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Durante la II Guerra Mundial la impenetrable fortaleza de la isla de Navarone, equipada con dos gigantescos cañones, aseguraba a los alemanes el control del mar Egeo. El clásico del cine bélico y de aventuras «Los cañones de Navarone» («The guns of Navarone«) de J. Lee Thompson, protagonizado por Gregory Peck, Anthony Quayle, Irene Papas, Stanley Baker, David Niven y Anthony Quinn, nos contaba las peripecias de un pequeño comando aliado que se proponía destruir este inexpugnable nido de águilas si los aliados querían tener alguna posibilidad de decantar el conflicto a su favor.

Basada en la novela homónima de Alistair MacLean de 1957, dirigida con profesionalidad pero sin brillantez por J. Lee Thompson, «Los cañones de Navarone» fue todo un éxito en su momento, allá por los años sesenta, galardonada con el Óscar a los mejores efectos visuales y nominada a siete premios, incluyendo mejor película y mejor dirección. Quizás demasiado para lo que ofrecía la película, que era una obra entretenida con un reparto de lujo, unos espectaculares efectos especiales para la época y una buena banda sonora, pero en ningún caso merecedora de la estatuilla dorada a la mejor película del año (que se llevó «West Side Story«). Dio pie a una tardía y mediocre secuela, «Fuerza 10 de Navarone» en 1978, que fue un fracaso de taquilla y en la que no participó ninguno de los actores implicados en ésta… pero que contó con un jovencísimo Harrison Ford en uno de sus primeros papeles.

Muchos críticos creyeron ver en «Los cañones de Navarone» un mensaje contra la guerra y los conflictos armados, y de hecho dos de sus protagonistas, Gregory Peck y Stanley Baker, reconocieron que aceptaron participar en el filme debido a su carácter antibélico, pero parece que el público no llegó a captar el tono y no supieron ver más allá del entretenimiento y la espectacularidad de una película bélica de corte clásico.

Hay que señalar que la isla de Navarone no existe. Es tan imaginaria como la Tierra Media. La isla real de la película es una mezcla entre las islas de Rodas, Gozo, cerca de Malta, Tino, en el Mar de Liguria, y Leros, en el archipiélago del Dodecaneso, que cuenta con uno de los mejores puertos naturales del Egeo, y para los interiores se utilizaron los estudios británicos de Shepperton y Elstree. Sí que es cierto que en la isla de Leros se produjo una importante batalla de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1943, y es posible que sirviese de inspiración al autor de la novela, Alistair MacLean.

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