Es un hecho que los residuos que producen las sociedades del siglo XXI han puesto en jaque la sostenibilidad del planeta, y que el desarrollo de la tecnología que ha implicado una mejora de nuestra calidad de vida también se ha convertido en una amenaza. Son los peligros de la basura electrónica, sobre los que el chino Chen Qiufan ha escrito en su, muy recomendable, «Marea tóxica«.

Mimi se ahoga en la basura del planeta.
Es una residual de la Isla de Silicio, lugar al que se envían a reciclar los teléfonos móviles, los portátiles, los robots y los miembros biónicos. Se acumulan en pilas enormes de residuos que contaminan cada centímetro de la tierra. La isla, situada cerca de la costa de China, es la tóxica necrópolis del capitalismo y la cultura de consumo.
Mimi y miles de trabajadores residuales migrantes como ella son atraídos a la Isla de Silicio con la promesa de conseguir seguridad laboral y una vida mejor. Son la sangre que corre por las venas de la economía de la isla, pero se hallan a merced de los poderosos.
Se avecina una tormenta avivada por las implacables bandas locales que se enfrentan por el poder. Los ecoterroristas están obcecados en acabar con el statu quo. Los inversores estadounidenses ansían más beneficios. Y un intérprete sinoestadounidense anhela reencontrarse con sus raíces. Estas fuerzas eclosionan y provocan una guerra entre los ricos y los pobres, entre la tradición y la ambición moderna, entre el pasado y el futuro de la humanidad.
Mimi y los que son como ella tendrán que decidir si se limitarán a contemplar la guerra como meros peones o cambiarán por completo las reglas del juego.

Las Naciones Unidas han calculado que se generan cerca de 50 millones de toneladas de desechos electrónicos al año. El vertiginoso desarrollo de la tecnología hace que nuestros teléfonos móviles, las tabletas electrónicas, los ebooks, las consolas de videojuegos, los portátiles,… se queden obsoletos muy rápidamente, y que los desechemos para que otros nuevos, más avanzados, ocupen su lugar. Metales pesados como el mercurio, el plomo, el cadmio, el cromo, el arsénico o el antimonio, y sustancias peligrosas como fósforo, clorofluorocarbonos, o hidrocarburos pueden hallarse en el interior de estos aparatos tecnológicos de electrónica compleja, todos ellos susceptibles de causar diversos daños para la salud y para el medio ambiente, y cuando finaliza su (corta) vida útil no van a parar a los puntos de recogida adecuados y terminan en los lugares más insospechados. También es cierto que estos desechos electrónicos contienen metales preciosos y componentes que pueden reciclarse y recuperarse y, de acabar en el lugar adecuado, en vez de resultar perjudiciales, podrían ser una fuente inestimable de riqueza. Según la Oficina de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), la industria electrónica genera cada año más de 40 millones de toneladas de RAEEs (Residuos de aparatos eléctricos y electrónicos), unos seis quilos por habitante,… y la cifra crece año tras año.

La Isla de Silicio de Chen Qiufan es ese «lugar insospechado» donde terminan los residuos tecnológicos de la sociedad occidental, un rincón del sudeste asiático frente a las costas chinas, ignorado y despreciado, donde se acumulan enormes montañas de aparatos electrónicos a la espera de ser desmantelados, con el fin de recuperar algunos componentes útiles, materiales valiosos, y descartar todo lo demás. Un gran vertedero que, lamentablemente, no es una ficción nacida de la imaginación del escritor chino sinó que es una triste realidad: hoy en día las naciones desarrolladas se desentienden de su basura tecnológica enviándola al Tercer Mundo. Por ejemplo, gran parte de la chatarra electrónica norteamericana se envía por mar a Asia, a países con legislaciones blandas y poco control medioambiental, donde hombres, mujeres ¡y niños! se dedican a separar los componentes para obtener unos gramos de cobre y plomo por una miseria de sueldo. En Europa tampoco nos libramos, aunque hay una normativa más estricta de reciclaje y gestión de residuos y un control más exhaustivo.

«Marea tóxica» («The waste tide«) es la opera prima del escritor chino Chen Qiufan, cuyo lugar de nacimiento, el pueblo de Guiyu, calificado por la ONU como una «desgracia medioambiental» y conocido como la capital mundial de la basura electrónica, le sirvió de inspiración para escribir esta obra en el año 2013. Esta localidad de la provincia suroriental de Guangdong es el infierno de la chatarra electrónica y la cuna del negocio del reciclaje no regulado: 1,6 millones de toneladas de desechos electrónicos llegan a Guiyu cada año, da empleo a casi un 80% de la población de la región y deja ingresos por valor de 3.700 millones de yuanes (unos 480 millones de euros). La Isla de Silicio es Guiyu, dónde la gente vive entre montañas de residuos y manipula todo tipo de componentes nocivos de forma manual, sin control, en pequeños almacenes, talleres, los patios de las casas, y las mínusculas habitaciones de los domicilios. Los estudios son devastadores: Guiyu sufre la mayor concentración de dioxinas cancerígenas del mundo, una de las tasas más altas de enfermedades respiratorias, y cifras elevadísimas de nacimientos con enfermedades congénitas, partos prematuros y abortos.
La novela de Che Qiufan, un thriller de ciencia-ficción que juguetea con el género cyberpunk, nos situa en un futuro cercano, aunque indefinido. Mimi es una trabajadora inmigrante de la Isla de Silicio, que junto a otros miles como ella a los que despectivamente se conoce como ‘residuales’, se dedica a reciclar componentes electrónicos de aparatos tecnológicos que llegan a la isla desde todos los vertederos del mundo. Todos los residuales llegan a la isla con la promesa de conseguir una vida mejor y un trabajo digno, pero la realidad es muy diferente, pues despojados de sus derechos y de su dignidad, quedan a merced del capitalismo y de los poderosos, de los explotadores sin escrúpulos que obtienen sus beneficios a costa de los más débiles e indefensos con ayuda de las implacables bandas locales, mafias que no tienen ningún interés en cambiar el statu quo. Eso mismo es lo que descubre Scott Brandle, representante de una empresa norteamericana interesada en invertir en la isla, y su intérprete Chen Kaizong, nativo de la isla, y se dan cuenta de que, si no cambia nada, las tensiones crecientes entre las clases dominantes y los trabajadores, entre ricos y pobres, entre la tradición y la modernidad, estallará la guerra y la Isla de Silicio se convertirá en un campo de batalla. Mimi y los que son como ella tendrán que decidir si contemplar la guerra como meros peones o enfrentarse a los clanes que gobiernan la isla y cambiar por completo las reglas del juego.

«Marea tóxica» es un toque de atención a nuestras consciencias. Como usuarios de productos tecnológicos tenemos una responsabilidad que no podemos eludir. Como ciudadanos de un planeta amenazado, aún más. La mayor parte de los componentes de los aparatos se pueden reciclar, pero muchas veces por el desconocimiento de las posibilidades que ofrece el reciclado acaban en vertederos o, como apunta la novela, se fomenta el comercio global de este tipo de desechos para trasladarlos hasta rincones insalubres de nuestro mundo donde reina la miseria y la desigualdad social. Exportar los e-residuos no es la solución.

Marea tóxica.
Autor: Chen Qiufan
Traductor: David Tejera Expósito
Fecha de publicación: Junio de 2019
ISBN: 9788417347512
Páginas: 416
Precio: 20,90 euros