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El cine español está etiquetado y estigmatizado, pero muchos de los que aseguran odiar este cine seguramente cambiarán de opinión si se les ofrece una selección de títulos ‘diferentes’. En esta lista no podría faltar ni “El verdugo“, ni “El milagro de P. Tinto“, ni “Chico & Rita“,… y, por supuesto, no hay lista de lo mejor y más esencial del cine de este país sin “Amanece que no es poco“, de José Luis Cuerda. ¿Y cómo explica uno que cuenta esta película? Surrealismo, berlanguismo, humor absurdo, incorrección que posiblemente hoy provocaría respuestas airadas de los sectores menos tolerantes de la sociedad, repleta de situaciones grotescas e inexplicables que no evitan hablar ni del sexo, ni de la religión, ni de la muerte, como una huerta donde crecen hombres en lugar de calabazas, un pueblo donde se eligen por votación al alcalde, al cura, al maestro, a la puta o a las adúlteras, y llueve arroz de Calasparra, los vecinos quieren que el alcalde comparta con ellos a la atractiva mujer que ha conquistado, y hay un cura que se da tanta maña con la liturgia que no hay fiel, salvo el negro Nge Ndomo, que quiera perderse el espectáculo de la misa diaria.

Hoy es un clásico, una película de culto, que reúne anualmente a seguidores de toda la península en las localidades albaceteñas de Molinicos, Ayna y Liétor donde se rodó la película (las Quedadas Amanecistas, las llaman), pero cuando se estrenó un viernes y trece del mes de enero de 1988, no tuvo mucho éxito. Poco más de 306.000 espectadores y unos 100 millones de pesetas de recaudación. Ni el reparto, coral y relumbrón, como los añorados Josep Sazatornil, Cassen y Luis Ciges, Antonio Resines, Enrique San Francisco, Pastora Vega, Chus Lampreave, Manuel Alexandre, Ovidi Montllor, María Isbert, Miguel Rellán o Fedra Llorente, sirvió para convencer al público.

La realidad es que poca gente la entendió.

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