El primer tomo de «Daredevil de Denny O’Neil» viene para demostrarnos que hay vida para el Cuernecitos tras la fastuosa etapa de Frank Miller, y antes de su segundo desembarco como guionista en «Born Again«. En este tomo tenemos a Klaus Janson y David Mazzuchelli, que no es poco, y un puñado de historias que se leen con agrado y que (en su mayoría) están escritas por una leyenda de los cómics como fue Denny O’Neil.
Tras la revolucionaria etapa de Frank Miller, el Hombre sin Miedo entró en una nueva era, para la que Denny O’Neil, quien hasta entonces había sido editor de la serie, tomó el control literario, con Klaus Janson manteniéndose como dibujante y garantizando la continuidad gráfica. Cada aventura es una cruda exploración de las tentaciones y aspiraciones frustradas de la humanidad, coronada con un toque de magia Marvel. Mientras tanto, Kingpin se alía con un grupo de la yakuza que busca unir con adamántium la columna vertebral destrozada de Bullseye, en una saga que conduce al DD 200 USA, une al héroe ciego con Lobezno y lo lleva a Japón para una épica revancha contra el hombre que asesinó a Elektra. A continuación, la llegada de un nuevo artista, David Mazzucchelli, lo cambia todo, pasando de joven promesa a maestro del cómic a una velocidad increíble, al tiempo que Micah Synn emerge como una amenaza para Daredevil capaz de rivalizar con el mismísimo Kingpin.
Cuando uno se sienta a leer «Daredevil de Denny O’Neil #1«, lo primero que siente es vértigo. Y no por las acrobacias del bueno de Matt Murdock, sino porque este tomo llega justo después de una etapa que es poco menos que sagrada: la de Frank Miller (y Klaus Janson). Casi nada. Miller redefinió a Daredevil como pocos autores lo han hecho con un superhéroe, lo convirtió en un personaje con alma, con sombras, con tragedia… en fin, en algo más que un tipo en mallas rojas dando saltos por tejados. Así que, cuando le tocó recoger el testigo a Dennis O’Neil, la papeleta era de las que hacen temblar el pulso a cualquiera.
El tomo arranca con un par de historias de transición firmadas por Alan Brennert y Larry Hama, ambas dibujadas por Klaus Janson, que se atreve por primera vez a asumir también los lápices. Son dos números sueltos que todavía respiran el aire de Miller, pero sin su genio narrativo. Visualmente, Janson intenta mantener la estética sucia y callejera, pero el resultado se queda un poco corto. Aun así, el arranque no está mal: Brennert firma una historia centrada en Ben Urich que toca la fibra —ese periodista con más ética que suerte siempre da juego— y plantea dilemas morales con elegancia. Luego viene el turno de Hama, con un episodio de robos y diamantes que cumple sin brillar, un poco de trámite, pero que mantiene la llama viva. Sin entusiasmarme, a mí me han parecido de lo más decentes.
Y entonces entra en escena Denny O’Neil, el gran nombre detrás de esta etapa. Este autor era un peso pesado del cómic americano, responsable de revitalizar a Batman en los setenta (ojito su saga de Ra’s al Ghul) así que su llegada a Daredevil prometía. El problema es que prometer es una cosa y cumplir otra. Sus primeros números siguen una fórmula bastante clásica: casos que llegan al bufete de Nelson y Murdock, dilemas morales que obligan a Matt a sacar el traje de Diablo Guardián y un Foggy Nelson con bigotillo que recupera protagonismo, aunque de una manera… digamos, cuestionable. Porque aquí O’Neil convierte a Debbie Harris, la esposa de Foggy, en una especie de pesadilla con permanente ochentero, una mujer manipuladora y antipática que empuja a su marido a situaciones cada vez más patéticas. No ayuda que el tono general se vuelva moralista y algo pasado de rosca. En estos primeros compases se echa de menos la sutileza milleriana.
Eso sí, el guionista decide mirar al pasado y rescatar elementos que sabían funcionar. Vuelve la Viuda Negra, aparece Heather Glenn (aunque solo de paso) y hasta Bullseye reaparece con fuerza. Y lo hace con un toque muy curioso: Denny O’Neil lleva a Daredevil a Japón, se alía con Lobezno (portadón el de ese número) y mezcla mafias y samuráis en una historia que suena mejor de lo que realmente resulta en página. Hay ninjas, conspiraciones políticas y una operación para revestir la columna de Bullseye con adamantium (sí, como Lobezno), lo que da pie a una revancha con Daredevil en el número 200. Sobre el papel, todo eso suena a bomba, pero el desarrollo se queda a medio gas. Hay buenas ideas, pero el ritmo es irregular y los diálogos no tienen la chispa de antaño. Lo que antes era noir urbano ahora parece una película de acción de videoclub, entretenida pero sin profundidad. El dibujo, primero de Janson y luego de William Johnson, cumple sin deslumbrar, lo que refuerza la sensación de estar ante un Daredevil que busca su lugar pero no termina de encontrarlo. Pero ojo, que no son malos estos números. Comparado con lo que tenemos hoy en día en la serie del Cuernecitos (el volumen que está a punto de acabar, con el Murdock de hábito) son obras de arte.
