¿Que depravados demonios provocan sobre el ser humano esa fascinación por los rincones más oscuros del alma, por el morbo y la muerte? Es un hecho contrastado que no vivimos en el Paraíso, y que estamos más cerca del Infierno que del Purgatorio. Nuestro mundo es gris, con sus luces y sus sombras, y son las más tenebrosas las que siempre nos han provocado una atracción malsana. El sexo, la intimidad de los otros, la violencia, el sufrimiento o la muerte. En este contexto, y solamente en este contexto, es posible comprender la relevancia de un personaje como Jack el Destripador.
 
 
image1En una época de misterio y superstición, ¿cómo reaccionaría la gente de Gotham a una extraña criatura de la noche, un vigilante vestido de murciélago temido por los culpables y los inocentes por igual? Algunos vivirían aterrorizados. Otros descansarían más tranquilos. Solo un hombre podría no darse cuenta de nada… un hombre con otras cuestiones de las que preocuparse. ¿Su nombre? Nadie lo sabe a ciencia cierta. La mayoría de la gente lo conoce tan solo como Jack. Jack el Destripador.
 
Hace unos meses, el nombre de Jack el Destripador regresó a las portadas de los periódicos. En esta ocasión el retorno del asesino de Whitechapel a los titulares no tenía nada que ver con una oleada de asesinatos en las calles londinenses sino con unas recientes pruebas genéticas que habían permitido establecer la identidad real del misterioso asesino victoriano. A partir de un chal recogido en la escena del crimen que pertenecía a una de las víctimas, la segunda de la madrugada del domingo 30 de septiembre de 1888 Catherine Eddowes, las muestras de fluidos recogidas y la comparación con los familiares descendientes de los sospechosos, se llegó a la conclusión que el verdadero asesino que sumió en el terror las calles de Londres entre el 3 de abril de 1888 y el 13 de febrero de 1891 fue un peluquero de origen polaco llamado Aaron Kosminski, uno de los seis sospechosos que barajó Scotland Yard en su día. 
¿Se acabó así el mito? No, ni mucho menos. La leyenda seguirá sobrevolando al asesino, y para muchos Jack ‘the Ripper’ seguirá siendo el príncipe Alberto Víctor de Clarence, o el médico de la Reina Victoria William Gull (tal y como proponía la novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell “From Hell”), o el pintor impresionista Walter Sickert (como afirmaba Stephen Knight en su obra “Jack the Ripper: The Final Solution” de 1976). Que la verdad no acabe con la leyenda o, como dirían en el mundo del periodismo, nos dejes que la realidad te estropee una buena historia.
El cine, la literatura, las series de televisión y el cómic han aprovechado a menudo el personaje para construir sus propias historias, y cada una de ellas ha elucubrado sus propias teorías a conveniencia. Como en el cómic que analizamos hoy, “Batman. Gotham a luz de gas” (“Gotham by Gasligh”) de Brian Augustyn y Mike Mignola, que nos presenta una aventura con el Hombre Murciélago en el siglo XIX, en la Gotham industrial de finales de siglo, en la populosa ciudad de ahogada por el polvo negro del carbón, laberíntica y retorcida, con callejones minúsculos e inmundos, y donde un asesino despiadado podía cometer crímenes atroces sin que las autoridades del lugar pudiesen hacer nada por detenerlo. Es Batman, el personaje creado por Bob Kane y Bill Finger, el vigilante enmascarado de DC Comics que lucha contra el crimen, el caballero oscuro antagonista del Joker, del Pingüino, de Enigma, del Espantapájaros, de Bane y de Ras N’Ghul,… pero en otro momento, en otro lugar, en otro contexto. En Otro Mundo.
 
