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En alguna ocasión hemos afirmado que el director Joel Schumacher (1939-2020) fue capaz de lo mejor («Línea Mortal«, «Jóvenes ocultos» y «Un día de furia«) y de lo peor (el resto de su filmografía). En cuanto a lo peor, tiene el dudoso honor de tener dos de sus trabajos en la lista de las peores películas de superhéroes de la historia del cine: «Batman & Robin» y «Batman Forever«. La lista de sus aciertos es muy corta, pero muy reivindicable. Una de ellas, «Un día de furia«, tiene mucho sentido treinta años después de su estreno cuándo le han puesto un nombre a las causas de la rebelión violenta de Michael Douglas: ‘burnout‘.
El ‘burnout‘, el síndrome de estar quemado, cada vez es más conocido y diagnosticado, y combina factores de riesgo personales con factores de riesgo relacionados con el trabajo. De hecho, es uno de los principales problemas de salud mental y la antesala de muchas patologías psíquicas. Y no hay la menor duda de que Bill Foster, un hombre aparentemente normal y corriente de la ciudad de Los Ángeles que lucha por superar como puede las frustraciones, obstáculos y accidentes que le pone la vida, está aquejado de este síndrome. Así, durante una jornada especialmente agobiante a causa del calor y del colapso del tráfico, de repente Bill dice basta y se rebela de manera violenta y destructiva contra todo lo que lo rodea. Recientemente divorciado, con una orden de alejamiento que le impide ver a su hija y despedido de su trabajo, Bill se verá sumido en una espiral de violencia causada por él mismo, arremetiendo contra todo y todos aquellos que va encontrado a su paso, que terminará de forma trágica.
Dirigida por Joel Schumacher a partir de un guión de Ebbe Roe Smith, protagonizada por Michael Douglas, Barbara Hershey, Frederic Forrest, Rachel Ticotin, Robert Duvall y Tuesday Weld, entre otros, «Un día de furia» («Falling Down«) provoca en el espectador el extraño sentimiento de entender algunas de las acciones del demente Bill Foster. El mundo es injusto y no parece que los que llevan sus riendas tengan el menor interés en arreglarlo. Hay corrupción, crimen, desigualdades, violencia, pobreza,… Peor todavía: ahora hay un Donald Trump, símbolo de la ineptitud y el egoísmo de la oligarquía, del pacto perverso entre dinero y política, al mando. Pero el film plantea un discurso un tanto peligroso pues justifica que el protagonista se tome la justicia por su cuenta. Aunque, claro, ¿hay alguien que esté haciendo algo útil para arreglar el mundo? Pues eso.
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Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja