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El director mexicano Guillermo del Toro hoy es una figura respetada del séptimo arte, y tiene a sus espaldas una filmografía apasionante que ha ido creciendo progresivamente, distinguiéndose siempre por su buen hacer con el cine fantástico. Gusten más o menos sus películas, desde su “Cronos” hasta la más reciente “Pinocho“, todas tienen algo que las rescata de la mediocridad y las convierte en algo distinto. Por eso, desde su debut a principios de los años noventa, se había mantenido una esperanza latente en sus numerosos seguidores, la ilusión de que su siguiente películaiba a ser la que le proporcionaría el reconocimiento y el salto de calidad que todos intuíamos que tarde o temprano iba a lograr. Y lo alcanzó, primero con “El laberinto del Fauno“, galardonada con tres Oscars y siete Goyas, y después con “La forma del agua“, ganadora del León de Oro del Festival de Venecia a la mejor película y cuatro Oscars, incluyendo los premios para la mejor película y el mejor director. Del Toro es, sin duda, uno de los creadores más originales del cine contemporáneo y hoy ya nadie lo discute.

El camino hasta la cima había sido largo y tortuoso, y durante el ascenso Guillermo del Toro firmó “El espinazo del diablo“, una producción española protagonizada por Eduardo Noriega, Federico Luppi, Marisa Paredes y Fernando Tielve, que nos situaba en un orfanato de la postguerra española. En ese lugar triste y tenebroso nos contaba la historia de Carlos, un huérfano que es recogido en el Hospicio de Santa Lucía, una institución a donde van a parar los huérfanos de militares, políticos republicanos y otras víctimas. La situación allí no es nada fácil. En primer lugar, tiene que adaptarse a unas nuevas normas y se ve enfrentado a Jaime, el cabecilla del grupo. Además, la relación con los tres únicos adultos que viven allí resulta también complicada. Carmen, la directora, acaba de enviudar y ha perdido una pierna. Mantiene una tensa relación con el profesor Casares y una aventura secreta con el atractivo y cruel Jacinto, el portero. Pero todo se complica cuando el fantasma de un niño que fue asesinado la noche que cayó una bomba en el patio del orfanato se aparece ante el asustado Carlos reclamando venganza por su muerte.

Como la mayoría de películas del director mexicano, “El espinazo del diablo” nos traslada a un mundo extraño y peligroso, en esta ocasión el Hospicio de Santa Lucía con aromas al de “Paracuellos” de Carlos Giménez, que mezcla las criaturas fantásticas con escenarios tan reales como la posguerra. El guión de esta película, el debut del dúo de guionistas formado por Antonio Trashorras y David Muñoz, nos ofrece una historia que recuperará en “El laberinto del Fauno”, un homenaje evidente a los hombres y mujeres del bando republicano que combatieron al fascismo y salieron derrotados de la Guerra Civil Española. Por encima de este fondo, una historia de fantasmas poco convencional que no se cuenta entre lo mejor de Guillermo del Toro… aunque todas y cada una de sus películas tienen elementos que merecen ser rescatados y reivindicados. Ésta, también.

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