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Afortunadamente hace ya muchos años que la humanidad se ha concienciado acerca de los riesgos reales de la energia nuclear y de las bondades de las energias limpias llamadas también alternativas. De hecho el concepto mismo de la energía nuclear perdió muchos adeptos a causa de la Guerra Fría y la asimilación casi automática que se hizo durante muchos años de las armas nucleares con el fin del mundo. Cerca estuvimos durante aquellos trece días de octubre de 1962, en los que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron al borde de la Tercera Guerra Mundial. Y la mala fama de la energía nuclear ya fue una realidad incontestable por sus detractores e indiscutible por sus defensores cuando se produjo el terrible accidente del 26 de abril de 1986 en la central de Chernóbil.

Coincidencia o no, en 1986 se estrenó la película de animación británica “Cuando el viento sopla” (“When the wind blows“) de Jimmy Murakami, basada en la novela gráfica homónima de Raymond Briggs de 1982, que nos contaba la historia de los venerables Jim y Hilda Bloggs, una pareja de jubilados que viven en una remota zona rural de Gran Bretaña poco antes del inicio de una guerra nuclear. Profundamente patriotas, tienen absoluta confianza en su gobierno y se han informado sobre todo lo que es necesario hacer en caso de que el enemigo ataque su país. Jim ha leído los folletines oficiales sobre la la bomba atómica, e inicia la construcción de un refugio que les protegerá en caso de una explosión nuclear. Cuando finalmente la terrible bomba explota los dulces ancianos descubrirán los terribles efectos de la guerra nuclear y el horror de la radiación en el ser humano.

Profundamente antibelicista, con una sorprendente banda sonora que incluye canciones de Roger Waters, David Bowie o Genesis, “Cuando el viento sopla” es una de las mejores películas de animación que se han hecho nunca pero sorprende descubrir que no tuvo apenas reconocimiento en su momento, ni repercusión al cabo del tiempo, y demasiado a menudo se olvida que existe y que su mensaje debe recuperarse de vez en cuando para concienciar a las nuevas generaciones que no vivieron la amenaza de la guerra nuclear. La memoria es demasiado fugaz.

Esta ucronía ambientada en unos años ochenta del siglo XX en los que el Reino Unido y la Unión Soviética entraron en guerra, “Cuando el viento sopla” mezcla la animación tradicional dibujada (los personajes) y la animación stop-motion (los fondos) para explicar a los espectadores cuáles serían las consecuencias para nuestro mundo si una única bomba de las miles que almacenan los nueve países que dicen disponer de armamento nuclear (EE.UU., Israel, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán y Corea del Norte) llegara a explotar. Y es a través de Jim y Hilda, un inocente matrimonio que busca vivir en paz los últimos años de su vida, que el espectador verá como son condenados a una muerte atroz a causa de algo que ya vivieron en Hiroshima y Nagasaki pero que, con fortuna, jamás llegaremos a ver otra vez.

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