Durante muchos años el cine fue mudo, pero llegó el sonido y ya no volvió a ser mudo nunca más. Salvo excepciones, habitualmente experimentos y ejercicios artísticos. El cómic, como arte, desde muy pronto optó por contar con el texto como apoyo y los bocadillos como herramienta para dar voz y pensamiento a los personajes. A día de hoy es difícil imaginar un cómic sin texto, salvo algunas tiras cómicas o alguna página donde las acciones sucesivas no necesitan literatura.

sonEn el futuro nuestro planeta está arrasado y dominado por máquinas. En este entorno yermo, un padre y su hijo viajan a través de distintos parajes con la necesidad de encontrar el modo de construir una llave que les permita abrir un portal y viajar a un nuevo planeta donde les espera su esposa y su familia. Donde encontrar un futuro y una esperanza.

El cómic, como arte contemporáneo (si consideramos arquitectura, escultura, pintura y música como los artes clásicos canónicos, y el cine, la fotografia o el cómic, como los artes modernos o contemporáneos), es un arte muy joven que tiene aún mucho margen de crecimiento. Si no queremos considerar los frisos griegos, los murales egipcios, los vitrales de las iglesias góticas, los códices precolombinos o las estampas japonesas ukiyo-e como precedentes de los cómics, los eruditos ubican el inicio de este noveno arte a finales del siglo XIX y principios del XX, con “The Yellow Kid” y “Krazy Kat“, y eso lo convierte en una forma de arte que hoy no ha llegado ni a la adolescencia.
Aunque el cómic, un arte secuencial que se expresa mediante una narrativa gráfica, ya dispone de los elementos básicos que le definen y le cualifican (espacio, color, forma, textura, valor, línea, unidad,…), la experimentación, la investigación, la búsqueda y las pruebas estan a la orden del día. Es lógico, puesto que el cómic aún no se ha mercantilizado demasiado, los autores todavía tienen cierto control sobre su obra y el proceso creativo, y el público admite con interés las experiencias inclasificables. Los lectores de cómic son exploradores natos, abiertos de mente y dispuestos a probar sin miedo platos exóticos aliñados con ingredientes insospechados.

Son” del sevillano Ramiro Fernández Borrallo es un cómic que se puede clasificar como experimental. No hay otra forma más clara para definir una obra que prescinde del texto, que no usa ni una sola palabra para acompañar a la imagen. Valiente, imaginativo, con ritmo, “Son” (palabra que en inglés se puede traducir como “hijo”) es la obra ganadora del Premio Desencaja 2015 otorgado por el Instituto Andaluz de la Juventud de la Junta de Andalucía, una opera prima que se permite la licencia, que tiene la desfachatez, de crear un cómic mudo donde el recurso principal se basa en el gran registro de expresiones faciales y gestos, que son los que llevan la narración. Y lo más sorprendente de todo es que la obra de Ramiro Fernández Borrallo no necesita el apoyo de la palabra, salvo las obligadas onomatopeyas.
Son un total de más de cincuenta páginas en la que el autor demuestra su habilidad contando una historia compleja sin la ayuda de ninguna palabra, ni de ningún bocadillo que integre gráficamente el texto de los diálogos o el pensamiento de los personajes en la viñeta, y las únicas convenciones específicas de las historietas que se permite son las ya mencionadas onomatopeyas (los clásicos ¡Biiiip!, ¡Craaaash!, ¡Paaaam! y compañía) y las líneas de acción que definen movimientos, actitudes (de sorpresa, por ejemplo) y la direccionalidad de la acción. No, el autor no necesita nada más, y ser un dibujante fenomenal también ayuda mucho puesto que el talento de Fernández Borrallo para expresar emociones en el rostro de los personajes nos ahorra la necesidad de tener que usar palabras que se limiten a reiterar lo que la viñeta ya muestra.

Ubicada en un entorno post-apocalíptico indeterminado, un futuro desolado donde las máquinas controlan tierras baldías y muertas, la historia de Fernández Borrallo nos cuenta como un padre y su hijo emprenden un largo viaje, con la ayuda de las enigmáticas pistas que van encontrando por el camino, y que se van presentando al protagonista en forma de sueños, en busca de las piezas necesarias para construir una llave que, a su vez, abrirá un portal que les permitirá regresar junto a su esposa y madre en un lugar seguro. No hay obstáculos para un padre y su hijo cuando se trata de reunirse con su esposa.
Aunque la ambientación sigue las convenciones del género, con elementos que ya hemos visto en películas como “Mad Max: Fury Road“, “Terminator” o “Yo soy leyenda“, videojuegos como “Fallout“, o los cómics de Moebius, y la historia no destaca por su originalidad, y se desarrolla de forma lineal y sin sorpresas, la obra es un brillante ejercicio académico sobretodo por la fantástica narración visual, muda, elegida por el autor que dota a la lectura de “Son” de fluidez y una velocidad vertiginosa. Una elección arriesgada, pero efectiva, que demuestra que el autor va sobrado de talento (es licenciado en Bellas Artes en la especialidad de Pintura por la Universidad de Sevilla), de recursos narrativos y de, porqué no decirlo, un ‘par de huevos’ para presentar una obra como esta, repleta de sentimientos, miedos y esperanzas pero muda, en un concurso de cómic de ámbito autonómico.

Y si a todo lo anterior le añadimos una edición cuidada de Dib·buks, en tapa dura, con unas pocas páginas de extras, no hay otra opción que recomendar “Son“. No, sería un error dejar escapar el debut de un autor que, sin la menor duda, tiene un futuro muy prometedor por delante.

Son.
Autor: Ramiro Fernández Borrallo
Editorial: Dib·buks
Colección: Aventúrate
ISBN: 978-84-16507-17-7
Formato: 19,5×27,5cm. Cartoné. Color.
Páginas: 56
Precio: 14 euros