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Hay muchas películas de animación que no son para niños y «Rebelión en la granja» es una de ellas. Pero es bueno ponernos en contexto: la película de John Halas y Joy Batchelor adaptó a la gran pantalla en la novela homónima de George Orwell, una historia protagonizada por animales de granja, que incialmente fue rechazada por varios editores, algunos de los cuales no consideraban oportuno publicar una historia crítica con el comunismo en plena Segunda Guerra Mundial. Otros, menos listos, no se percataron del trasfondo político de la historia. Finalizada la contienda, en agosto del 1945, la novela vio la luz y a los países occidentales ya no les pareció tan mal la crítica al ‘soviet’ y el estalinismo. De hecho la historia cuenta que la CIA financió el film con fines de propaganda en el marco de la operación Mockingbird, en los primeros años de la Guerra Fría.

La película de animación británica «Rebelión en la granja» («Animal Farm«) de 1954 plasma en imágenes los planteamientos de Orwell y los hace accesibles pero eso no la convierte, para nada, en una película infantil. Y es que la historia que nos cuenta es mucho más que la rebelión de los animales de la granja Manor, que deciden derrocar al Sr. Jones, un tipo agresivo y borracho que ha llevado la granja a la ruina, y hacerse con el control. A partir de aquí los adultos podemos entender bastante bien la metáfora sobre la deriva de la utopía comunista de la granja hacia el fascismo y el autoritarismo, encabezado por Napoleón y los cerdos, mientras que los espectadores más jóvenes, o los menos perspicaces, se contentarán con las imágenes coloreadas.

Pero la metáfora de «Rebelión en la granja» toma nuevos derroteros cuando los lectores del libro se dan cuenta que la película de animación ha modificado el final de la historia, centrando la atención en la corrupción que se apodera de la granja con los animales que representan al comunismo mientras que aquella hace referencia a los males del capitalismo ha sido eliminada.

Quizás estaría bien, ahora que nuevos monstruos asoman su cabeza en el panorama político y el futuro se augura negro negrísimo, que alguien se atreva a adaptar de nuevo la novela de George Orwell y haga una reflexión contemporánea sobre lo que nos contó en 1945. ¡Hace ochenta años! En realidad, sigue siendo útil para comprender cómo funciona el mundo.

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