasificamos como comedia, pero no tiene ninguna gracia. Ni la tenía en 1987 cuándo la estrenaron ni la tiene hoy, casi cuarenta años después. Por no sostenerse, no se sostienen ni los dos protagonistas: no hay el menor rastro del Hoffman de «Tootsie» ni del Beatty de «El cielo puede esperar«, ni la menor química entre dos grandes actores. Ni siquiera logra ser una de aquellas películas que, de tan malas que es, es divertida. Un desastre absoluto.

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