Siguiendo el esquema de los ‘What If…?’ de Marvel Comics, DC Comics dispone de ‘Elseworlds’, los Otrosmundos, un sello de la editorial que presenta historias que tienen lugar fuera de la continuidad general, en tiempos y lugares diferentes, creado específicamente para que los creadores pudieran utilizar a los personajes de DC en situaciones radicalmente distintas. A diferencia de su homólogo en Marvel, las historias de este sello de DC tienen lugar en continuidades completamente autónomas y desvinculadas de la raíz principal. Aquí podemos encontrar  “LJA: El Clavo” de Alan Davis en un mundo sin Superman, el “Kingdom Come” de Mark Waid y Alex Ross en un futuro que ningún héroe querría vivir, o el “Superman: Red Son” de Mark Millar, Dave Johnson y Kilian Plunkett con la nave espacial en la que viajaba el Hombre de Hierro aterrizando en una granja colectiva de Ucrania en lugar de Kansas. Y éste “Batman. Gotham a luz de gas”, que se considera la primera de todas las incursiones en los ‘Elseworlds’ y, tal y como lo definía nuestro compañero Vic, “no solo uno de los mejores, sino la piedra de toque para el resto“.
 
En esta historia escrita por Brian Augustyn, y dibujada por un Mike Mignola con un talento desbordante y su trazo particular e inimitable pero cinco años antes de deslumbrarnos a todos con su Hellboy, entintada por P. Craig Russell y coloreada por David Hornung, conoceremos a un Bruce Wayne del siglo XIX, el mismo huérfano traumatizado que vive aquí, al margen de la continuidad canónica de DC Comics y con la libertad creativa de los Elseworlds, en la ciudad de Gotham del año 1889, y que se enfrentará con su identidad de vengador enmascarado al despiadado carnicero de Whitechapel, el célebre Jack el Destripador, que vaga a sus anchas por las calles de la ciudad gótica.
La aventura empieza con el joven y acaudalado heredero Bruce Wayne regresando a su ciudad natal Gotham tras un largo periplo por Europa. Junto a él llega también a la ciudad el justiciero conocido como Batman, dispuesto a combatir el crimen y la delincuencia que asolan la ciudad, pero también un personaje siniestro y misterioso, un asesino conocido como Jack El Destripador que ya había dejado una sangrienta huella en las calles de Londres. Cuando el recién llegado Bruce Wayne sea acusado de cometer los crímenes que se han producido en las calles de Gotham, y sea señalado como el denostado ‘The Ripper’, será su alter-ego Batman, con la ayuda del fiel Alfred y del comisario Gordon, quién tendrá que intervenir para demostrar su inocencia y detener al auténtico asesino.
Y para redondear esta nueva edición del año 2014, que publicó en noviembre El Catálogo del Cómic tras rescatarla del extenso y variado catálogo de DC Comics, el volumen también incluye un extra inesperado, su aclamada secuela “El amo del futuro” (“Master of the Future”) de Brian Augustyn y Eduardo Barreto, donde el caballero oscuro se enfrenta con un visionario decidido a impedir, a bordo de su dirigible, que Gotham City entre en el siglo XX.
 
A día de hoy el misterio que rodea la identidad del escurridizo asesino que aterrorizó el barrio londinense de Whitechapel sigue sin desvelarse, y ni siquiera los datos aportados que señalan a Aaron Kosminski como responsable de los crímenes de Jack el Destripador podrán cerrar el caso, que seguirá siendo fuente de fábulas, leyendas e historias hasta el fin de los tiempos. ¡Por fortuna! Si los agentes de Scotland Yard hubiesen sido capaces de cumplir con su deber con eficacia y diligencia, y hubiesen apresado al asesino antes, durante o después de asesinar a las prostitutas en los callejones mugrientos de Londres, se hubiesen salvado unas pocas vidas pero el mundo del cine, de la literatura o del cómic hubiesen perdido una fuente inagotable de inspiración que ha dado luz a docenas de historias fantásticas, que ahondan en  los rincones más oscuros del alma, en ese morboso deseo que comentábamos al principio que tiene el ser humano por conocer los detalles más escabrosos y espeluznantes a los que se puede llegar a sumergir un hombre enfermo y perturbado. Un hombre como Jack, pero también como Batman.
 
Batman: Gotham a luz de gas.
Guión: Brian Augustyn
Dibujo: Mike Mignola 
Tinta: P. Craig Russell
Color: David Hornung
Formato: Rústica. Color.
Páginas: 120
Precio: 11,95 euros