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¿Culpable o inocente? Los juicios con jurado son habituales en el sistema legal anglosajón, y permite que los ciudadanos de a pié participen en la administración de justicia. No es una costumbre en nuestro país, aunque han estado presentes en el ordenamiento español desde 1808. Con la aprobación de la Ley de Jurado de 1995 volvieron a nuestra legislación, dando cumplimiento al artículo 125 de la Constitución Española de 1978. El cine detectó rápidamente que las historias sobre juicios y jurados eran un filón, y pronto se convirtieron en un género en sí mismas: «Testigo de cargo» (Billy Wilder, 1957), «Doce hombres sin piedad» (Sidney Lumet, 1957), «La costilla de Adán» (George Cukor, 1949), «Matar a un ruiseñor» (Robert Mulligan, 1962), «Anatomía de un asesinato» (Otto Preminger, 1959),… Este tipo de películas siguen funcionando perfectamente hoy en día.
Dirigida por Sidney Lumet, debutante que tenía solo 33 años y que adaptaba una obra de teatro escrita por Reginald Rose que él mismo había dirigido, protagonizada por Henry Fonda, Martin Balsam, Lee J. Cobb, Jack Warden, Ed Begley, Joseph Sweeney, George Voskovec, Robert Webber, Edward Binns, Jack Klugman, John Fiedler y EG Marshall, «Doce hombres sin piedad» («Twelve Angry Men«) nos presenta un jurado formado por doce hombres que tiene que decidir la inocencia o culpabilidad del presunto autor de un homicidio en primer grado. Un joven latinoamericano está acusado de haber matado a su padre y todas las pruebas y los testimonios de los testigos señalan hacia su culpabilidad. El jurado parece que está de acuerdo en votar por la culpabilidad del acusado, pero uno de sus miembros, el número 8, no está seguro de que sea culpable y quiere revisar el proceso en detalle, ya que si el chico es declarado culpable será conducido directamente a la silla eléctrica sin posibilidad de apelar. Después de un intenso debate y tras fuertes discusiones, sembrando la duda y poniendo en cuestión pruebas y testigos, los miembros del jurado irán cambiando de opinión y acordarán, finalmente, un veredicto unánime.
Clásico del séptimo arte, «Doce hombres sin piedad» es una película excepcional con un esquema muy teatral que pone encima de la mesa conceptos como el de la duda razonable. No importa si el acusado es realmente culpable o inocente, y la película no nos lo desvela, sino si hay pruebas irrefutables y suficientes para mandarlo a la silla eléctrica. La presunción de inocencia, siempre la presunción de inocencia por encima de todo. La cuestión es: doce hombres, con sus virtudes y sus defectos, con la subjetividad que atesora cada uno de ellos, sus ideas preconcebidas y sus valores, ¿pueden condenar por unanimidad a muerte a un joven que, presuntamente, ha asesinado a su padre? Las críticas tras su estreno fueron excelentes, pero los ingresos no fueron los esperados. Henry Fonda, que era productor del film, se quedó sin cobrar su sueldo como actor. Tampoco le fue bien en los Oscars: recibió tres nominaciones (mejor película, mejor director y mejor guion adaptado), y las tres estatuillas doradas se fueron con «El puente sobre el río Kwai«.
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Honestamente, yo también hubiese votado a la señora Polonia Castellanos como Gilipollas del año, pero de cada año, y sí,…