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La frase popular «Mejor solos que mal acompañados» es el título que los distribuidores en España eligieron para «Planes, trains and automobiles«, una comedia escrita, dirigida y producida por John Hughes, en una nueva demostración de su discutible creatividad. Con una mezcla de indignación, vergüenza ajena y estupor, descubrimos semana tras semana que los distribuidores de películas extranjeras en nuestro país traducen los títulos originales a su antojo, caprichosamente, sin mantener el más mínimo respeto al referente. Manel Fontdevila los caricaturizó magistralmente hace unos años.

Dicho ésto, llega el momento de reivindicar esta divertídisima película en la que un ejecutivo de publicidad que quiere llegar a Chicago a tiempo para pasar el dia de Accion De Gracias con su familia se tropieza con un vendedor de cortinas de baño, bocazas e insoportable, del que no podrá librarse durante un accidentado viaje en avión, en tren y en automóvil. Dicen que John Hughes se inspiró en una experiencia personal, cuando su vuelo de Nueva York a Chicago se desvió a Wichita, Kansas, y llegó a casa cinco días más tarde de lo previsto.

El dúo protagonista elegido para interpretar a Neal Page y Del Griffith, que reproducen la fórmula clásica del Gordo y el Flaco o de la Extraña Pareja y su relación de amor-odio, fueron dos cómicos muy populares en los EE.UU. durante los años ochenta que se formaron en la prolífica cantera del Saturday Night Live, como Steve Martin y el añorado John Candy. El primero asume el rol de un tipo estirado y aburrido de vida acomodada mientras que el segundo es el entrañable pero pesado comercial de clase trabajadora, y la historia nos lleva hasta el desenlace habitual de este tipo de comedias y de las ‘buddy movies‘, con moraleja: los extremos opuestos deben acercarse, hacer renuncias y cooperar para alcanzar el objetivo común.

La película, una comedia familiar muy suave, recibió la temida R en la clasificación por edades. ¿Porqué, os preguntaréis? Una escena en que Steve Martin pronuncia veinte veces la palabra «fuck» («joder») en menos de un minuto tuvo la culpa. Y unos censores norteamericanos al dictado de normas medievales, por supuesto.

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