Dioses encadenados, mentiras, Arameri con el poder de dominar los Cien Mil Reinos a su antojo, intrigas, una guerra eterna entre divinidades, traiciones, un palacio de cristal flotando por encima del mundo sobre una columna, secretos,… y una joven heredera destinada a morir. «Los Cien Mil Reinos» es la entretenida novela debut de N.K. Jemisin.

image1Mi nombre es Yeine, y aunque tan sólo tengo diecinueve años, soy la baronesa de Darr. Hoy he sido llamada a palacio por Dekarta Arameri, que es mi abuelo y también el monarca de los Cien Mil Reinos, protegido y designado por el propio Padre Celestial, nuestro Dios.
Una vez hubo tres Dioses, pero dos de ellos murieron, o eso es lo que nos dijeron. Se dice que los descendientes de Darr llevan en su sangre un secreto que se remonta a aquella lejana época en que los tres dioses caminaban entre los mortales.
Quizá mi abuelo me haya llamado para tenerme a su lado como capricho, o quizá quiera presentarme en la corte real para unirme en matrimonio de conveniencia. Quizá quiera revelarme ese secreto de sangre, aunque me temo que saberlo, según los libros sagrados, equivale a estar muerto.

La Guerra de los Dioses dejó vencedores y vencidos. Por penitencia, como castigo, los derrotados del enfrentamiento entre los Tres sirven desde hace miles de años a los caprichos de los Arameri, la casta de humanos elegida por el dios de la luz Itempas. El señor de la noche Nahadoth y su progenie están sometidos a Dekarta Arameri y sus descendientes. Son sus herramientas, sus armas, mediante las cuales dominan el mundo con mano de hierro desde el palacio del Cielo, una fortaleza elevada miles de metros por encima del mundo, sostenida en equilibrio sobre un altísimo pedestal.
En este contexto aparece Yeine, la protagonista y narradora en primera persona de «Los Cien Mil Reinos», que es convocada al Cielo para participar en el proceso de sucesión al trono de su déspota abuelo Dekarta, al que también optan dos candidatos más. Para sobrevivir y alcanzar la corona de los Cien Mil Reinos Yeine deberá demostrar que es una digna Arameri: cruel, despiadada y sin escrúpulos, con habilidades para la traición, la conspiración, el engaño y la mentira. Yeine deberá dejar atrás su primaria cultura darr del Alto Norte en la que fue educada y enfrentarse a sus dos rivales con sus mismas armas, para vencerles en su propio terreno de juego. Y superar también sus deseos y sus instintos más primarios que le despiertan los dioses esclavizados de la majestuosa ciudad del Cielo.
Pero en realidad Yeine no es más que un simple peón en un juego que la supera. Un peón de los dioses esclavizados que buscan su liberación, un peón del Padre Celestial que quiere prolongar su reinado y su castigo, un peón de su abuelo que busca la venganza contra la traición de su hija, un peón de sus primos Scimina y Relad que aspiran al trono y que buscan en Yeine al vehículo que les permita prevalecer y alcanzar el poder deseado. Un simple peón en un juego mortal.
Pero los peones de los tableros de ajedrez disponen de una habilidad que muchos suelen olvidar: pueden convertirse en reinas, las fichas más poderosas y temidas del juego.

La única protagonista de «Los Cien Mil Reinos» es Yeine de Darr, la joven hija de la heredera Arameri que vive, exiliada, en el bárbaro reino de Darr. Al morir su madre en extrañas circunstancias es convocada a la majestuosa ciudad del Cielo donde se verá empujada a una lucha con parientes que nunca supo que tenía por un trono que no desea, mezclada en un peligroso juego de intrigas del que desconoce todas las reglas, atrapada en una guerra eterna entre dioses cautivos, lejos del único hogar que ha conocido y enfrentada a una carrera contrarreloj para salvar su propia vida y la de su pueblo. En apariencia, como hemos comentado al principio, un simple peón al servicio de causas mayores pero que, ante las circunstancias adversas, se crece y decide tomar las riendas de su destino para reconducir los acontecimientos. ¿Quién asesinó a su madre? ¿Y por qué? ¿Cuáles son las razones que llevaron a Kinneth a abandonar el Cielo? ¿Qué secretos esconde Dekarta? ¿Y el afectuoso dios-niño Sieh? ¿Y su primo T’vril? ¿Y el ambiguo Viraine? ¿Cómo caer en los brazos del dios oscuro Naha sin caer en sus manos, sucumbir a su poder de seducción y morir? ¿Qué mentiras esconde la sangrienta historia de su familia Arameri? ¿Qué sucedió antes de la Guerra de los Dioses? ¿Qué se esconde en el interior de su propia alma, acurrucado en silencio? Sus preguntas necesitan una respuesta, y esa es una razón suficiente para luchar, buscar aliados, intrigar y prevalecer.
Junto a ella, en un mosaico de personajes secundarios que dan forma al relato y complementan el camino de Yeine hacia su inevitable destino, el cruel patriarca de los Arameri Dekarta, el hedonista Relad, la malvada Scimina, el ambiguo T’vril, el infantil y fiel Sieh, la tenebrosa Kurue, el dual dios oscuro Naha/Nahadoth o el poderoso Viraine. No hay nadie inocente. Nadie alberga un alma en paz. Todos tienen culpas que purgar, mentiras que esconder y secretos que desvelar. En «Los Cien Mil Reinos» no hay personajes que simbolicen la bondad ni el altruismo. Las víctimas son verdugos, y los verdugos son objetivos de la venganza. Pocos personajes, pero casi todos ellos esenciales para obtener las piezas que faltan en el complejo puzzle de secretos y mentiras que pueblan la historia de N.K. Jemisin.

