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Guillermo del Toro tiene a sus espaldas una filmografía apasionante que ha ido creciendo progresivamente con el paso de los años, distinguiéndose siempre por su buen hacer con el cine fantástico. Gusten más o menos sus películas, todas tenían algo que las rescataba de la mediocridad, y por eso había mantenido una esperanza latente en sus seguidores, la ilusión de que su siguiente película fuera la que le proporcionara el reconocimiento y el salto de calidad que todos intuíamos que tarde o temprano iba a lograr. Y eso lo alcanzó, sin duda, con «El laberinto del Fauno» y «La forma del agua«. La primera de ellas, galardonada con tres Oscars y siete Goyas, es una de las cimas de la filmografía del cineasta mejicano y una de las mejores películas del siglo XXI, en la que realidad y fantasía caminan abrazadas en un delicado equilibrio.
Protagonizada por Ivana Baquero, Ariadna Gil, Sergi López, Doug Jones, Maribel Verdú y Álex Angulo en los papeles principales, «El laberinto del Fauno» es un cuento de hadas para adultos que nos trasladará hasta los bosques milenarios de Galicia, donde la joven Ofelia y su madre enferma llegan al viejo molino donde les espera el nuevo esposo de su madre, un vil oficial del ejército español que intenta sofocar un levantamiento guerrillero. Mientras explora un antiguo y misterioso laberinto, Ofelia se encontrará con un fauno, quien le desvelará que ella es una legendaria princesa perdida y que debe completar tres tareas peligrosas para reclamar su lugar en el reino subterráneo y la inmortalidad.
Los catalanes David Martí y Montse Ribé, del estudio DDT, se llevaron el Oscar al mejor maquillaje por, entre otras maravillas, convertir al actor Doug Jones en el impresionante fauno de la película o el aterrador Hombre Pálido.

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