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Un título con poco tirón y un cartel “demodé”  no son los mejores cebos para el visionado de la que, en cambio, es una de las mejores películas europeas de la historia sin el menor género de dudas. En su apenas hora y media hace una descripción hipnótica de la casbah argelina de comienzos del siglo XX, con un tono casi onírico muy habitual en las producciones y decorados de la época, que te atrapa sin remisión gracias a ese relato de perdedores y maleantes en torno a la figura del gángster francés del título, un tipo sobredimensionado de forma casi legendaria por su fama al otro lado de la ley y que resulta elegante e irresistiblemente seductor tanto para el espectador como para las mujeres que le rodean. Aprovechando el relato policiaco-criminal y un cierto suspense (el de saber si logrará darse a la fuga con éxito de su peculiar cárcel de estrechas calles) Duvivier logra una narración fascinante, plagada de grandes escenas de diáologo, en la que también hay cabida para la fatalidad romántica como no puede faltar en cualquier título de cine negro. Una auténtica maravilla por la que no ha pasado el tiempo y que el cinéfilo disfrutará ampliamente.