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Aún hoy nos sorprende que el olvido haya caído sobre «El último samurái«, y que ni en su momento fuese recibida con entusiasmo ni que, con el paso del tiempo, se haya hecho justicia a una película épica y muy entretenida, aunque fuese un vehículo al servicio de Tom Cruise. Es injusto. Nosotros seguiremos reivindicando este ‘chanbara‘, que es como se conoce al género cinematográfico japonés de samuráis y recomendando su visionado.

Dirigida por Edward Zwick y protagonizada por Tom Cruise, Ken Watanabe, Timothy Spall, Billy Connolly, Tony Goldwyn y Hiroyuki Sanada, «El último samurai» («The last samurai«) nos trasladaba a los albores del siglo XIX, en una época en la que los tradicionales guerreros nipones son una especie en extinción, y nos presentaba al capitán de la caballería Nathan Algren, un veterano de la Guerra de Secesión marcado por un turbio secreto que ha caído en una espiral autodestructiva. Su vida da un giro cuando el emperador de Japón, dispuesto a romper con la tradición de su nación y apostar por la modernidad de la que hace gala Occidente, contrata sus servicios para que prepare a un inexperto ejército con el que acabar con Katsumoto Moritsugu y sus seguidores, una estirpe de guerreros que se opone a sus objetivos. El día de la batalla contra el ejército de Katsumoto Algren cae malherido y es hecho prisionero. Los hombres contra los que debía lidiar, los samuráis, no solo le ayudarán: también le enseñarán a encontrarle un sentido a su existencia, llevándolo a luchar junto a ellos en su última resistencia contra el ejército imperial.

Como decíamos, «El último samurái» no fue bien recibida por la crítica, y aunque el público no le dió la espalda tampoco se puede decir que fuese un éxito. Una lástima, pues la ambientación del film, la era Meiji de Japón, una época en la que el archipiélago transitaba desde el antiguo feudalismo hacia la moderna, pero impersonal, sociedad occidental. Por lo menos obtuvo cuatro nominaciones a los Premios Oscar en las categorías de mejor actor de reparto (para Ken Watanabe), mejor diseño de producción (de Lilly Kilvert), mejor vestuario (de Ngila Dickson y Tomomi Nishimoto) y mejor sonido, aunque finalmente no ganó ninguna estatuilla dorada.

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