Ochenta años (con suerte, toda una vida) han pasado desde el final de la Guerra Civil Española (1936-1939) y todavía no han cicatrizado sus heridas. Esta obra colectiva viene a sumarse a los más de 50.000 trabajos publicados sobre uno de los conflictos más estudiados (y viscerales) del siglo XX.

La Guerra Civil Española, 80 años después. Un conflicto internacional y una fractura cultural
Varios autores
Colección:  Ciencia Política>Semilla y Surco
Páginas: 584
Publicación:  1ª ed., 2019.
Precio:   25,00€
I.S.B.N.: 978-84-309-7609-6
Código:   1201188
Formato:   Estándar

¿Podremos un día los españoles hablar y escribir sobre la guerra civil como lo hacemos con la guerra de Independencia o de las guerras carlistas sin implicarnos en uno de los bandos enfrentados como si nos fuera la vida o el honor en ello? ¿Cuántos años más tendrían que transcurrir para que deje de hervirnos la sangre sin poner encima de la mesa a nuestros padres y abuelos asesinados por «los rojos» o por «los fascistas» sin más fin que reforzar nuestra propia posición? ¿Cien, doscientos…? A ochenta años de su final, es lícito el esfuerzo conjunto de todos por intentar fijarla historiográficamente sin que al hacerlo, aún discutiendo sus diversas interpretaciones, tengamos que poner de manifiesto una ancestral furia cainita. Aquella guerra fue el prólogo de la más grande hecatombe padecida por la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, las conclusiones y enseñanzas del estudio de la guerra civil, distan de ser coincidentes. Para los autores de este estudio sin la rápida internacionalización del conflicto la Guerra de España no habría sido posible. Un espanto que ha marcado a fuego nuestra memoria histórica y también la del mundo entero como lo pone de manifiesto la inmensa bibliografía que aún se genera al respecto. Con este estudio dirigido al público más amplio posible aspiramos modestamente a engrandecerla.

Qué la Guerra Civil sigue desatando pasiones no se le escapa a nadie. Un conflicto que destapó todas los odios seculares acallados en uno y otro extremo de la sociedad española, exacerbado a raíz de la deriva ideológica del período de entreguerras, supuso el preludio del momento más oscuro de la historia. La brutalidad y asepsia que aplicaron los vencedores y la humillación y el exilio que sufrieron los perdedores no ha permitido cerrar “las batallitas del abuelo”. Esto nos lleva a que no sólo la historiografía continúe amamantándose del fratricidio, también la clase política, la sociedad civil y la literatura del siglo XXI mantienen las reminiscencias de aquellos aciagos días.

Es difícil hablar de la Guerra Civil de forma objetiva, nuestra familia, educación y experiencia vital nos hace “simpatizantes” de uno u otro bando. Aunque ciertos datos son innegables:

“Hasta ahora, nuestros estudios de la matanza fundacional del Estado franquista (golpe militar-guerra-dictadura) se han presentado casi siempre en claves demasiados domésticas, alejadas del contexto europeo, en cuanto a la mentalidad de violencia radical creciente se refiere. Nada de cuanto se escriba sobre el origen, desarrollo y consumación del franquismo puedes hacerse atinadamente sin el contexto europeo. Además, se ha abusado entre nosotros de una especie de obsesión paritaria entre las violencias ocurridas en una y en otra zona. A menudo nos hemos limitado a escribir sobre “lo que hicieron unos y lo que hicieron otros”. Pero esta mezcolanza solo puede llevarnos a aberraciones sobre la verdad histórica, porque las violencias de una y otra zona son diferentes. Solo insisto en esta adjetivación: diferentes, sin ningún juicio de valor añadido. La violencia franquista (en todo el país exhaustiva, polivalente y programada por autoridades para cuarenta años) y la violencia revolucionaria (en cuatro o cinco meses de 1936, en algunos lugares de la zona republicana, improvisada y no programada) fueron dos violencias absolutamente heterogéneas, no asimilables, no paritarias. Para poder atinar en el meollo y razón de ser de la violencia franquista, este estudio ha de ser separado y diferenciado, necesariamente, de lo ocurrido en la otra zona. De lo contrario, tal estudio del franquismo no será posible, embarrado en la falacia del “y tu más”, que es la verborrea demagógica, desde 1936 hasta hoy, entre los tardofranquistas sempiternos, que hoy son legión. Por tanto, siempre ha de estar atenta la mirada al contexto europeo, con sus fascismos emergentes. Y segundo, hay que deslindar la violencia franquista de lo ocurrido en zona republicana (que debe ser estudiada independientemente), para poder llegar a su esencia y razón de ser.”

