Satori Ediciones vuelve a sorprendernos con su último lanzamiento dentro de la línea de manga: «Ruri, la tatuadora«, una antología de historias de diversa temática realizadas por un mangaka que también fue tatuador e incluso kamikaze en el ejército. Por suerte sobrevivió y nos lanza estos relatos protagonizados, en su mayoría, por chicas malas tatuadas y criminales recibiendo su merecido.

Ruri, la tatuadoraLa mano experta de un maestro del tatuaje hace del cuerpo de tres hermanos una obra de arte, pero también un oscuro objeto de deseo; impulsada por el amor y la venganza, una mujer se enfrenta a una organización criminal y a los prejuicios contra su género; incluso en el vientre de una joven suicida, la vida se abre paso… Bonten Taro, con pericia de tatuador, penetra la piel desnuda de sus protagonistas para delinear su alma y su destino.

Hablar de «Ruri, la tatuadora» es abrir la puerta a un mundo donde el papel y la tinta se funden con la piel y la aguja. No es una metáfora gratuita: detrás de estas páginas está la mano de Bonten Taro, un artista que supo moverse entre el manga y el tatuaje como pocos, y cuya vida misma parece salida de uno de sus relatos. Nacido en Tokio en 1929 como Kiyomi Ishii, fue un adolescente que la guerra empujó a un destino terrible: a los quince años entró en una unidad de pilotos kamikaze. Sobrevivir a aquello fue ya un primer giro narrativo. Lo siguiente fue Kioto, donde estudió pintura y se formó como discípulo del maestro de kamishibai Kōji Kata. Allí nació también su fascinación por el tatuaje, ese arte que acabaría marcando toda su trayectoria y que impregna hasta el último trazo de los cómics que ahora recupera la editorial Satori.

Este volumen, «Ruri la tatuadora«, llega como una antología que reúne varias historias publicadas originalmente en los años setenta. Hay relatos de yakuza, de venganza, de pasión desbordada, de kappas y hasta de cadáveres infecciosos. Lo que une a todas es el pulso narrativo de Taro, ese modo de dibujar que se inscribe en la tradición del gekiga, la rama del manga que buscaba un realismo crudo, alejado de los trazos caricaturescos. Sus personajes parecen hechos de carne, sudor y cicatrices, y sus destinos están siempre a un paso de lo trágico.

La pieza que da título al libro es, claro, la más representativa. Ruri es una tatuadora, hija de Horigin, tatuador legendario, que convierte el cuerpo en lienzo y en condena, en belleza y en arma de deseo. El tatuaje no es aquí simple adorno: es marca de identidad, declaración de intenciones, y también herida. Bonten Taro sabía de lo que hablaba, porque no solo lo dibujaba, lo practicaba. Tras abandonar el manga en los años ochenta, abrió su propia escuela de tatuaje y se convirtió en una celebridad del gremio. Ese conocimiento técnico, esa obsesión estética, se cuela en cada viñeta de la historia «Ruri, la tatuadora«, compuesta de seis capítulos. No es difícil imaginarlo observando la piel como si fuera papel, buscando el trazo perfecto para grabar una historia en carne viva.

Resulta curioso que en este relato, y otros en los que aparecen «Chicas malas», el autor usa el comodín del tatuaje que sirve para ahuyentar a los gángsteres de medio pelo. Esos tatuajes llevan directamente a su portador a formar parte de una élite de yakuzas o a relacionarse con ellos. También entran en juego supersticiones como la leyenda de «Los tres paralizantes«, que son una serie de dibujos que se complementan dentro del mismo tatuaje pero que conducen a su portador a un destino fatal. Otro detalle curioso lo vemos en el personaje coleccionista de pieles tatuadas, tratado como un ser malvado que solo desea su pieza. No puedo dejar de pensar en el libro «Crónicas del tatuaje japonés» de Satori Ediciones, donde se habla de este espinoso asunto.

