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Adoro esa frase que se corea en las manifestaciones de reivindicación femenina que dice «somos las nietas de las brujas que no pudistéis quemar«, y que sirvió de título al manifiesto feminista autobiográfico de Tres Voltes Rebel. Las brujas no existen ni han existido pero en la Edad Media se persiguió con ahínco a numerosas mujeres acusadas de brujería, especialmente las que no seguían los preceptos del orden patriarcal establecido, porqué el poder religioso necesitaba restablecer su control sobre el pueblo, sometiendolo con el terror, el fuego y la mentira. El cine no le ha dado la espalda a las historias de brujas, bondadosas y malvadas, tanto en sus versiones más familiares («El retorno de las brujas«, «La maldición de las brujas» o «La bruja novata«), infantiles («Blancanieves«), musicales («Into the woods«), aterradoras («La máscara del demonio» o «Suspiria«) como en las historias oscuras de persecuciones, juicios y ejecuciones de los peores años de la Edad Media y la joven América, sobretodo en las primeras colonias de Connecticut, Boston y Springfield fundadas por peregrinos procedentes del Viejo Mundo («El crisol«, por ejemplo).
De entre todas las películas de brujas, «Las brujas de Eastwick» («The witches of Eastwick«) de George Miller (sí, el mismo George Miller de «Mad Max: Fury Road«), adaptación de una novela de John Updike, es una de las más divertidas. Y seductoras. Por Cher, por Michelle Pfeiffer y por Susan Sarandon, estimulantes brujas por las que uno se arriesgaría a terminar encantado, convertido en rana o condenado a la hoguera por hacer trato con sirvientas del demonio. Por retozar entre las sábanas con estas tres diosas en busca de un hombre perfecto cualquiera estaría dispuesto a sufrir una condenación eterna.
Protagonizada por el trío de actrices antes mencionada, además del histriónico y siempre excesivo Jack Nicholson que encarna al mismísimo Diablo, la película nos contaba la historia de Alexandra Medford, Jane Spofford y Sukie Rougemont, tres divorciadas modernas y aburridas que, sometidas a la monotonía que desprende la rigurosa tradición de la provinciana localidad de Eastwick en la que viven, y hartas de esperar al hombre ideal, una noche de lluvia se reúnen, e inocentemente pues desconocen que tienen habilidades mágicas capaces de desatar tormentas, transformar objetos o provocar accidentes, invocan al hombre perfecto. Pronto llega a la ciudad el misterioso Daryl Van Horne, un personaje tan diabólico como seductor. El misterioso recién llegado irá seduciendo a cada una de las tres mujeres, metafórica y literalmente. Sin embargo, ciertos hechos acaban enojando de tal modo a las brujas que éstas no dudarán en emplear todo su poder para librarse de su perniciosa presencia.
Con dos nominaciones al Oscar (mejor banda sonora original y mejor sonido), «Las brujas de Eastwick» nos ofreció una aproximación diferente a las brujas de lo que el cine nos tenía acostumbrados hasta entonces, películas en las que se abusaba de representaciones tradicionalistas e históricas, de la caracterización infantilizada (esas típicas caras verdes con verrugas de la bruja de «El Mago de Oz«) o de los arquetipos narrativos (los aquelarres, los hechizos, los planes taimados,…). Pero es cierto que el séptimo arte tampoco ha renunciado a ofrecernos versiones de brujas en un contexto más actual, como esta «Las brujas de Eastwick» de finales de los años ochenta que abrió la puerta para que las brujas noventeras siguieran su estela descaradamente («Jóvenes y brujas«, «Prácticamente magia«, «La muerte os sienta tan bien«, «Embrujada«, «Stardust«,…).
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Me alegro que te haya gustado. A mí menos que cualquiera de las que he citado, pero no está mal