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 La presente obra colectiva se estructura en veinticuatro capítulos, cada uno confeccionado por un reconocido especialista, agrupados en siete epígrafes y un epílogo: Holocausto, genocidio y masacre; Los dos grandes antagonistas de la Guerra Civil: Franco y Negrín; La Guerra Civil, guerra internacional; Las grandes batallas de la Guerra Civil; La Guerra Civil en la literatura; Los nacionalismos periféricos en la Guerra Civil; La mujer en la Guerra Civil; y el epílogo: Reflexiones sobre una derrota y una victoria históricas.

Aunque de todos los trabajos reunidos en este libro pueden extraerse reflexiones e interpretaciones de peso, me han resultado especialmente interesantes las páginas dedicadas al presidente Negrín, figura vilipendiada desde todos los ángulos del espectro político a lo largo de los años, cuando en realidad era la mente más lúcida e implicada de la causa republicana.

También merece destacarse la sección que trata de la literatura en la Guerra Civil. Muchos de mis escritores favoritos sufrieron o se implicaron en la guerra de España de una u otra manera, marcando su vida y su obra: Miguel Hernández, Ramón J. Sender, Max Aub, Fernando Fernán Gómez, John Dos Passos, George Orwell…

Otro tema que no puedo dejar de recalcar, y que en el presente libro ocupa un par de capítulos, es el papel de la mujer en la contienda y en las dos zonas antagónicas resultantes. De sobras conocidas son las diferencias que vivieron las mujeres en función de a que lado del frente estuvieran a partir de aquel largo verano sin bicicletas de 1936. De una parte los militares, la falange, los tradicionalista y la iglesia arrinconaron a la mujer a la sumisión total al hombre, otorgándole una vejatoria ciudadanía de segunda clase durante las décadas posteriores; por otra, tenemos la imagen idílica de las milicianas, las políticas e intelectuales republicanas y las trabajadoras de las industrias de guerra que ayudaron a parar el golpe militar y lucharon contra el fascismo en el frente o la retaguardia. Pero no todo es tan sencillo como parece, en ambos bandos hubo mujeres fuertes, decididas y maltratadas. El machismo era una costumbre firmemente arraigada en los años 30, de la que no se salvó nadie. Ejemplo de ello es la retirada del frente de las milicianas por la creencia de que “la guerra es cosa de hombres” y su posterior exclusión del Ejercito Popular Republicano, a pesar de haber sido decisivas en el fracaso del alzamiento faccioso. Algunas bravas y muy válidas mujeres consiguieron mantenerse en el ejercito, incluso entre la oficialidad, aunque debieron masculinizar sus nombre: Julia Manzanal siguió cobrando su nómina como Julio hasta el final de la contienda.

Nuestra historia tiene mucho que ver en como somos ahora en el siglo XXI, mientras no haya una aceptación por todos de los hechos consumados en el sangriento siglo XX, no habrá una verdadera reconciliación en la dividida sociedad española. Necesitamos la recuperación de la memoria histórica de todas la victimas. No podemos permitir que nuestros más altos dignatarios se jacten del “0 patatero”, independientemente de nuestra ideología debemos ser dignos, respetuosos y honestos; quizás para algunos sea demasiado pedir.