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Una de las películas de ciencia-ficción más singulares de los años ochenta fue “Enemigo mío“, aunque fue todo un fracaso. Un fracaso anunciado, pues el director elegido inicialmente, Richard Loncraine, fue despedido cuando ya llevaba casi diez millones de dólares gastados y mucho material filmado. En su lugar eligieron al alemán Wolfgang Petersen, que venía de triunfar con sendas producciones europeas que fueron un éxito en el mundo entero: “Das Boot” y “La historia interminable“, pero llegó algo tarde para enmendar lo que ya iba en bajada y sin frenos: el presupuesto final acabó doblando el estimado (30 millones de dólares) y recaudó la mitad (12 millones de dólares). Por suerte para la carrera de Wolfang Petersen, el director fue eximido de culpa y con el paso de los años “Enemigo mío” se ha convertido en un pequeño título de culto entre los amantes del género.

Enemigo mío” (“Enemy mine“) es la adaptación cinematográfica de la novela corta homónima de Barry Longyear, publicada en la revista “Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine” y ganadora de los premios Hugo, Nebula y Locus en el año 1980, que nos contaba como, en mitad de una guerra galáctica, dos seres pertenecientes a razas que se odian a muerte, se encuentran accidentalmente abandonados en un planeta que les es hostil, con depredadores que acechan bajo el suelo, violentas tormentas o lluvias de meteoritos. Uno de ellos es Willis Davidge, un ser humano (Dennis Quaid), y el otro es un alienígena reptiliano del planeta Dracon (Louis Gossett Jr., bajo varias capas de maquillaje), y ambos se odian a causa del conflicto interestelar que enfrenta a ambas razas. En el transcurso de su inevitable convivencia, el rechazo inicial da paso a una estrecha colaboración entre ambos para alcanzar la supervivencia.

La historia que nos propone “Enemigo mío” no es novedosa para nada. Sin ir más lejos, apenas veinte años antes, “Infierno en el Pacífico” de John Boorman, con Lee Marvin y Toshiro Mifune, nos presentó a un soldado americano y un soldado japonés obligados a convivir en una isla desierta durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto una como otra película contienen un evidente mensaje antibélico que, en los tiempos que corren, es bueno reivindicar.

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