Tras unas cuantas historias de relleno y algunas portadas de John Byrne muy curiosas llega la saga de Micah Synn, que ocupa buena parte del tomo y es, para bien o para mal, el corazón de esta etapa. Aquí O’Neil se lanza a algo más ambicioso: una historia que mezcla crítica social, choque cultural y melodrama de telenovela superheroica. Micah es el jefe de una tribu africana descendiente de colonos británicos aislados durante siglos, convertidos en una especie de salvajes blancos que aterrizan en Nueva York como estrellas mediáticas. La premisa es rarísima, y el resultado… bueno, también. Micah es carismático y brutal, un Tarzán con complejo de dictador que desata el caos allá donde pisa. La historia va creciendo poco a poco, con Foggy atrapado entre la fascinación y el miedo, su esposa flirteando descaradamente con el musculoso extranjero y Matt intentando mantener la compostura mientras todo su mundo se derrumba.
El problema es que Denny O’Neil no termina de decidir qué tipo de historia quiere contar. Por momentos parece una sátira del sensacionalismo y el racismo, por otros una reflexión moral sobre la mentira y la corrupción, y por otros simplemente una aventura de acción pasada de vueltas. Y, sin embargo, hay algo magnético en ese desastre controlado. A su manera, la saga de Micah Synn tiene un encanto kitsch que la hace difícil de odiar. Es exagerada, sí, pero también atrevida. Y justo cuando amenaza con desmoronarse del todo, aparece la salvación: David Mazzucchelli. El p*** amo.
Mazzucchelli entra en escena y, de golpe, todo mejora. Su trazo limpio, su dominio del ritmo visual y su talento para transmitir emociones dan al cómic un aire fresco. No es todavía el artista de «Born Again«, pero ya se intuye la grandeza que vendrá. Sus páginas elevan el material, lo hacen más legible, más elegante, más Daredevil. De repente, los personajes vuelven a tener alma, la ciudad recupera peso, y uno siente que el tebeo respira de nuevo.
Eso sí, el guion sigue tropezando. Micah pasa de salvaje primitivo a estratega mediático en cuestión de días, Foggy se humilla de forma grotesca, y Debbie se convierte en villana de culebrón. El clímax, con un Micah derrotado por culpa de su dieta occidental, roza la parodia involuntaria. Pero Mazzucchelli logra que incluso eso luzca bien. Su arte convierte la caída del villano en algo visualmente potente, casi poético, como si nos dijera: «vale, esto no tiene sentido, pero míralo, qué bonito es«. Denny O’Neil se toma un descanso unos pocos números para ceder el testigo a Arthur Byron Cover, escritor de ciencia ficción, que recupera al maloso Rondador de la Muerte para tenderle una trampa a DD en una mansión llena de robots con aspecto infantil. Ni qué decir que gracias al dibujante, la cosa se asimila muy bien.
El tomo se cierra con un par de historias cortas de Marvel Fanfare que funcionan como epílogo emocional. Una, de Bill Mantlo, con Daredevil buscando el perro guía de un niño ciego —una pequeña joya de sensibilidad— y otra, más trágica, sobre una amiga de la infancia que carga con un pasado oscuro. Dos relatos simples, pero honestos, que devuelven al personaje a su esencia: el héroe que falla, pero no deja de intentarlo.
En conjunto, este «Daredevil de Denny O’Neil #1» es un volumen irregular pero interesante. No es, ni de lejos, la cima del personaje, pero tampoco el desastre que algunos pintan. Tiene altibajos, sí, pero también momentos de auténtica inspiración. O’Neil no consigue escapar de la sombra de Frank Miller —¿quién podría?—, pero su intento merece respeto. Y el trabajo de David Mazzucchelli convierte el final en un pequeño triunfo visual. Si eres completista o simplemente un fan del Diablo Guardián, este tomo es una parada obligatoria: una etapa de transición que, con sus tropiezos, pavimentó el camino hacia la redención definitiva de «Daredevil: Born Again«. Y eso, amigos, no es poca cosa.
Daredevil de Denny O’Neil #1
Autores: Geof Isherwood, Jack Sparling, Arthur Byron Cover, Bill Mantlo, Klaus Janson, Steven Grant, William Johnson, Mike Carlin, Harlan Ellison, George Freeman, Denny O’Neil, David Mazzucchelli, Larry Hama, Roger McKenzie, Alan Brennert, Luke McDonnell
Fecha de publicación: Septiembre de 2025
Edición original: Daredevil 192-214 y material de Marvel Fanfare 7 y 15.
ISBN: 9791370131760
Formato: 17x26cm. Cartoné. Color
Páginas: 600
Precio: 55,00 euros











Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja