«Esos días que desaparecen«, de Timothé Le Boucher, narra una de esas historias que te atrapan por su premisa y luego te golpean con una profundidad inesperada. Lo que parecía una curiosa anécdota con tintes fantásticos se convierte en una reflexión sobre la identidad, el paso del tiempo y la lucha interna que todos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas. Me quito el sombrero ante esta obra.
¿Qué harías si de repente te dieras cuenta de que sólo vives cada dos días? Esto es lo que le ocurre a Lubin Maréchal, un joven de unos veinte años que, sin tener el más mínimo recuerdo, se despierta cada mañana después de haber transcurrido un día entero. Luego descubre que durante estas ausencias, otra personalidad se apodera de su cuerpo. Otro él mismo con un carácter muy diferente al suyo, llevando una vida que nada tiene que ver con él. Para organizar esta convivencia corporal y temporal, Lubin decide comunicarse con su “otro”, a través de la cámara.
Pero poco a poco, el alter ego se apodera y posee el cuerpo de Lubin durante más tiempo, evaporándose poco a poco con el tiempo… ¿Quién sabe cuántos días le quedan de vida antes de desaparecer por completo?
Timothé Le Boucher es un autor joven pero con una voz propia y una narrativa que deja huella. Nacido en 1988, se ha ido consolidando como uno de los nombres más interesantes del panorama francés contemporáneo. Su estilo de dibujo, detallado y expresivo, recuerda a la animación, con personajes que transmiten emociones con una naturalidad envidiable. Su obra se mueve entre el thriller psicológico y lo fantástico, con un particular interés por la mente humana y sus recovecos. «Esos días que desaparecen» fue su gran carta de presentación, pero ha seguido explorando estos temas en trabajos posteriores como «Le Patient», que refuerzan su posición como narrador excepcional.
La historia sigue a Lubin, un joven despreocupado cuyo principal interés es vivir la vida y hacer acrobacias junto a sus amigos. Todo va bien hasta que de repente descubre que pierde la conciencia de su vida en días alternos. Al principio, parece un extraño trastorno del sueño, pero pronto se da cuenta de que hay algo más inquietante: otro «él» ocupa su lugar en los días que él no recuerda. Este otro Lubin es diferente, más calmado, más intelectual, con otras aspiraciones y personalidad. Lo que comienza como un misterio personal se convierte en una batalla interna entre dos versiones de una misma persona por el control de su propia existencia.
El desarrollo de la historia es magistral. La primera mitad del cómic juega con la confusión de Lubin y con la sorpresa del lector, que intenta comprender junto a él qué está ocurriendo. Pero la verdadera genialidad de Timothé Le Boucher llega cuando el relato toma un giro más filosófico y trágico: Lubin y su alter ego no pueden comunicarse directamente, solo pueden dejarse notas y pistas sobre su vida compartida. Así, el protagonista experimenta cómo su propia existencia se le escapa de las manos, como si cada día que vive fuera a costa de perder otro que nunca podrá recuperar. El resultado es una metáfora poderosa sobre el tiempo, el destino y la lucha interna entre nuestros deseos y nuestras responsabilidades.
Uno de los grandes aciertos de la obra es cómo representa visualmente esta dualidad. El dibujo de Timothé Le Boucher es elegante, con una gran atención a los detalles gestuales y a los cambios sutiles en la expresión de los personajes. El uso del color también juega un papel clave: las transiciones entre un Lubin y otro se sienten naturales pero evidencian sus diferencias de personalidad. Además, el ritmo narrativo está perfectamente medido, con momentos de calma que intensifican la angustia y otros de acción que reflejan la energía del protagonista.
Esos días que desaparecen no solo funciona como un thriller psicológico, sino que también invita a reflexionar sobre nuestra propia vida. ¿Cuántas veces sentimos que no estamos en control de nuestro destino? ¿Cuántas veces sentimos que una parte de nosotros quiere ir en una dirección mientras otra nos empuja en sentido contrario? Lubin encarna esa lucha interna llevada al extremo, y el lector no puede evitar sentirse identificado en distintos momentos de la historia. La sensación de pérdida de tiempo, de arrepentimiento por los caminos no tomados y de la imposibilidad de recuperar lo que ya se ha ido resuena con una fuerza universal. Hay que agradecer que el resto de personajes sean igual de interesantes que el protagonista.
La edición de Nuevo Nueve Ediciones es otro punto a destacar. La editorial se ha convertido en un referente del cómic europeo en España, y aquí hace un trabajo impecable encuadernado en cartoné. La calidad del papel y la impresión realzan el trazo y los colores de Timothé Le Boucher, permitiendo que la experiencia de lectura sea immersiva y placentera. No es la primera vez que esta obra llega a nuestro país tras su publicación en Francia en 2017, por parte de Glénat: en el año 2020 Dib·buks ya la trajo en una edición también notable con menos páginas, que ya reseñamos entonces, pero esta nueva versión permite que siga llegando a más lectores, consolidando su estatus de cómic imprescindible. Esta nueva edición incluye varias ilustraciones y diseños y una galería de personajes.
Recomendar «Esos días que desaparecen» es casi una obligación. Es una obra que sorprende por su premisa, pero que se queda en la memoria por todo lo que plantea y por la forma en que lo hace. Pocas novelas gráficas logran ser a la vez tan entretenidas y tan profundas, tan accesibles y tan demoledoras en su mensaje. Timothé Le Boucher nos entrega una historia que, como la propia vida, se nos escapa entre los dedos mientras intentamos comprenderla. Y quizás esa sea su mayor virtud: hacernos reflexionar sobre esos días que desaparecen, y sobre lo que hacemos con los que nos quedan. Ah, yo la leí sin saber nada del argumento y lo agradezco. ¡Sorpresón!
Esos días que desaparecen
Autor: Timothé Le Boucher
ISBN 978-84-19148-87-2
Formato: 19×27cm. Cartoné. Color
Páginas: 208
Precio: 30,00 euros











Me alegro que te haya gustado. A mí menos que cualquiera de las que he citado, pero no está mal