El Súperlopez de Jan es uno de esos cómics entrañables que ha pasado con facilidad y naturalidad de padres a hijos. Como Mortadelo y Filemón, Tintín o Astérix. Son cómics que han dejado huella en nuestra infancia, que hemos releído durante la adolescencia, que nos han dejado buen recuerdo y que nuestros retoños han heredado. Y de los que nos siguen llegando nuevas aventuras que mantienen el espíritu del original. Lo llaman la inercia del éxito popular.
supergrupo-guerra-latasEn este nuevo episodio descubriremos que los superhéroes no son tan invencibles o invulnerables como pensamos. Y si en la Tierra no hay cura, habrá que buscarla en otro planeta. Pero cuando resulta que en este los problemas burocráticos en la sanidad son tantos como en el nuestro, la única solución parece consistir en crear una legión de clones de Latas… ¡Y cuando esos clones se rebelan, la batalla está servida!
En una entrevista reciente en el periódico “El País”, a raíz de la publicación de su último trabajo titulado “Mortadelo y Filemón: El Tesorero”, el irreductible y eterno Francisco Ibáñez decía con un deje de nostalgia y amargura: “De autores de tebeos sólo quedamos Jan, que hace el Superlópez, y yo.
Jan… ¿De verdad, alguien de la generación EGB no conoce a Juan López ‘Jan’? Y si decimos Superlópez, ¿queda ahora alguna duda? Nacido en una pequeña localidad leonesa de la comarca de El Bierzo, siendo aún muy niño se traladó con su familia a Cataluña, a la ciudad de Barcelona A mediados de los años cincuenta inició su relación con el dibujo, al empezar a trabajar en los Estudios Macián de dibujos animados y algunas incursiones en la historieta para la revista “Yumbo” de Gerpla. Tras diez años en Cuba, Jan regresa a España en 1970 con una maleta medio vacia, dos niños y mujer, y empieza a trabajar en Bruguera, la gran e inolvidable editorial del cómic nacional. En 1973 crea a su personaje más célebre, Superlópez, y desde 1979 con el guionista Francisco Pérez Navarro ‘Efepé’, produce las mejores aventuras del castizo superhéroe que le han otorgado popularidad. Galardonado en mayo de 2002 con el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona, que reconocía su trayectoria profesional, en 2005 con el Premio Ivà por el Ayuntamiento de Cornellá de Llobregat y con la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes en el año 2012, premio al que renunció “por ética personal” y a causa de “las circunstancias sociales y políticas actuales”, el autor catalán de ascendencia leonesa ha seguido trabajando incansablemente en su entrañable Superlópez desde el primer día, ese superhéroe narigón con bigotillo que vive de incognito bajo la identidad de un oficinista llamado Juan López y que se ha enfrentado a los alienígenas y los cabecicubos, a la malvada Lady Araña y al gángster Al Trapone, y que ha viajado por todo el mundo, incluso hasta el centro de la Tierra y a la Luna.
Hay discrepancias (por no decir discusiones acaloradas que, en ocasiones, llegan a las manos) sobre cual es el mejor álbum de Superlópez, aunque la mayoría coincidimos que lo mejor se ubica en la primera etapa y en las diez primeras aventuras publicadas. Muchos señalan “El Señor de los Chupetes” como la mejor, un parodia de “El Señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien con chupetes de color negro en lugar de anillos de poder que debería contar en cualquier lista de cómics favoritos. Este álbum de 1980, el quinto de los editados por Bruguera, contaba la búsqueda de Superlópez, con el Gran Chupete Único colgado del cuello, de los seis chupetes mágicos que el gran Tchupón entregó a los chupópteros negros Chupamarca, Chupadelpote, Chupardina, Chupechán, Chupechón y Chupechín. Otros, incluido un servidor, señalan “La Caja de Pandora” como la mejor de las historias de Superlópez, el octavo álbum del héroe publicada por Bruguera, donde Superlópez está implicado en un juego entre dioses de todas las mitologías universales y los distintos panteones (helénica, hinduista, maya, egipcia,…) narrado en ocho capítulos, una lucha entre los partidarios de abrir la mítica Caja de Pandora que contiene todos los males y los partidarios de mantenerla cerrada como mcguffin de la historia. Y en la terna de favoritos asoman también las dos entregas del Supergrupo, tituladas “El Supergrupo” y “¡Todos Contra Uno, Uno Contra Todos!”, donde el Capitán Hispania, El Bruto, La Chica Increíble, Latas y El Mago se unen al héroe de la S en el pecho para formar un grupo de héroes poderosos que parodia con mucho sentido del humor a Los Vengadores de Marvel Comics y los estereotipos del género. “La Semana Más Larga…”, “La Gran Superproducción”, “Los Alienígenas” o “Los Cabecicubos” también se suelen mencionar a menudo cuando se intenta dilucidar el mejor de los trabajos de Jan y Efepé.
