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Nadie va poder negar que es una de las comedias negras más estrambóticas  que ha dado a luz el cine español y tampoco se puede negar la valentía de guión, director y actores para adentrarse en terrenos tan poco correctos como el síndrome de diógenes, la pederastia o la falta de respeto con el prójimo (que además aquí es también con las mujeres en un momento en que se lucha con denuedo por todo lo contrario). También hay valentía en lo narrativo con ese relato que se despliega en tres partes pero con un peculiar juego de muñecas rusas y, como no, los actores están francamente bien dando vida a los distintos tipos que van apareciendo, más propios de un manicomio que de otra cosa. El caso es que todo eso que invita a hablar y debatir sobre esta película por cómo está hecha y concebida, a mí como espectador me descoloca pero me resulta insuficiente para disfrutarla y lo es porque el visionado se me atraganta y me provoca una digestión pesadísima. Eso sí, hay talento cinematográfico detrás y estoy convencido que esta película acabará siendo «de culto» como otras muchas en las que no importa tanto lo que cuenta sino el cómo lo cuenta. Consiguió 4 nominaciones en los Goya (dirección novel, guión adaptado, dirección artística y maquillaje y peluquería).