Tres razones me arrastraron hasta “El océano al final del camino” de manera irrefrenable. Uno, su autor, un Neil Gaiman cuya imaginación y prosa elegante me tienen cautivado desde hace muchos años. Dos, el Premio Locus a la mejor novela de fantasía, el National Book Award a Libro del Año en Gran Bretaña y las nominaciones al Nebula o el World Fantasy Award, que constataban el reconocimiento unánime a su última novela. Tres, una historia llena de magia y misterio, niños y monstruos caseros, con ese barniz oscuro que solamente Gaiman sabe aplicar. Tres razones. Me sobraban dos para abalanzarme sobre el libro.
image1Hace cuarenta años, cuando nuestro narrador contaba apenas siete, el hombre que alquilaba la habitación sobrante en la casa familiar se suicidó dentro del coche de su padre, un acontecimiento que provocó que antiguos poderes dormidos cobraran vida y que criaturas de más allá de este mundo se liberaran. El horror, la amenaza, se congregan a partir de entonces para destruir a la familia del protagonista.
Su única defensa la constituirán las tres mujeres que viven en la granja desvencijada al final del camino. La más joven de ellas, Lettie, afirma que el estanque es, en realidad, un océano. La mayor dice que recuerda el Big Bang. 
No vamos a descubrir hoy aquí a Neil Gaiman. Y si es necesario revelar en esta reseña la extensa carrera literaria del escritor de Portchester, los numerosos premios que lucen en la repisa sobre la chimenea de su casa victoriana en Wisconsin, las adaptaciones cinematográficas de varios de sus relatos, su capacidad creativa independientemente del género ejemplificada en relatos, cómic, obras teatrales, ensayos, novelas de ciencia-ficción y fantasía, o su inmenso y galardonado trabajo en el cómic “The Sandman”,… recomendamos al lector que detenga sus ojos en este punto, minimice ViaNews, y se acerque hasta la Wikipedia o Google para abarcar la dimensión real de un creador en mayúsculas, injustamente desconocido por el gran público.
“El océano al final del camino” (“The ocean at the end of the lane”) es una novela breve, tanto por su extensión (240 páginas en la edición en castellano de Roca Editorial, però con un tipo de letra más grande del habitual) como por la rápidez con la que el lector va pasando las páginas, cautivo de la prosa sencilla de Gaiman y devorando con fruición el contenido. Parte del secreto del secreto del éxito de “El océano al final del camino” está justamente en esta sencillez en la escritura, desnuda de adjetivos supérfluos y de descripciones larguísimas que entorpecen la lectura, y en la facilidad con la que el lector navega por el relato. En mi caso, desde la primera página hasta la última, en un suspiro. Pero eso es Gaiman, uno de los grandes maestros de la ficción especulativa moderna, un escritor que sabe perfectamente cuando debe ahorrarse un adjetivo y un adverbio, para acelerar el ritmo de la lectura en paralelo a la velocidad de los acontecimientos que nos narra, y que demuestra como con cuatro palabras bien ubicadas puede describir con detalle una casa de campo aislada en la campiña inglesa, y el banco de madera pintada de verde junto al estanque en la parte de atrás. La correctísima traducción de Mónica Faerna al castellano de la primera novela para adultos de Gaiman desde “Anansi Boys”, por cierto, también ayuda a ello.
Con “El océano al final del camino” viajaremos hasta la Inglaterra más rural, los campos de Sussex donde el protagonista regresa tras muchos años de ausencia, para asistir a un funeral. Deambulando por los paisajes de su infancia, por los caminos de su niñez, el coche lleva a nuestro narrador sin nombre hasta la casa familiar, que ya no existe y ha dejado su lugar a construcciones anónimas, y un poco más allá, hasta a la desvencijada granja de las Hempstock. Al final del camino. Junto a la casa, tal y cómo lo recordaba, el estanque. El océano de Lettie. Y todos los recuerdos.
A partir de este punto, la historia que nos cuenta Gaiman altera la secuencia cronológica de los acontecimientos y se convierte en una analepsis a la infancia del protagonista, cuando con siete años de edad era un niño solitario y algo triste que, a raíz de la muerte de un inquilino que se hospedaba temporalmente en su propia casa, conoció a su vecina Lettie Hempstock, una niña algo rara de once años que afirmaba que el estanque de los patos de su granja era un océano, que los campos alrededor de su granja escondían pulgas y alimañas, que su abuela había visto nacer a la Luna y, sobretodo, que cuando se sumergieran por los senderos del bosque, no le soltara jamás la mano.
El suicidio del viajante marca el inicio de los oscuros acontecimientos que sacudirán la infancia del protagonista, pues un antiguo poder dormido cobrará vida y se escabullirá hasta nuestro mundo para intentar dominarlo y corromperlo desde dentro, empezando por la familia del protagonista en forma de la niñera Ursula Monkton. Por fortuna, para el narrador y para los habitantes de nuestro universo, las tres habitantes de la granja Hempstock, abuela, madre e hija, son mucho más de lo que parecen y su poder será básico para hacer frente a la amenaza.