«Los Cien Mil Reinos» es como una cebolla, con capas que esconden más capas. Quizás sea una metáfora burda, y hablar de una rosa y de sus pétalos de color sangre se ajustaría más al contexto, pero la exactitud del concepto de las capas puede ayudar a explicar lo que esconde el libro. Lo que al principio se asemeja bastante a una novela de fantasía con un trasfondo político, conspiraciones, intrigas palaciegas y maniobras cortesanas al estilo de «Juego de Tronos» de George R.R. Martin se transforma en algo muy  distinto a medida que pasan las páginas. El libro abre con un par de misterios, muchos secretos y dos asesinatos por desentrañar pero la trama de la novela avanza desde los misterios del palacio al drama familiar, y desde la lucha por la sucesión a las disputas entre los dioses, en un evidente «crescendo» narrativo.
Capas y más capas. N.K. Jemisin incluso se permite el lujo de introducir el romance, la pasión y el interés amoroso. ¿Un tropiezo? En ocasiones se acerca, peligrosamente, a las historias de romances apasionados con seres sobrenaturales de las novelas de Stephanie Meyer y sus imitaciones, pero son pinceladas. Prescindibles, pero suficientemente breves como para que no penalicen la obra en su conjunto. Y poco creíbles.
Más capas. La autora de «Los Cien Mil Reinos» es la psicóloga neoyorkina Nora K. Jemisin, activa políticamente y muy implicada en la defensa de los derechos de los afroamericanos y de las mujeres, que deja constancia de sus valores a lo largo de la novela. Su posición crítica con la situación de los dioses esclavizados por los crueles Arameri o la censura por la actitud de superioridad que esgrimen éstos sobre el resto de sociedades de los Cien Mil Reinos son evidentes y dejan traslucir la opinión de la autora sobre la esclavitud o el racismo.
Y aún más capas. La novela destila misticismo asiático por los cuatro costados, como una suave brisa apenas perceptible que sobrevuela toda la narración, y las influencias de la literatura tradicional oriental de fantasía son inconfundibles… aunque en ningún lugar se mencionen hechos, personajes, lugares o mitologías que puedan confirmar esta afirmación.

El libro, como es lógico, también tiene carencias y peca de defectos, propios de una opera prima. Por ejemplo, las descripciones del orden social y la organización de las sociedades del mundo que dirigen los Amaneri como los bárbaros darr o los hedonistas amn, que se esbozan de forma demasiado superficial y hubieran agradecido una visión más detallada. O la ausencia (injustificada) de un personaje tan trascendente como Dekarta Arameri, poseedor de las respuestas a la mayoría de los secretos que salpican la historia, en la mayor parte del relato. o la escasez de descripciones de lugares y escenarios, aunque la mayor parte del relato suceda en los elegantes salones acristalados del Cielo.

En conclusión, «Los Cien Mil Reinos» es una novela entretenida, planteada como un laberinto de espejos donde el lector se pierde y desorienta a menudo. Recomendable pero no esencial. Diferente pero no rompedora. Sugerente pero no cautivadora. Para los seguidores de galardones, nominada a los premios Hugo, Locus y Nébula. Y, aunque autoconclusiva, ya tiene publicada una continuación titulada «The Broken Kingdoms». Con la tercera entrega aún en proceso, «The Kingdom of Gods», dará por finalizada su trilogía titulada «The Inheritance Trilogy».

Los Cien Mil Reinos.
Autor: N.K. Jemisin (
www.nkjemisin.com)
Título Original: The Hundred Thousand Kingdoms
Traducción: Manuel Mata
Editorial: Minotauro
Colección: Fantasía
Fecha Publicación: Enero del 2011
ISBN: 978-84-450-7806-8
Formato: Rústica con solapas
Páginas: 346
Precio: 18,00 euros