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«Audition» sirvió al prolífico japonés Takashi Miike para presentar su cine a occidente y ganarse, con una sola película, el sello de director de culto con su estilo a medio camino entre el perturbador David Lynch y el violento Quentin Tarantino. Injusto, pues Miike se había labrado una larga carrera en Japón, con docenas de películas dirigidas desde principios de los años noventa, provocadoras y violentas.
La trama de la película gira en torno a un viudo quiere volver a casarse. Para ello decide organizar una audición para una película inexistente esperando encontrar a su nueva esposa entre las aspirantes. Entre ellas está Asami Yamazaki, una atractiva y misteriosa joven, de turbulento pasado, de la que se enamora.
Protagonizada por Ryo Ishibashi, Eihi Shiina, Tetsu Sawaki, Jun Kunimura, Renji Ishibashi y Miyuki Matsuda, entre otros, adaptación de la novela homónima de Ryu Murakami de 1997, «Audition» («Ôdishon«) podría ser, de hecho, la cabeza de lanza de un movimiento, el #MeToo, que aún iba a tardar veinte años en llegar. Y es que la perversa pesadilla de Takashi Miike en «Audition» es una historia de venganza de una mujer contra una sociedad patriarcal arraigada, la japonesa.
Pero al hablar de esta película es inevitable hablar de los veinte minutos finales. La escena de la tortura de «Audition» es tan cinematográfica como terrible, tan morbosa como inaguantable. No hay música, sólo el diálogo y el sonido de los utensilios de tortura. Entre lo erótico y lo criminal, parece que Mikke pretende ejemplificar que la violencia y el amor comparten el mismo espacio y son, de hecho, el mismo sentimiento con colores diferentes.

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