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Los aficionados a la literatura fantástica a menudo ignoran que no todo empezó con J.R.R. Tolkien ni con «El Señor de los Anillos«, y que antes de la irrupción del maestro inglés muchos otros autores llevaban años explorando este género. Y aunque es cierto que fue J. R. R. Tolkien quién popularizaró y dió el empujón definitivo al género fantástico, no hay que olvidar a los escritores que anduvieron por este mismo sendero desde casi un siglo antes: Erik Rucker Eddison, James Blanch Cabell, Mary Shelley, Lewis Carroll, H. Rider Haggard, Charles Kingsley o Lord Dunsany, entre otros muchos.
«Los niños del agua» («The Water-Babies: A fairy tale for a land baby«) de Charles Kingsley, por ejemplo, es clásico olvidado de la literatura fantástica, publicado en el siglo XIX, dos años antes que la «Alicia en el País de las Maravillas» de Lewis Carroll y casi ochenta años antes que «El Señor de los Anillos» de J. R. R. Tolkien. Su autor fue el reverendo inglés Charles Kingsley, capellán de la Reina Victoria y tutor de su hijo y futuro rey Eduardo, escritor contemporáneo de Charles Dickens, William Tackeray, Wilkie Collins o las hermanas Charlotte, Emily y Anne Brontë, cuya prolífica obra incluye narrativa, poesía y ensayos sobre arte, religión, crítica social y filosofía, pero también los innumerables sermones religiosos que este ministro de la Iglesia Episcopal fue recopilando y publicando.
«Los niños del agua» nos contaba la historia de Tom, un deshollinador explotado cruelmente por su déspota amo Grimes, que cae por la chimenea de una casa de campo a donde ha ido a trabajar. El accidente provoca un enorme revuelo y cuando lo acusan de robar Tom huye hacia un hermoso lago en el que, aparentemente, se ahoga. Pero el chico no muere en sus aguas sinó que se transformará en un niño del agua, que deberá madurar con la ayuda de las hadas y las criaturas marinas del lugar hasta convertirse en un nuevo ser.
Esta obra se calificó como un simple relato infantil aunque Charles Kingsley la escribió para lectores adultos, cosa que se puede comprobar en el lenguaje utilizado, la profundidad del mensaje (se puede percibir una evidente defensa de la teoría de la evolución de las especies de Darwin), la extensión del texto y la elección del formato de la publicación (por entregas, en la revista mensual «Macmillan’s Magazine«). En 1863 se publicó el tomo recopilatorio en el que Kingsley se vió obligado a introducir algunos cambios para ajustar el relato al público infantil, y en 1889, con su autor ya fallecido quince años atrás, se publicó una edición especial ilustrada por Linley Sambourne con dibujos tan fantásticos, inquietantes y sorprendentes como el texto.
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Coincido con Noren. "Interestelar" y "La llegada" para mí son prácticamente insuperables. Pero bueno, que para gustos los colores.