Bajo Sospecha. Historia de una sociedad vigilada explica como durante casi 40 años, el régimen franquista aherrojó a la sociedad española. Sus instrumentos: pena capital, trabajos forzados, presidio, torturas, humillaciones, falsas delaciones, ostracismo social, etc… Con el fin de amoldarla a sus caducos cánones y perpetuarse en el tiempo; desgraciadamente, sus logros en este sentido son innegables.

Bajo Sospecha. Historia de una sociedad vigiladaBajo Sospecha. Historia de una sociedad vigilada (España. 1939-1975)
Autor: Ana Asión y Sergio Calvo (coords.)
Nº de páginas: 390
Editorial: Espasa
Año de edición: 2025
Precio: 21 euros
Una vez consumado el golpe de 1936, los vencedores de la Guerra Civil diseñaron un nuevo Estado con unos cimientos sólidos que asegurasen la existencia y la pervivencia del régimen emergente. Las estructuras sobre las que se construyó su visión fueron la represión y el miedo. Ningún ámbito quedó fuera de su yugo: el movimiento estudiantil, el mundo obrero, periodistas, escritores y cineastas y, naturalmente, las mujeres.
Durante décadas, los paseos que acababan en muerte, las detenciones que conllevaban tortura o las identificaciones que sumían en la mayor de las incertidumbres fueron la tónica habitual. Ese entramado coercitivo eliminó cualquier tipo de disidencia y todo el mundo se convirtió en sospechoso.
La presente obra es fruto de la colaboración de autores de referencia, especialistas en sus respectivos campos, que realizan una reconstrucción fidedigna de los hechos, analizan las herramientas represivas e identifican a algunos de los protagonistas del régimen.
Desde los albores de la Guerra Civil en julio de 1936, los golpistas dejaron claro su intención de crear una nueva España, en la que no cabría ningún tipo de disidencia. A través de la violencia y el miedo lograron sus objetivos, una sociedad subyugada en la que los pocos que se atrevían a salirse del tiesto eran depurados sin miramientos. La brutalidad de la dictadura fue evolucionando, como el propio régimen, a lo largo del tiempo pero nunca desapareció, incluso después de la muerte de Franco.
Este ensayo, Bajo sospecha, nos muestra “las múltiples caras de la represión franquista”. Firmado por varios historiadores de diferentes universidades, todos los textos coinciden en un mismo punto: la dictadura fue un régimen implacable y la violencia fue una de sus señas de identidad. El Prólogo El miedo como mecanismo de control de una dictadura implacable, está firmado por Ana Asión y Serio Calvo (Universidad de Zaragoza), ambos coordinadores de este proyecto. La Introducción Represión, coerción y… consenso. La figura del Mitläufer de Carlos Forcadell (Universidad de Zaragoza), introduce el termino alemán, Mitläufer, “utilizado en la Alemania posnazi para denominar a la población silenciosa, miedosa e indiferente, individuos que, simplemente, se dejaron llevar por la opción predominante. Cómplices en ciertas ocasiones…”. El primer capítulo Una violencia que no cesa. Las múltiples caras de la represión franquista de Nicolás Sesma (universidad Grenoble Alpes) nos cuenta “la creación y evolución del sistema de control del franquismo”. Quizás sea el capítulo más didáctico y ameno de este ensayo y uno de los que más me ha gustado. El Segundo capítulo Las densas alas del águila gris: el aparato represor franquista. ¿Éxito o fracaso contra el anti-franquismo? de Pablo Alcántara (Universidad Autónoma de Madrid). Represión de baja intensidad en el movimiento estudiantil antifranquista, de Alberto Carrillo-Linares (Universidad de Sevilla), conforma el tercer capítulo. De él, me ha llamado la atención “los certificados de buena conducta” que debían obtener los estudiantes. Aquellos díscolos que no lo obtuvieran, podían ser expulsados de las facultades, no beneficiarse de las prorrogas de estudios para retrasar el servicio militar obligatorio y acabar haciendo la mili en Marruecos o eran imposibilitados para ejercer ciertas profesiones. Una parte de estos estudiantes eran hijos de personajes del régimen, mas o menos significados, lo que en algunos casos les libró de mayores consecuencias, aunque no todos tuvieron la misma suerte. Hubo casos de estudiantes que “saltaron” por las ventanas de comisaria, justificados por las autoridades como intentos de fuga. El cuarto capítulo Sin doblar, sin domar y sin domesticar. La represión sobre el movimiento obrero durante la Dictadura de Cristian Ferrer García (Universidad de Zaragoza). Si algún movimiento se mantuvo activo y crítico a lo largo de todo el franquismo ese fue el movimiento obrero a pesar de la brutal represión. Desde las fábricas se mantuvo el espíritu de lucha buscando siempre mejoras laborales, concienciación de los trabajadores y movilización social. La mayoría de los líderes sindicales pasaron por diversos penales, como el de Burgos o Carabanchel, que se convirtieron en verdaderas “universidades” para los sindicalistas del final del régimen y la transición. El siguiente capítulo Las víctimas inesperadas: la represión de periodistas y escritores (1939-1945), de Juan A. Ríos Carratalá (Universidad de Alicante), no cuenta los casos concretos de escritores y periodistas que no pudieron o no quisieron exiliarse tras el final de la Guerra Civil; por supuesto fueron represaliados. Todo aquél que hubiera escrito o dibujado en medios republicados debía ser depurado. Los que no fueron fusilados y sí condenados a largas penas de cárcel o trabajos forzados sufrieron luego un ostracismo social y la imposibilidad de ejercer sus profesiones. De nada sirvieron los ruegos y súplicas de “gente de bien” que atestiguaban haber sido ayudados por los acusados durante el conflicto. Otro de los capítulos que más me han gustado es el sexto: La dictablanda cinematográfica: control y censura sobre el audiovisual complaciente, de Ana Asión Suñer (Universidad de Zaragoza). El cine y más tarde la televisión, como parte de la cultura consumida por las masas, debía entretener pero jamás permitir el más mínimo atisbo de crítica o  subversión contra el orden establecido y las costumbres patrias. Es gracioso ver como el régimen, siempre apoyado por la iglesia católica, trataba a los espectadores con un paternalismo que raya el delirio, modificando guiones, escenas y diálogos a base de censura con criterios morales de rancio abolengo. Los productores, sabedores de esto, presentaban sus proyectos teniendo muy en cuenta estas premisas, si querían ver sus obras en pantalla. En algunas ocasiones, los autores conseguían “colar” algún tipo de crítica velada, todos tenemos en la cabeza películas como Bienvenido Mr. Marshall, El pisito o El verdugo… entre otras. El último capítulo La represión de género en la Dictadura: genealogía de víctimas, agentes y violencias contra las mujeres, de Irene Abad Buil y Sescún Marías Cadenas (Universidad de Zaragoza). Las mujeres fueron objeto de la barbarie fascista, ya fuera por actos propios o ajenos, desde  el principio. Amparo Barayón es un doble ejemplo, ejecutada sin juicio en Zamora en el otoño de 1936 por ser mujer emancipada y familia de republicanos, protestar por el fusilamiento de su hermano y ser la mujer del rojo Ramón J. Sender le costo la vida. A la violencia física recibida y las humillaciones constantes, debe sumarse las vejaciones por ser “mujer de preso”, quedando marcadas para siempre como apestadas sociales. Pero existe otro tipo de violencia, más sibilina y de larga duración, que marcó la existencia de todas la mujeres españolas, sin importar su afiliación política o clase social, fueran conscientes de ello o no. Y, además, es orgullo y una de las señas de identidad del Régimen: el machismo.
No queremos dejar de incluir en este segundo grupo a todas las españolas, que, de una manera sutil y simbólica, sufrieron la violencia política. Cuando decimos “tu abuela también sufrió violencia franquista”, aludimos a que todas las mujeres que vivieron durante la Dictadura experimentaron este tipo de represión a través de la socialización formal e informal (escuela, cultura, iglesia). Debían aprender a coser mientras los niños estudiaban matemáticas; tenían que acompañar de madrugada a su madre a lavar la ropa mientras sus hermanos dormían; las sacaban del colegio porque “para qué servía estudiar”; era preceptivo acudir religiosamente a misa los domingos con guantes y mantilla; había que vigilar el largo de la falda y no rebasar la manga corta so pena de recibir la bronca del cura o de las vecinas; el Servicio Social era obligatorio si querían entrar de aprendiza a un taller; no podían leer, si es que leían, más que revistas para señoritas; estaban obligadas a vivir con su familia hasta los veinticinco años o marchar a servir a la “capital” si eran mujeres campesinas; pasaban de estar tuteladas por su padre a ser propiedad de su marido; se las despedía del taller forzosamente al contraer matrimonio; no podían sacar dinero del banco ni recibir una herencia… todo ello sancionado y fomentado por el Estado, las leyes, la Iglesia y el vecindario, su familia, su propia comunidad…
Si eso no es violencia, que baje Dios y lo vea.
Pág. 298/299
Bajo sospecha, en general, me ha gustado bastante. Recomiendo, especialmente, la parte sobre la creación y evolución del sistema de represión franquista del profesor Nicolás Sesma; de quién ya tuve el gusto de reseñar aquí su obra: Ni una, ni grande, ni libre. La dictadura franquista (1939-1977) (Crítica, 2024). También, son elogiables los capítulos sobre la violencia contra el movimiento obrero, la represión de periodistas y escritores, la censura de los medios audiovisuales y la represión de género. Aunque este último y algunas otras colaboraciones de este ensayo pecan, en mayor o menor medida, de ser demasiado académicas, no aptas para todos los públicos.
El Fregadero