Esta fábula de Neil Gaiman es puro Gaiman, tan inquietante como en “Coraline” y quizás menos endulzado que en “Stardust”, con un niño enfrentado a un mundo hecho a medida de los adultos, la importancia de la familia como unidad sólida y refugio ante las adversidades, una ambientación rural pero con sombras y secretos ocultos detrás de las esquinas, y monstruos cercanos y domésticos, pero aterradores. Y es que la mayoría de los libros y relatos de Gaiman suelen contruirse sobre la misma estructura básica, una fórmula magistral que domina y repite: un personaje inocente del mundo de la gente común que encuentra el sendero hasta un mundo oscuro y paralelo a través de un umbral mágico y escondido.
De hecho podemos reconocer con tanta fidelidad el estilo del autor en las páginas de la novela porqué, en cierta forma, es una obra autobiográfica. Neil Gaiman asegura que empezó a escribir esta novela para su segunda esposa, la estrella de rock Amanda Palmer, cuando ella estaba de gira por Australia. Iba a ser un cuento corto, donde el autor incorporaría datos de su pasado, pero el relato se le fue de las manos y se convirtió en la novela más personal de Gaiman hasta la fecha, donde proyecta todos los recuerdos y los terrores de su infancia. De hecho, en los agradecimientos con los que cierra el libro, reconoce abiertamente que recogió abundantes recuerdos de su propia infancia y que algunos de los que le propuso su hermana le llegaron demasiado tarde para incorporarlos al relato.
Pero además del estilo de Gaiman, en el inquietante guiso de “El océano al final del camino” se perciben también otros aromas. Por ejemplo, la obra de Maurice Sendak y sus monstruos a quién el autor dedica su cita introductoria (“Recuerdo con claridad mi propia infancia… Sabía cosas terribles. Pero sabía que no debía permitir que los adultos supieran que lo sabía. Los habría asustado”) y la mitología keltoi que ya había utilizado en otros relatos. En este caso estamos hablando de la Triple Diosa o la tríada, doncella, madre y viuda, diosas que aparecen en grupos de tres en una serie de mitologías europeas paganas como la Morrigan de los Tuatha Dé Danann, la Diosa de la neopagana Wicca, las Furias de los romanos, las Moiras griegas, las Nornas nórdicas o Brigit y sus dos hermanas.
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La pregunta que surge a continuación es obvia. ¿”El océano al final del camino” es una obra para adultos o para niños? Ni una cosa ni la otra. O ambas a la vez, quizás. El protagonista de este cuento de hadas es un niño asustado que se ha visto involucrado en asuntos que superan su comprensión, y el autor no ahorra detalles para demostrar lo espeluznante que puede llegar a ser para un niño de nueve años verse arrastrado a un bosque oscuro habitado por seres de otro mundo, que su propio padre intente ahogarle en una bañera llena de agua fría, o que unos antinaturales pájaros negros de dientes afilados intenten arrancarle el corazón a picotazos. Por suerte, el final feliz es habitual en la obra de Gaiman. Feliz, o simplemente liberador. En todas las fantasías de Gaiman, por más oscuro y terrible que sea a lo que se tiene que enfrentar, el protagonista escapa, o encuentra las herramientas para hacerlo. De todas maneras, si queremos despejar las dudas, quizás el mismo Gaiman pueda ayudarnos: “No es un libro infantil, pero algunos lectores jóvenes pueden pensar que es para ellos”. Pues eso.
En conclusión, este “El océano al final del camino” es un cuento de hadas evocativo y hermoso donde el escritor británico Neil Gaiman demuestra, una vez más, su sensibilidad para explorar el recuerdo y la infancia. De forma conmovedora sabe llegar hasta esos mecanismos internos de la memoria que los adultos solemos esconder bien adentro, al fondo y en un rincón, y que activan la nostalgia que nos hace sonreir y llorar. Si a eso le sumamos una lectura amena y rápida, un ritmo ágil y una historia sin complicaciones, podemos afirmar que “El océano al final del camino” es una obra altamente recomendable, entretenida, que encandilará al lector adulto con esos elementos tan habituales del universo Gaiman como las leyendas antiguas, su cosmología singular y la reinterpretación del folklore británico. No, no es su mejor trabajo, pero cualquier libro de Neil Gaiman es siempre un buen libro.
El océano al final del camino.
Autor: Neil Gaiman
Título original: The ocean at the end of the lane
Traducción: Mónica Faerna
Editorial: Roca Editorial
Fecha de publicación: octubre del 2013
ISBN: 978-84-9918-657-3
Formato: Tapa blanda sin solapa
Precio: 17,90 euros