En cuanto al Supergrupo en concreto, hemos tenido ocasiones de volver a disfrutar de sus apariciones, casi siempre calamitosas y desternillantes: algún cameo puntual en otras aventuras de Superlópez, “El superretorno” de Efepé pero con Nacho Fernández dibujando en lugar de Jan en el año 2012, y “Otra vez el supergrupo” de Jan y Efepé en el 2013, con motivo del cuadragésimo aniversario del personaje. Y en abril del 2014, dentro de la colección “Magos del Humor” de Ediciones B, este “Superlópez. ¡El Supergrupo y la guerra de las Latas!”, que nos contará las sucesivas dificultades que tendrán Superlópez y sus compañeros enfrentándose a un bebé alienígena, al pésimo sistema sanitario de un planeta lejano, y a los descontrolados clones del robot Latas. Hay que señalar que no es el último: este mismo año 2015 nos ha llegado “El Supergrupo contra Los Demoledores”.
Escrito por Efepé durante las semanas más calientes de las protestas contra privatizaciones sanitarias madrileñas, conocidas como ‘la marea blanca’, y otros casos similares en todo el país, “Superlópez. ¡El Supergrupo y la guerra de las Latas!” demuestra la sensibilidad de los dos autores por los problemas sociales y económicos del país, la maldita crisis, su nefasta gestión por parte de los poderes públicos y sus consecuencias sobre la población. Esta deriva hacia la crítica social ha implicado que a las divertidas historias de Superlópez, repletas de humor y parodia, de caricatura y chistes fáciles, se ha añadido una segunda capa donde han volcado de forma directa y sin filtros su visión personal de los problemas sociales aunque de manera divertida e instructiva. Por poner tres ejemplos recientes, en “La montaña de los diamantes” denunciando los ‘diamantes de sangre’ africanos y las políticas colonialistas de occidente, en “Los recortaplanetas” exponiendo la maldad de los especuladores del mundo de las finanzas y la construcción, y en “El gran desahuciador” comparando sin tapujos al gobierno de derechas de la nación con un montón de extraterrestres ávidos de sed de conquista y culpándolos de la oleada de desahucios que se han vivido en los últimos años. Pero, claro, las historias de Superlópez son mucho más que esto.
A pocas semanas del estreno de la segunda película de los Vengadores (“Vengadores: La era de Ultrón”, a finales del mes de abril), hace mucha gracia y sorprende confirmar la cantidad de similitudes, guiños y caricaturizaciones, que uno puede apreciar entre el Supergrupo de Jan y Efepé y los Vengadores de Joss Whedon. El Capitán Hispania (una parodia de Capitán América), El Bruto (una parodia de La Cosa con ladrillos en lugar de piedras), Latas (una parodia de Iron Man, pero que en esta aventura oscila entre Ultrón o la Visión), la Chica Increíble (una parodia de Jean Grey, o de la Viuda Negra, o de cualquiera de las heroínas femeninas de Marvel) y Superlópez (una parodia de Superman, por supuesto), mantienen esa relación peculiar que nos ofrecieron desde su primera aparición, siempre peleándose entre sí por cualquier tontería y acudiendo tarde para atender las emergencias que requieren de su atención. Aunque en “Superlópez. ¡El Supergrupo y la guerra de las Latas!” estas divertidas escenas se hacen esperar demasiado, y lo que debería ser anecdótico (la crítica a la sanidad pública) se convierte en lo prioritario y lo que se podría haber liquidado en un par de viñetas o un par de páginas se extiende como una mancha de aceite hasta ocupar la mayor parte del álbum, ocupando ese espacio que le corresponde a las peleas sin sentido, a las discusiones por ejercer de líder, a Latas buscando su cabeza perdida,… A las bromas y los chascarrillos qque los seguidores habituales esperaban encontrar.
Sí, el humor es la nota predominante de todas los álbumes de Superlópez, un sentido del humor fresco y simplón, apto para todos los públicos, aunque algunos acusan a sus autores de que al incluir más carga social a las historias, y en consecuencia al crear varios niveles de lectura, ha aumentado el componente paródico a costa del humor más disparatado de sus primeras obras. Una queja que podría tener algo de cierta, pero es injusta puesto que el entretenimiento que ofrece la lectura de este álbum a los más mayores y a los más pequeños no se ve reducido ni un ápice y el conjunto de la obra no se resiente con estas aportaciones más profundas sobre la realidad cotidiana de nuestra sociedad en crisis. ¿Es el mejor Superlópez? No, la verdad, pero las doce páginas que enfrentan al Supergrupo con los clones de Latas podrían estar entre lo mejor que se ha publicado de esta parodia del Hombre de Acero.
Como hemos comentado en alguna ocasión, a raíz de la oleada de reediciones de los clásicos del cómic de los años ochenta que nos viene avasallando durante los últimos años, no hay mejor negocio que comerciar con los sentimientos. Y no hay forma más adecuada de tocar la fibra sensible que despertar ese niño que todos llevamos dentro, pero que permanece dormido entre facturas, declaraciones de la renta, viajes de negocios, y las responsabilidades familiares. La nostalgia es una arma muy poderosa, que las editoriales de nuestro país estan usando de forma muy inteligente, y eficiente, con la generación de la EGB.
Para esos nostálgicos que nos acercamos a los cuarenta es un placer inenarrable disfrutar de nuevas aventuras del Superlópez de Jan y Efepé, y del Supergrupo, que para muchos de nosotros son unos personajes que forman parte de nuestros recuerdos felices. Para el resto, es una ocasión única para descubrir un tebeo clásico que debería pasar de padres a hijos como una herencia valiosa, un secreto compartido, unas sonoras carcajadas con cuarenta años de historia.