El volumen incluye además relatos como «La piel ardiente«, «Uno-shika-ochou«, «El niño de la tumba«, «Kappa«, «Escamas«, «Larvas» (estos cuatro con argumentos de horror,  temática muy diferente al resto), «El último justiciero» o «El tatuaje de Okei«. Son relatos breves o serializados donde aparecen criminales, prostitutas, criaturas del submundo y jóvenes desatadas. Historias, algunas de corte erótico, que podrían sonar a serie B japonesa de los setenta, con esa mezcla de sordidez y poesía que tanto inspiró al cine de explotación. De hecho, varias de sus obras sirvieron de base para películas, y no es casualidad: en sus guiones se respira un ritmo cinematográfico, con secuencias que casi parecen pensadas para el montaje en pantalla grande.

Lo interesante es que, en medio de ese universo de crimen y deseo, las mujeres no son solo víctimas o acompañantes, sino protagonistas con agencia, capaces de enfrentarse a organizaciones criminales o de empuñar la venganza como un arma propia. Esto lo emparenta con ciertas películas de culto como el clásico «Sympathy for Lady Vengeance» de Park Chan-wook, o incluso con thrillers occidentales donde la mujer se convierte en figura central de la violencia y la redención. Hay en Bonten Taro un interés por lo femenino que va más allá del simple erotismo: sus protagonistas cargan con contradicciones, heridas y decisiones que las hacen complejas, nada decorativas. Los elementos masculinos suelen tener un destina fatal en contraposición.

Visualmente, el manga sorprende por su variabilidad. Algunas páginas son más detallistas, con fondos trabajados y composiciones muy cuidadas; La historia principal que da título al tomo tiene más detalle, además de contar con páginas en bitono que le aportan un plus visual.  «Uno-shika-ochou» también tiene esa particularidad junto con «Larvas«, relato de horror. Otras apuestan por la rapidez del gesto, casi descuidada, como si la urgencia de la historia se impusiera al refinamiento gráfico, como por ejemplo «Escamas«. Eso puede desconcertar, pero también habla de la libertad de un autor que no se sometía a fórmulas. En todo caso, el trazo siempre busca subrayar lo dramático: miradas intensas, cuerpos tensos, atmósferas cargadas. El gekiga en estado puro.

Recordar que detrás de estas viñetas está alguien como Bonten Taro añade todavía más capas. Hablamos de un hombre que no se conformó con un solo camino: fue mangaka, tatuador, diseñador de moda, cantante y figura televisiva. Un artista underground en toda regla, cuya personalidad desbordante marcó a quienes lo conocieron. Murió en Okinawa en 2008, pero su legado sigue vivo gracias a recuperaciones como la de Satori Ediciones y otras editoriales europeas, con antologías como «Sex & Fury«. Ya era hora que se abriese la puerta a este autor singular, motivo de celebración. Desde aquí rogamos a la editorial que rescate más obras de este autor.

«Ruri la tatuadora», que se presenta en rústica con sobrecubierta a un tamaño de 150 x 210 mm y con una portada realmente atractiva, no es un tomo ligero, ni en sus temas ni en su atmósfera. Es un descenso a las sombras de la sociedad japonesa, al lado más turbio y fascinante del ser humano. Pero también es un viaje estético, un recordatorio de que el manga no es solo entretenimiento juvenil, sino un medio capaz de abordar la violencia, el deseo y la muerte con la seriedad de una novela o una película de autor. Para quienes no conozcan a Bonten Taro, este libro es una iniciación perfecta. Y para quienes ya sabían de su nombre, es una confirmación de que su obra merece salir de la penumbra y ocupar el lugar que le corresponde junto a los grandes del gekiga.

Ruri, la tatuadora
Autor: Bonten Taro
Colección Satori Manga
ISBN: 978-84-10404-08-3
Formato: 15x 21cm. Rústica con sobrecubierta
Páginas: 288
Precio: 21,00 euros