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En el año 2004, tras el estreno de «El castillo ambulante«, se rumoreó que Hayao Miyazaki iba a abandonar las labores creativas en Studio Ghibli y a ocupar un lugar secundario en el desarrollo de las producciones animadas de la productora japonesa, un rumor que pareció cobrar fuerza con el estreno de la adaptación cinematográfica de «Cuentos de Terramar«, dirigida por su hijo, Gorō Miyazaki, y sin ninguna participación aparente del fundador del estudio de animación. Afortunadamente, el maestro cambió de opinión y continuó desarrollando su extraordinario talento creativo.

«Mi vecino Totoro» fue la cuarta película de Studio Ghibli y se estrenó en Japón en el año 1988. En Estados Unidos se estrenó en 1993, y en España la película se lanzó directamente en formato doméstico en el año 1996 y no se estrenó en salas de cine hasta 2009. Con el tiempo se convirtió en todo un éxito en todo el mundo, e incluso la revista británica «Time Out» la eligió como la mejor película de animación de la historia en una selección realizada por Terry Gilliam. El impacto de la película fue tan grande que Totoro se convirtió en la imagen permanente del estudio, y todas las películas de Studio Ghibli empiezan con una imagen del rostro del espíritu del bosque con rostro de gato.

La película, que ganó el premio Anime Grand Prix de Animage, el Mainichi Film Award y el Kinema Junpo Award en la categoría de mejor película, nos cuenta la historia de dos niñas, Satsuki y Mei, que se han trasladado al campo a vivir con su padre, mientras su madre se recupera de una grave enfermedad en el hospital de la región. En el bosque cercano a su nueva casa, las niñas descubren un mundo habitado por seres extraordinarios y espíritus de la naturaleza. Entre ellos se encuentra Totoro, una criatura misteriosa que se convertirá en su compañero de aventuras. Cuando Mei se pierde mientras intenta llegar al hospital para visitar a su madre, Satsuki recurre a Totoro para encontrarla.

A diferencia de películas posteriores de Miyazaki, más complejas y épicas, la propuesta de «Mi vecino Totoro» apuesta por la sencillez. La película convierte la infancia, la naturaleza y la imaginación en los grandes motores de una narración en la que lo cotidiano y lo extraordinario conviven con absoluta naturalidad. El bosque, la lluvia, el viento o una simple parada de autobús en mitad de ninguna parte adquieren una dimensión mágica gracias a la mirada de sus protagonistas.

La riqueza de «Mi vecino Totoro» reside también en su capacidad para abordar, con extraordinaria delicadeza, cuestiones como la familia, la enfermedad, el miedo y la incertidumbre. La ausencia de la madre de Satsuki y Mei está siempre presente en el relato, pero Hayao Miyazaki evita el dramatismo y convierte la imaginación de las niñas en su refugio. La música de Joe Hisaishi, los paisajes, los adorables personajes, la sensibilidad con la que se representa la vida cotidiana y la profunda conexión con la naturaleza contribuyen a crear una obra de extraordinaria belleza poética que no ha envejecido y que sigue funcionando perfectamente.

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