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Aunque me ha parecido redonda, ésta no creo que sea la serie definitiva sobre ETA como se nos ha querido vender. De hecho conviene no verla pensando eso porque, salvo que hayas leído la también excelsa novela homónima de Fernando Aramburu en la que se basa, puede defraudarte el hecho de que sólo se cuente el impacto emocional de un asesinato en dos familias ¿Solo? Para mí no es poco porque describe con gran acierto y verosimilitud las consecuencias del conflicto vasco en la gente de a pie y te permite aprender en cabeza ajena, pero puede que haya quien piense que la serie queda coja porque no analiza entresijos políticos o no acude a hechos de calado histórico como si hace por ejemplo la también recomendable «La línea invisible» estrenada este mismo año. Ese no es el objetivo. Los ocho episodios de «Patria» son un lujo de recreación y descripción de ambientes y personajes y un alarde narrativo que juega con los tiempos y nos va contando la historia de las dos familias protagonistas yendo hacia atrás y hacia adelante en el tiempo afectando a veces por ello a la intensidad de lo que se nos va contando, cuyo desenlace va quedando paulatinamente postpuesto. Es ante todo un drama costumbrista, un relato que pretende impactarte desde un punto de vista emocional a través del desamparo, la incomprensión, la resignación o el dolor que sufren todos sus personajes y es que, a fin de cuentas, todos se ven afectados negativamente. Si eres ajeno a todo lo que pasó te ayuda a entenderlo y si no lo eres, quizás sirva como terapia para cicatrizar heridas abiertas. Me temo que aunque ha pasado el tiempo aún quedan heridas porque son tan profundas que ni el tiempo ha conseguido cerrarlas, aunque ya iría siendo hora de hacerlo y para lograrlo el final da una pista sobre cómo conseguirlo.