Uno de los más deliciosos musicales que se han hecho en el cine, con un tono a medio camino entre la comedia y lo romántico, adaptación de una obra de Broadway de gran éxito con un tono teatral, una puesta en escena exquisita y el finalmente emotivo choque entre los personajes de Rex Harrison y Audrey Hepburn, que están inolvidables.
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Título original: My Fair Lady
País: Estados Unidos
Duración: 170 min.
Género: Drama, Romance, Musical, Familiar
Reparto: Audrey Hepburn (Eliza Doolitle), Rex Harrison (Profesor Henry Higgins), Stanley Holloway (Alfred P. Doolitle), Wilfrid Hyde-White (Coronel Hugh Pickering), Gladys Cooper (Sra. Higgins), Jeremy Brett (Freddy Eynsford-Hill), Theodore Bikel, Mona Washbourne (Sra. Pearce), Isobel Elsom, John Holland
Guión: Alan Jay Lerner
Distribuidora: Warner Bros. Pictures
Productora: Warner Bros. Pictures
Dirección artística: Cecil Beaton, Gene Allen
Diseño de producción: Cecil Beaton, Gene Allen
Fotografía: Harry Stradling Sr.
Guión: Alan Jay Lerner
Montaje: William H. Ziegler
Música: Frederick Loewe
Obra de teatro original: George Bernard Shaw
Producción: James C. Katz
Recomendada para todo el mundo por ser uno de los musicales más asequibles que ha hecho Hollywood pero especialmente para quienes les guste recuperar el Broadway de la mitad de siglo pasado y quiera insuflarse un poco de esa “alegría” que transmiten la feelgood comedy.

Ocho óscars (mejor película, director, actor, sonido, fotografía, dirección artística en color, adaptación musical y vestuario) y otras cuatro nominaciones (actor y actriz secundarios, guión adaptado y montaje) avalan a esta película que George Cukor adaptó del musical que estrenaran nueve años antes Gabriel Pascal y Alan Jay Lerner en Broadway con música de Frederick Loewe a partir de la obra de George Bernard Shaw “Pigmalion”.
En su día fue un éxito rotundo de crítica y público y ha permanecido en el recuerdo como uno de los grandes musicales de la época dorada del género, entre los cincuenta y los setenta, periodo en el que también se estrenaron “Un americano en París” (Vicent Minelli, 1951), “Cantando bajo la lluvia “ (Stanley Donen & Gene Kelly, 1952), “Sombrero de copa” (Mark Sandrich, 1953), “Los caballeros las prefieren rubias” (Howard Hawks, 1953), “Siete novias para siete hermanos” (Stanley Donen, 1954), “Ha nacido una estrella” (George Cukor, 1954), “Gigi” (Vicent Minelli, 1958), “West side story” (Robert Wise, 1961), “Mary Poppins” (Robert Stevenson, 1964), “Sonrisas y lágrimas” (Robert Wise, 1965), “Camelot” (Joshua Logan, 1967), Chitty Chitty bang bang (Ken Hughes, 1968), “Oliver” (Carol Reed, 1968), “Funny girl” (William Wyler, 1968) o “La leyenda de la ciudad sin nombre” (Joshua Logan, 1969). Muchos consideran el musical original como el musical perfecto. La versión cinematográfica quizás no lo sea, pero es una obra irrepetible sin duda.
Vista hoy la película conserva el encanto de sus melodías (la banda sonora es una obra maestra sin duda), muchas de ellas ideales para producirte un cambio en el estado de ánimo (oiganse por ejemplo “With a little bit of luck”, “I could have dance all night” o “On the street where you live”) y sigue resultando deliciosa sobretodo gracias a la glamourosa dirección artística y al estudiado choque entre el solitario solterón, pagado de sí mismo profesor de fonética que interpreta Rex Harrison y el desparpajo barriobajero finalmente convertido en sentimental admiración por su pigmalion que vive la desamparada vendedora de flores de Convet Garden encarnada por Audrey Hepburn.
No pretende George Cukor realizar una filmación realista, al contrario, penetras con la película en un mundo peculiar, palpas los decorados y eres consciente de que la cámara está permanente ubicada en la cuarta pared convirtiéndote casi en espectador de butaca de teatro, los personajes que pueblan las escenas se detienen en alguna ocasión al compás de la música, arrancan a bailar o a cantar en lugar de hablar…Es por todo esto un musical muy clásico, realmente una transposición de lo que podía verse en Broadway aunque no es un espectáculo de baile porque apenas hay coreografías, ya que lo importante son los diálogos y las relaciones entre los personajes, así como la actuación de los actores, su dicción, sus anhelos y sentimientos. La cámara se mueve poco y si se mueve lo hace suavemente, sin que apenas notes su movimiento…..Todo esto implica que gustará más a un tipo de público que a otro porque casi está más cerca del teatro que de lo que hoy vemos en el cine, más tendente a primeros planos que a planos medios, a un montaje más dinámico y a un mayor movimiento de la cámara.
Como teatro musical trasladado al cine es magistral, resultaría prácticamente imposible mejorar el resultado. Se nota un cuidado exquisito en su producción en cada toma y contaron para filmarla con un director que si por algo se caracterizaba era por un estilo elegante y sofisticado y por un dominio total de las escenas dialogadas, en especial cuando hay damas de por medio. Además Rex Harrison encarnó a un personaje que conocía a fondo porque lo había interpretado en Broadway así que no lo tuvo difícil para llevarse el óscar. No fue así con Audrey Hepburn, que aunque resulta tan encantadora como siempre, fue una elección controvertida de Warner Bros porque desplazó a Julie Andrews (que entonces no era tan conocida) pese a que había sido la pareja de Harrison en el teatro y además fue doblada por Marni Nixon en las canciones (ella reconoce que de haberlo sabido nunca hubiera aceptado, de hecho consideraba justo que lo interpretara Julie Andrews pero al saber que si ella se negaba se lo daría a Elizabeth Taylor aceptó)….Aquello forma parte del anecdotario de Hollywood porque ese año Audrey Hepburn no fue nominada y el óscar a mejor actriz lo consiguió precisamente Julie Andrews por “Mary Poppins”. Seguramente ganamos todo con el rocambolesco cambio. Rex Harrison, al recoger su estatuilla, se lo dedicó a ambas.
Salvo algún pequeño cambio la película respeta casi milimétricamente al musical y por ello se alarga hasta casi las tres horas, dividida en dos actos con un intermedio que resulta curioso y también recuerda que esta película es puro teatro cinematográfico. Si se ve en televisión (que le hace perder, como a muchas de las películas de aquella época, gran parte de su magia salvo que sea de pantalla considerablemente grande) hay que evitar a toda costa el doblaje y conviene verla en versión original. No lo digo porque sea un mal doblaje, sino porque los números musicales en castellano, aún siendo un buen trabajo, están a años luz del inglés.
Parte de la magia que posee “My Fair lady” exige la capacidad para penetrar en la propuesta y dejarse llevar por la deliciosa exposición del argumento a través de los números musicales y los diálogos. Ayuda mucho el desparpajo que en todo momento muestra Audrey Hepburn y lo bien que encarna Harrison ese personaje arrogante, misógino, orgulloso y obsesionado con su trabajo, muy diferente a su agradable compañero de apuesta, el Coronel Pickering y también ese granuja de simpatía desbordante que es Alfred P. Doolitle, encargado de proporcionar parte del toque cómico y desenfadado que en realidad domina toda la producción.
En suma, un musical altamente recomendable no sólo por lo esencialmente melódico sino también por lo bien hecho que está, por la delicada y estilizada puesta en escena y por la química de contrastes entre los personajes.