Mucho he tardado en ver esta película, en hacer la reseña y eso me ha hecho pensar algo. ¿Por qué? La cuestión es que a pesar de Ralph Fiennes, a pesar de Rachel Weisz, a pesar de que se basa en una novela de John Le Carre y a pesar del director Fernando Meirelles (responsable de esa maravilla que es “Ciudad de Dios“), “El jardinero fiel” no es una de esas películas que te venden a toda costa. De hecho pienso que es uno de los claros ejemplos de lo injusto de los engranajes de la publicidad, de la distribución del cine y de la parte más industrial y comercial del mismo.

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País: Reino Unido.
Año: 2005.
Duración: 129 min.
Género: Drama, thriller.
Interpretación: Ralph Fiennes (Justin Quayle), Rachel Weisz (Tessa Quayle), Danny Huston (Sandy Woodrow), Bill Nighy (Sir Bernard Pellegrin), Pete Postlethwaite (Lorbeer), Bernard Otieno Oduor (Jomo), Donald Sumpter (Tim Donohue).
Guión: Jeffrey Caine; basado en la novela de John Le Carré.
Producción: Simon Channing Williams.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: César Charlone.
Montaje: Claire Simpson.
Diseño de producción: Mark Tildesley.
Vestuario: Odile Dicks-Mireaux.

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Nos venden multitud de películas que no nos dicen nada, que pasan sin pena ni gloria por nuestras vidas, que no dejan ningún poso y que sólo entran por lo ojos, es su única virtud y, en cambio, películas como ésta pasan desapercibidas y sólo las descubres si estás al día, si tienes un poquito de inquietud cinematográfica, si alguien te la recomienda o simplemente si tienes suerte y te la ponen en la tele justo cuando te apetece verla, que si te cuentan el argumento o te leen de qué va te echa para atrás y ya no la ves. Es injusto, porque “El jardinero fiel” es una de las mejores películas del 2005 y lo tiene todo para no defraudar a nadie.

Su “pecado” es ser europea (británica concretamente), haber sido rodada por un brasileño (¡¡¡un brasileño!! ¿pero no se dedican sólo al fútbol?) y centrarse en los problemas de África, un continente que sabemos que existe pero que, en el fondo, qué más nos da si no vamos a ir allí. No debería ser así y tampoco deberíamos estar educados de tal forma que su argumento nos eche para atrás, porque lo hace: va sobre un diplomático británico y su mujer que en Kenya, tratan de destapar una intrincada conspiración industrial. Vamos, para echarse a temblar a simple vista porque tiene pinta de ser un pedazo de ladrillo y encima dura más de dos horas.

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Entonces es cuando la nominan a 4 óscars (guión adaptado, mejor actriz secundaria, montaje y banda sonora) y todo el mundo se da cuenta entonces que el responsable de la banda sonora es el español Alberto Iglesias. Desde ese mismo momento la película comenzó a tener repercusión en España y se empezó a hablar de ella, cuando había sido estrenada varios meses antes. Y para colmo va y Rachel Weisz gana el óscar como secundaria. Lo cierto es que no sólo me parece injusto que una película como esta gane relevancia cuando le dan premios o nominaciones sino que me lo parece que le hayan dado tan pocos y que aún así se haya hablado tan poco de ella.

Fernando Mirelles era ya importante cuando se hizo cargo del proyecto porque había sorprendido a todos con su “Ciudad de Dios“, una de las películas más sobresalientes de los últimos años (es de visión obligatoria) y por ello se le confió esta adaptación de John Le carre, que era a priori y ha sido a posteriori uno de los proyectos estrella del cine británico durante el 2005.

La película se circunscribe en un tipo de cine de corte político-social, comprometido en este caso con la realidad africana, tomando el testigo de “Hotel Rwanda“, otra magnífica película que pudimos ver el año pasado y quizás de esta forma se abran nuevas posibilidades argumentales, dirigiendo la miarada a otras realidades que de momento nos son bastante lejanas. No obstante esta película es además un drama romántico de primer orden y ambos géneros se entremezclan a la perfección gracias a una dirección que calificaría de magnífica y un brillantísimo trabajo de interpretación tanto de Ralph Fiennes (siempre correcto y eficaz) como de Rachel Weisz, que hace gala de una actuación que sorprende por lo que llega a convencerte y atraparte la magia de su personaje, su fuerza, lo que trasmite. Weisz se “come” la pantalla, está expléndida, atrapa por completo el interés de quien ve la película y consigue por sí sóla que la historia romántica posea la fuerza precisa para que la película sea intensa y emotiva como pocas lo han sido este año pasado.

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También es destacable el extraordinario pulso narrativo que demuestra Fernando Meirelles en la dirección, puesto que te va a introduciendo poco a poco en el conflicto narrativo sin que haya un sólo momento en que decaiga el interés y manejando con la misma maestría el desarrollo de la trama política como el del drama romántico, que se entremezclan y entrecruzan a lo largo de toda la película sobredimensionando el argumento y haciendo que tenga mayor carga significativa. Lo más sorprendente es que no es nada fácil organizar en secuencias un argumento tan complejo, con varios personajes, con multitud de escenas importantes y en este sentido destaca también el trabajo de montaje, también muy aplaudido por los especialistas del ramo.

Sin embargo todo este virtuosismo, el calado argumental, la maestría técnica tras la cámara o la calidad interpretativa delante de ella quedarían cojas si no fuera porque es una película que realmente te llega, que consigue que te impliques con lo que cuenta y con los personajes. Me remito a un ejemplo concreto de su argumento: nada más comenzar vemos un vehículo accidentado en una playa. Es una imagen que no comprendemos, que queda pendiente por resolver porque la película arranca en otro lugar, resulta carente de intensidad, sin carga emotiva, sin significado para nosotros, sin trascendencia (pienso que un poco como esa realidad africana que vemos desde lejos en los telediarios); pero cuando el argumento nos lleva hasta ese punto concreto de la historia todo cobra sentido y como espectadores sufrimos una descarga emotiva, un impacto emocional provocado por la implicación y empatía que Mirelles y sus actores han logrado en nosotros (en ese momento acaba de conseguir lo que pretendía y el conflicto político-social que conforma el fondo de la película pasa a importarnos un poquito más). Pocas cosas mejores creo que pueden decirse de una película que pretende concienciar: simplemente lo consigue gracias a un hábil uso de sus recursos.

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Yo diría que estas virtudes la convierten en una de las mejores películas del 2005 y además le confieren el adjetivo de “película necesaria”. Por lo que a mí respecta pocas veces al año veo películas que me gusten tanto. Me dejó poso, un poso agridulce, la sensación de que había visto una gran película que ilustraba un gran problema.