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Hay dos aspectos clave en “Earwig y la bruja” que convierten esta película de Studio Ghibli en una obra singular en la filmografía del estudio japonés. Por un lado su director, Goro Miyazki. El hijo. El heredero. Todo el mundo sabe que el director japonés Hayao Miyazaki y alma mater de Studio Ghibli es un genio, y que tanto “La Princesa Mononoke“, como “El castillo en el cielo“, “Porco Rosso“, “El Castillo Ambulante“, “El viaje de Chihiro” o “Mi Vecino Totoro” son joyas sin parangón del cine de animación tradicional. A día de hoy estamos esperando la nueva película del maestro en la que sabemos que anda trabajando, pero durante unos años llegamos a pensar que nunca más íbamos a disfrutar de su talento. Y es que en el año 2013, tras el estreno de “El viento se levanta“, se rumoreó que Hayao Miyazaki iba a abandonar las labores creativas en el Studio Ghibli y a ocupar un lugar secundario en el desarrollo de producciones animadas de la productora japonesa, un hecho que pareció ganar fuerza con el estreno de la adaptación cinematográfica de “Los Cuentos de Terramar” por parte de su hijo Goro, cuyo talento está a años luz del de su padre. Y es que Goro, lamentablemente, no es ni Hayao Miyazaki. Ni tampoco Isao Takahata o Toshio Suzuki. Ademñas la relación con su padre nunca fue muy buena, por no utilizar palabras más duras, aunque con el paso de los años parece que las aguas se han calmado en casa de los Miyazaki y Goro ha aceptado el reto e intenta ocupar el lugar de su padre… aunque siempre vivirá a su sombra.
Por otro lado “Earwig y la Bruja” es la primera película en CGI del aclamado estudio japonés, un estudio de animación caracterizado por la delicadeza de su dibujo tradicional, en 2D y a mano. El resultado es bastante satisfactorio, y respeta el espíritu de la animación de Studio Ghibli, detallista, colorista y dulce, cosa que no parece nada fácil. Es el momento de adaptarse a los nuevos tiempos.
De hecho, como ejemplo de los dos retos, las palabras de Hayao Miyazaki acerca del resultado de la película son reveladoras: “Creía que Goro no iba a estar a la altura, pero su espíritu de lucha logró superar mis expectativas, y creo que el resultado fue muy interesante.” No, ni su propio padre creía en Goro Miyazki, tal y como ya había pasado con “Cuentos de Terramar”, en la que su progenitor fue el crítico más duro. “Es bueno que haya hecho una película. Con esta, debería dejar de hacerlas“, llegó a decir.

Earwig y la Bruja” (“Aya to Majo“), basada en una novela de Diana Wynne Jones, que nos cuenta como Earwig, una niña de apenas diez años, tiene la habilidad de manipular a los demás para que todos hagan lo que quiera. Huérfana desde bebé, lleva una vida agradable y muy feliz en el orfanato de St. Morwald’s donde todos atienden a sus caprichos. Un buen día, un hombre y una mujer de aspecto extraño la adoptan y se la llevan a una casa enorme repleta de habitaciones invisibles, pociones y libros de hechizos, en la que hay magia en cada rincón. “Mi nombre es Bella Yaga. Soy una bruja“, le dice su nueva madrastra a Earwig. “Te he traído a mi casa porque quiero que seas mi ayudante“. Por su parte, el hombre extraño solo aparece para almorzar. Está siempre de mal humor y tiene la costumbre de decir “No me molestéis“. Por primera vez en su vida, Earwig se topará con unas personas que no se rinden ante sus deseos, pero a partir de entonces vivirá una serie de aventuras que harán que descubra, con algo de ayuda de un gato parlanchín, el enorme potencial que siempre ha guardado en su interior.

Es evidente que “Earwig y la Bruja” no es la mejor película de Studio Ghibli pero es una demostración que el vilipendiado hijo de Hayao Miyazaki ha heredado algo del talento de su padre y merece crédito. Pese a sus imperfecciones, y al final abrupto, pese a la falta de explicaciones claras sobre muchas de las cosas que suceden, la película del hijo del maestro nos ofrece un plato sabroso hecho con los ingredientes de la receta tradicional de Studio Ghibli. Sí, la magia está ahí.

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