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Aunque el trasfondo argumental es un cáncer terminal y el incómodo tema de la muerte, “Truman” es un drama plácido de visionado agradable que habla sobre la amistad y las relaciones personales con sutileza, emoción soterrada y un suave humor que lo empapa todo dándole un tono agridulce al conjunto. Lo mejor es que gracias a los magníficas actuaciones (Ricardo Darín y Javier Cámara de nuevo se salen) uno se siente conmovido, afín y muy próximo a los personajes.

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Países: España y Argentina.
Duración: 108 min.
Género: Comedia, drama, costumbrista.
Reparto: Ricardo Darín (Julián), Javier Cámara (Tomás), Dolores Fonzi.
Guión: Cesc Gay y Tomás Aragay.
Música: Nico Cota.
Estreno en España: 30 Octubre 2015.
Calificación por edades: No recomendada para menores de 12 años.
En su anterior película, “Una pistola en cada mano”, el director Cesc Gay, entretejía de forma coral las idas y venidas de varios personajes masculinos que terminaban confluyendo y sin renunciar a cierta comicidad hablaba en todas de nuestras miserias como personas. No había tanto un argumento al uso con la tradicional estructura de presentación, nudo y desenlace, sino más bien la cámara perseguía a los personajes durante una horas y podíamos hacer de voyeurs de sus vidas.
Pienso que aquella película de hace tres años sentó las bases de esta “Truman”. El planteamiento es parecido aunque acotado a una sola historia y un grupo más reducido de personajes. De pronto nos encontramos observando el reencuentro de dos viejos amigos, Julián y Tomás (el perro Truman sólo es el McGuffin), que han estado separados por la distancia y el tiempo pero vuelven a verse a modo de despedida porque uno de ellos sufre una enfermedad terminal.
Dicho así, quien más quien menos, puede tener reparos en verla, pero que va, ni por un momento la película es dura o dramática, quizás sí un tanto melancólica y triste (al final más bien), aunque yo diría que se acerca más a la comedia que a otro género. Una comedia serena que emana únicamente del desparpajo de sus personajes (maravillosos Darín y Cámara), de su sentido del humor y de sus circunstancias cotidianas.
Me gustó especialmente porque te hace pensar y reflexionar sobre la vida y la muerte sin ser trascendental ni rimbombante, sin arrancarte más lágrimas que las que te puedan brotar de pura emoción, sin regodearse en la tragedia ni zarandearte en la butaca. No, simplemente, te colocan a dos personas delante, que se ven por unos días y deben resolver algo inevitable y es que uno de los dos no tardará en irse y tienen que solucionar varios asuntos  pendientes derivados de ello.
Yo diría que es una película humanista, conmovedora y entrañable. Te hace tomar consciencia de que, en el fondo, todas las personas somos bastante parecidas; que algunos problemas no lo son tanto y que en definitiva lo más provechoso de nuestras existencias son las relaciones con los demás. Mucho valor añadido para un argumento en el que aparentemente no pasa gran cosa, que uno asimila sin darse cuenta, sin querer, sólo atendiendo a un puñado de diálogos, muchos de ellos, geniales.
Por descontado esta película no hubiera funcionado sin ese par de actorazos como son Ricardo Darín y Javier Cámara que de buenos que son parece que no actúan, pero sí lo hacen y atrapar tu atención al nivel que lo consiguen está al alcance de muy pocos. Siempre digo que podría estar horas seguidos viendo a cualquiera de los dos porque su dicción y su forma de expresarse me resultan hipnóticas.
Y aviso, aunque uno se pase casi toda la película con la sonrisa en la cara (¡ojo! he dicho sonrisa, no risa), que logren que al final, en las despedidas (sobretodo del hijo), se te pongan de corbata aún sabiendo desde el principio que eso iba a pasar, tiene mucho mérito y es prueba contundente de que han hecho un gran trabajo.