El yo que no muere, la novela de Ferran Torrent publicada originalmente en catalán cuenta con una edición en castellano por parte de Ediciones Destino, un libro que refleja con agudeza las contradicciones de una época.
El yo que no muere
Ferran Torrent
Traducción del catalán de Pau Sanchis Ferrer
Ediciones Destino. Colección Áncora y Delfín.
286 páginas.
1ª edición febrero de 2025.
Precio: 21,90 €
En los años 60 en España el autoritarismo, la censura, la represión política y la ausencia de libertades democráticas seguían marcando una realidad apenas modificada por el denominado “desarrollismo” que atrajo inversiones extrajeras y fomentó el turismo, aliviando parte de la pobreza crónica del país y contribuyendo al tímido inicio de la transformación progresiva de la sociedad española. Este crecimiento coincidió con una mayor influencia cultural y económica de Estados Unidos, favorecida por los acuerdos militares firmados en los años 50, que supusieron la instalación de bases norteamericanas en nuestro país.
En 1966 la vida en Valencia, el escenario de esta novela, como en otras ciudades españolas, era un mezcla de tradición y cambio, con una estructura social profundamente conservadora, desigualdades marcadas y una férrea represión hacia cualquier forma de disidencia política o cultura. Al mismo tiempo, algunos segmentos de la sociedad, como los jóvenes, eran receptores de una modernidad que llegaba de manera sutil a través de la música, la moda y algunas publicaciones extranjeras. Una ciudad abierta al Mediterráneo en tránsito entre dos mundos, uno que se resistía a desaparecer y otro que, aunque lejano, muchos creían ya intuir.
“Estamos en 1966 y el hotel Metropol de Valencia recibe visitantes de todo tipo, desde Ava Gardner, que, harta de la vida en Madrid y de la Hacienda española, llega disfrazada de millonaria, hasta un agente soviético que regresa a su ciudad natal con una misión secreta. Además, en le establecimiento trabajo una telefonista que por las noches, cuando cree que nadie la oye, mantiene largas conversaciones eróticas con un amante que nunca la ha visto. Manuel Estornell, el director del hotel, un hombre con poca simpatía por la dictadura, trata de tener la situación controlada.
En medio de este trasiego de personajes, Regino, un joven falsificador de arte, hace equilibrios entre sus alianzas con un agente del Mosad dedicado a recuperar obras de arte expolias por los nazis, delincuentes comunes, opositores al régimen y la élite franquista para la que trabaja.”
La lectura de El yo que no muere me ha sorprendido gratamente, es la primera novela de Ferran Torrent que leo y ya sé que no va a ser la última. Su prosa ágil, con abundantes diálogos y cambios constantes de situaciones y personajes, consigue mantener un ritmo trepidante de principio a fin.
El autor logra plasmar con facilidad el contexto social y político de los diferentes estratos sociales en una España en la que el denominado aperturismo era más un anhelo de gran parte del país que una realidad. A pesar de la complejidad del contexto histórico, el autor logra tratarlo con una ligereza inteligente que bordea el humor sin restar profundidad al trasfondo.
“¿Tu padre fue comunista?
No, pero tenía amigos que lo eran y les hizo algún trabajito sin ninguna importancia. Era un hombre temeroso, pero buena persona y familiar.
Así que tenía amigos comunistas. ¿Qué sabes del comunismo?
Un chiste sobre Stalin. Verá, cinco mil ovejas soviéticas se dirigen hacia la frontera finlandesa….
Para y no me tomes el pelo. ¿Cómo te educó? ¿Con qué principios?
General, el único comunismo que me interesa es el sexual. Mire, soy autodidacta en todo. En cuanto a los principios, no conozco ninguno que no tenga un final.”
Pag. 84-85
Uno de los aspectos más interesantes de El yo que no muere es la magistralidad con la que Torrent construye personajes y situaciones al límite, llevándolos hasta el borde de lo inverosímil sin perder credibilidad. Lejos de resultar forzados, estos momentos se integran de forma natural en la trama y provocan con su frescura, en más de una ocasión, una sonrisa, al tiempo que reflejan con agudeza las contradicciones de una época. Lo enrevesado de la historia, las diferentes situaciones y personajes, por momentos, siendo el estilo de ambos escritores diferente, me han recordado, por esa combinación de humor, agilidad narrativa y mirada irónica, a las novelas de Eduardo Mendoza.
Es una obra divertida, ideal para un fin de semana de lluvia, de esos que hemos tenido esta primavera o para acompañarte durante tu próxima escapada.
Totalmente recomendable.







Así me gusta, que me pongas los dientes largos, jajaja