En nuestra habitual recuperación de clásicos del cine no podía faltar esta película del francés René Clément que constituye un sentimental y conmovedor relato sobre la perdida de la inocencia infantil en el terrible escenario de la 2ª Guerra Mundial.

OBRA MAESTRA
País: Francia
Reparto: Georges Poujouly, Brigitte Fossey, Amédée, Laurence Badie, Lucien Hubert, Suzanne Courtal, Jacques Marin, Pierre Merovée
Argumento: François Boyer (novela)
Guión: Jean Aurenche, René Clément, Pierre Bost, François Boyer
Música: Narciso Yepes
Fotografía: Robert Juillard
Duración: 84 min.
Género: Drama

La palabra que mejor define esta película es “conmovedora”. Sin duda es una de los títulos sobre la inocencia de la infancia que más te encogen el ánimo de toda la historia del cine.

Fue rodada en 1950 por el francés René Clement, un director coetáneo a Jacques Tati que podríamos encuadrar dentro del “realismo poético” y trata sobre Paulette, una niña pequeña que huye con sus padres del París que va a ser bombardeado y ocupado por los nazis en 1940 durante la segunda guerra mundial. No se trata, no obstante, de una película bélica, la guerra queda en un segundo plano, es el telón de fondo y lo que se narra se centra en unos pocos días de la infancia de Paulette, en los que su vida futura va a quedar marcada.

El pilar argumental de la película es la relación de Paulette con Michel, un niño ligeramente mayor que vive con una familia de campesinos en el campo para los que la guerra queda como un hecho lejano del que solo tienen noticias por los periódicos y por los rastros que encuentran en la carretera de gente que viene y que va….aunque de pronto se hace presente de manera trágica e inevitable.

Las primeras imágenes corresponden a la huida de París por la carretera y son poco menos que terribles porque las personas que escapan son bombardeadas y no tienen otra salida que llevar a cabo un “sálvese quien pueda” que no tiene miramientos con nada ni nadie y la tragedia llega de pronto, de manera inesperada pero irremediable cercenando vidas y volviendo destinos del revés en unos pocos segundos. Pocas veces he visto escenas de tanto impacto emotivo y eso que no están tratadas pretendiendo acentuar lo dramático, porque realmente vemos todo desde la perspectiva de una niña pequeña que sólo quiere cuidar a su perrito y que, de pronto, se encuentra zarandeada por las circunstancias. Como en la realidad, lo trágico llega sin avisar y no hay vuelta atrás.

Los créditos iniciales arrancan con una melodía de guitarra que podríamos considerar un clásico “eterno” basada en un romance anónimo tradicional que rescató y recompuso el maestro Narciso Yepes y que es un acompañamiento perfecto para la mayoría de imágenes de la película porque te instalan en el estado de ánimo idóneo, una tristeza contenida y un sentimiento de cierta amargura al comprobar las consecuencias de la guerra en alguien tan inocente como la niña protagonista que asiste a todo lo que le ocurre con la resignación de quien no puede valerse por sí mismo ni influir en lo que le concierne y rodea.

Lo conmovedor y sentimental del argumento y de la relación entre Paulette y Michele convive por un lado con la tragedia de la guerra y la muerte y por otro con una factura hermosa de las escenas campestres que capta Clement, casi siempre con escenarios naturales soleados y luminosos, por eso es una película de contrastes, triste y enternecedora pero también esperanzadora…El final descuadra un poco, queda abierto y parece significar la pérdida de un paraíso perdido (lo es en parte porque la relación de los niños tiene mucho de amor platónico), pero en el fondo sabemos que el final de la guerra está cerca y que el destino de Paulette es más esperanzador lejos de esos “juegos prohibidos” con cruces y cementerios, que no dejan de ser una manera de amortiguar el dolor que les rodea.

No voy a dar las claves de los “juegos prohibidos” porque es mejor descubrirlas viendo la película, pero sí adelanto que el título de la película alude a algo que en el fondo es terrible: toda una generación de niños marcados por un conflicto como la segunda guerra mundial, rodeados de muerte y tragedia. La infancia y la inocencia agredidas e interrumpidas bruscamente por el capricho del horror.

La ternura de la que está impregnada toda la película sería imposible sin los dos niños protagonistas cuya presencia es el pequeño gran milagro de la película porque logran transmitirte una inocencia que quizás un actor más preparado no sabría plasmar.

Una película para siempre, que todos deberíamos ver al menos una vez y que sin duda es una de las cumbres del cine europeo. En 1952 ganó el óscar a mejor película de habla no inglesa y el León de Oro en Venecia, aunque no todo fueron parabienes porque se acusó en su día al director de banalizar la guerra e incluso de ¡¡¡atacar a la clase obrera!!! (tiene que haber siempre comentarios para todos los gustos). Curiosamente estas películas nadie las programa en las televisiones ¡¡¡¡del 52 y en blanco y negro!!!! y van quedado ajenas a nosotros y a las nuevas generaciones perdidas en el olvido aunque formaron parte del acervo cultural de nuestros padres y abuelos y son necesarias por lo que muestran. Os recomiendo que la rescatéis si podéis.