Retrocedemos casi un siglo rebuscando en la filmoteca para disfrutar de esta disparatada comedia romántica de enredo en la que un rudo y decidido hombre de negocios pugna en unas vacaciones en la Riviera francesa por llevar al altar a la hija de un marqués venido a menos que quiere que se le tome en serio y no como un mero capricho.

 

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Título Original: “Bluebeard’s eight wife”.
Reparto: Claudette Colbert (Nicole de Liselle), Gary Cooper (Michael Brandon), Edward Everett Horton (marqués de Loiselle), David Niven (Albert de Regnier), Elizabeth Patterson (tía Hedwige), Herman Bing (monsieur Pepinard), Warren Hymer (Kid Mulligan)
Guión.- Charles Brackett y Billy Wilder a partir de la obra teatral “La
huitième femme de Barbe-Bleu” de Alfred Savoir
Fotografía.- Leo Tover (B/N).
Montaje.- William Shea.
Música.- Frederick Hollander y Werner R.Heymann.
Productor.- Ernst Lubitsch y William LeBaron.
Producción.- Paramount.

Me hace pensar esta película en lo mucho que han cambiado los tiempos y en como el cine también da cuenta de ello convirtiéndose en testimonio documental de otra época. No en vano desde la época que ilustra esta película ha pasado ya casi un siglo.
Estupefacto me hallo cuando compruebo como para las nuevas generaciones (y generalizo siendo consciente que hay excepciones) una película en blanco y negro es directamente un producto audiovisual descartable porque su aspecto de entrada parece desfasado, viejo y trasnochado. Hace no mucho el Hollywood clásico, ese que se filmaba a mediados del siglo XX era emitido por las televisiones en horario de máxima audiencia y gozaba de las simpatías de cualquier televidente. Los tiempos cambian y unas generaciones van sustituyendo a las anteriores en gustos y preferencias.
En efecto, una comedia como ésta es ya de otro siglo, muestra otra sensibilidad, posee una idiosincrasia y un estilo que la alejan de la actualidad de forma inapelable y verla supone casi viajar en el tiempo; pero precisamente por eso mismo a mí me resulta aún más especial y digna de verse. Además hay películas y películas, pero en concreto ésta conserva aún desparpajo gracias a sus actores protagonistas y a un director que todavía hoy cabe tener muy en cuenta.
El protagonista es Michael Brandon (Gary Cooper), un multimillonario caprichoso, mujeriego y echado para adelante (tanto como esos tiempos lo permitían) cuyo comportamiento es tan rudo y directo como decidido, que se encuentra pasando sus vacaciones en la Riviera francesa y se encapricha de una joven (Claudette Colbert), hija de un marqués venido a menos, que se ofrece a compartir gastos en un centro comercial para compartir las dos piezas de un pijama.
La trama se centra en una serie de personajes de clase más que acomodada que se ven afectados por la gran depresión del 29. En cierto modo recuerda a algo muy actual. Sin embargo su forma de proceder, su indumentaria, sus idas y venidas, quebraderos de cabeza y forma de relacionarse pertenecen a otra época en la que hacer chistes sobre los pantalones de pijama era algo atrevido y bromas sobre una bañera de Luis XIV una irreverencia descarada. La forma en que la película está filmada resulta también más cercana al teatro que al cine actual. Lutbisch utiliza las puertas como en casi todas las películas para que los personajes entren y salgan de escena y nunca sobrepasa un cierto decoro procurando que, pese a todo, el argumento resulte en cierto modo inocente a la vez que pícaro y que lo que se ve en pantalla sea siempre elegante. No se hacen ya comedias así.
Sin ser una de sus mejores películas posee ese tono delicioso que distinguió a Lutbisch durante toda su carrera y encontramos en ella sus señas de identidad: un guión repleto de diálogos chispeantes e ingeniosos (firmado a medias por Charles Brakett y un Billy Wilder en los albores de su carrera cinematográfica), un efectivo choque de interpretaciones entre actores con indudable gancho, un estilo aparentemente sencillo de filmación pero marcado por el glamour de decorados, vestuario, banda sonora y la guerra de sexos como foco de interés para el espectador (es ese tiempo en el que la alta comedia la protagonizan tipos de cuya boca no sale una mala expresión, que acuden a la playa en americana y frecuentan salones de baile y lujosos hoteles porque precisamente la nobleza y alta burguesía ofrecen magníficas posibilidades para construir guiones repletos de ironía).
Viéndola tengo la impresión de que comienza muy bien, que el guión hila a la perfección las primeras escenas engarzando con ingenio la relación entre los protagonistas para que queden ligados y se produzca el “choque” entre ellos, después, conforme avanza la trama y se introduce el tema de los otros matrimonios de él, para mi gusto el interés se va diluyendo ligeramente; pero este tipo de comedias del Hollywood clásico tienen la virtud de que acaban cuando deben y se aprecia finalmente como un entretenimiento breve, en el fondo un “dulce” reconfortante y de visionado sencillo con el que levantar el ánimo.
Me encanta particularmente ese tono desenfadado en el que los hombres resultan como chicos grandes haciendo travesuras y las mujeres a la postre consiguen lo que quieren con un punto de picardía y desenvoltura…es algo que también hicieron bien otros directores como George Cukor o el propio Billy Wilder y actores como Spencer Tracy, Catherine Hepburn o Cary Grant para los que las películas de Lutbisch y ésta en concreto es un precedente.