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El cine del maestro japonés Hayao Miyazaki ha trascendido el tiempo y el espacio, y su obra, desde «Porco Rosso» hasta la más reciente «El chico y la garza«, pasando por «Mi vecino Totoro» o «La princesa Mononoke«, entre otras, ha quedado grabada en el imaginario colectivo. Sin embargo, «El viaje de Chihiro» merece un capítulo aparte.
«El viaje de Chihiro» («Sen to Chihiro no kamikakushi«), película de animación ganadora del Premio Óscar y del Oso de Oro del Festival Internacional de Cine de Berlín, compartido (ex aequo) con «Bloody Sunday», de Paul Greengrass, es una de las películas más aclamadas de la historia del cine, y también una de las más complejas y profundas. Sus múltiples interpretaciones; la riqueza de la cultura y la mitología japonesas que subyace en cada uno de sus planos y escenas; el desconocimiento, por parte de buena parte del público occidental, de la lengua japonesa y de los sinogramas (los kanji); la música embriagadora del compositor japonés Joe Hisaishi; los paisajes oníricos; la gastronomía tradicional japonesa; y unos personajes muy alejados de los arquetipos occidentales contribuyen a convertirla en una obra de extraordinaria riqueza simbólica. Aun así, resulta deslumbrante, poética e hipnótica para espectadores de todo el mundo.
«El viaje de Chihiro» narra la historia de Chihiro, una niña de diez años, caprichosa y asustadiza, que se muda con sus padres a una nueva ciudad. Durante el traslado, la familia atraviesa por error un túnel que conduce a un mundo mágico gobernado por espíritus y dioses. Cuando sus padres son transformados en cerdos, Chihiro debe trabajar en una casa de baños termales dirigida por la bruja Yubaba para sobrevivir, recuperar su nombre robado y salvar a su familia.
Hay mil cosas que contar sobre «El viaje de Chihiro«, pero no disponemos de suficiente espacio: desde los torii hasta el menú que compone el banquete de los padres de Chihiro (la comida desempeña un papel fundamental en la película); las referencias arquitectónicas de la casa de baños de Yubaba; la inspiración de Miyazaki para dar forma a divinidades como Sin Cara; la similitud entre los susuwatari de «El viaje de Chihiro» y los de «Mi vecino Totoro«; las flores de los jardines; el onírico viaje en tren a través del pantano, la máscara del Dios del Río o la leyenda del monte Horai como inspiración para el mundo de los espíritus.
Sin olvidar las similitudes con el clásico «Alicia en el País de las Maravillas«, de Lewis Carroll. Porque la historia de la película comienza mucho antes. Cuando Hayao Miyazaki, exhausto tras el titánico esfuerzo que supuso «La princesa Mononoke«, estaba decidido a retirarse durante una temporada, conoció a la hija de diez años de un amigo. Aquel encuentro encendió la chispa creativa que daría origen a la película, del mismo modo que el encuentro entre el reverendo Charles L. Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, y Alice Liddell inspiró su inolvidable novela.
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Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja